(Al final del artículo, vídeo íntegro del discurso.)

Saludos a todos. Saludos, amigos… ¡Gracias por vuestra acogida!

Es increíble… ¡Qué ambiente! Qué felicidad estar aquí frente a vosotros en Villepinte. De verdad, ¡gracias, gracias de todo corazón!

He escuchado las palabras de los que han hablado antes que yo: les doy las gracias. Gracias, amigos míos. Gracias por estar aquí, gracias por vuestro apoyo: ¡por fin empieza la gran unión!

Hoy, aquí, sois casi quince mil. Quince mil  franceses que han desafiado lo políticamente correcto, las amenazas de la extrema izquierda y el odio de los medios de comunicación. Quince mil franceses que no bajan la mirada y que están decididos a cambiar el curso de la historia.

Porque no seamos falsamente modestos: lo que está en juego es inmenso. Si gano estas elecciones, no será un cambio más, sino el comienzo de la reconquista del país más bello del mundo.

Ha sufrido tanto y ha sido tan olvidado por nuestros sucesivos dirigentes que en todos los temas habrá que reparar los innumerables errores que se han cometido en los últimos cuarenta años. Economía, ecología, poder adquisitivo, servicios públicos, inmigración, inseguridad: ninguno de los grandes capítulos de la acción que debemos llevar a cabo escapa al proyecto serio y completo que hoy empezamos a desvelar al pueblo francés.

Tras el imprescindible tiempo de observación y concienciación, ahora llega el momento del proyecto.

¿Quién podría haber imaginado esto hace sólo unos meses? El Gobierno lo había decidido, los periodistas lo habían querido, la derecha lo había aceptado: las próximas elecciones presidenciales iban a ser un trámite para cinco años más de macronismo.

Francia iba a seguir saliendo tranquilamente de la historia y los franceses iban a desaparecer en silencio en la tierra de sus antepasados.

Pero un pequeño grano de arena vino a atascar la máquina. Este grano de arena no soy yo. Ese grano de arena sois vosotros.

Voy a contaros la historia de lo que habéis logrado en los últimos meses. El pasado mes de junio, en todas las plataformas, en todas las cenas de la ciudad, en todos los institutos electorales, las cosas estaban claras: todos sabían lo que pasaría en la segunda vuelta. Macron sólo podía ganar. Esta elección presidencial no tenía ningún interés.

Y entonces empezó a circular un rumor. Sí, dudé durante mucho tiempo… Pero llegasteis vosotros. Llegamos nosotros. Y desbaratamos los planes mejor trazados. Hemos roto el pacto tácito entre todos los actores de esta farsa. Desde entonces, nadie se atreve a predecir los resultados de las próximas elecciones.

Estoy sopesando mis palabras cuando digo esto: vuestra presencia me honra. Me honra, porque al venir aquí, estáis demostrando valor, brío y audacia. Me atrevo a decirlo: con vuestro compromiso, habéis demostrado más ardor, determinación y resistencia que casi todos los políticos de los últimos treinta años.

Burdeos, Lyon, Lille, Niza, Ajaccio, Nantes, Rouen, Biarritz y hoy París: Francia pide ayuda, y los franceses han respondido a la llamada.

Desde hace meses, nuestras reuniones molestan a los periodistas, irritan a los políticos e histerizan a la izquierda. Cada vez que viajo, se enfurecen al ver a ese pueblo que creían que iba a desaparecer para siempre. Porque en los cuatro rincones del país han visto estas salas llenas a rebosar y desbordantes de entusiasmo. Ven vuestras banderas, escuchan vuestros cánticos y se quedan atónitos con vuestros aplausos.

En realidad, el fenómeno político de estas reuniones no soy yo, ¡sois vosotros!

Vuestra presencia es la de un pueblo que nunca se ha rendido y que sigue en pie, contra viento y marea. Se habían olvidado de este pueblo, lo habían subestimado. Hasta pensaban que se habían librado de él, lejos del centro de las ciudades, lejos de los barrios de clase alta, lejos de sus medios de comunicación… Se equivocaron. No han dicho su última palabra esos franceses que llevan mil años aquí y quieren seguir siendo los dueños de su país durante otros mil años más.

Vuestro valor me honra, porque desde hace meses no pasa un solo día sin que los poderes fácticos y sus relevos mediáticos me ataquen: inventan polémicas sobre libros que escribí hace quince años, se meten en mi vida privada, me insultan. Pero no os equivoquéis: el verdadero objeto de su ira no soy yo, sois vosotros; si me odian es porque os odian a vosotros; si me desprecian es porque os desprecian a vosotros.

Contra mí, todo vale. Y la jauría me pisa los talones: mis adversarios me quieren muerto políticamente, los periodistas me quieren muerto socialmente y los yihadistas me quieren muerto sin más.

Pero en su furia, cometieron un gran error: descubrieron sus posiciones. Nos atacaron demasiado pronto. Estoy seguro de que en unas semanas los franceses abrirán los ojos ante sus estratagemas, y sus ataques dejarán de ser efectivos. Cometieron el error de designarme como único oponente. Creen que son nuestros enemigos, cuando son nuestros mejores aliados.

Ya estamos acostumbrados: en cada elección, el sistema excluye cuidadosamente a los candidatos que le desagradan, con sus jueces sometidos y sus periodistas militantes. Sabíamos que iban a venir a por nosotros y los estábamos esperando.

Quieren prohibirnos que defendamos nuestras ideas. Quieren impedir que sea elegible. Quieren robaros la democracia. ¡No dejemos que lo hagan! Todavía tienen una última esperanza: quieren que no consiga mis 500 patrocinadores. Así que les digo a los alcaldes de Francia: queridos representantes electos del pueblo, hombres y mujeres de sentido común, voluntarios de la República, ¡tenéis el poder de devolver la palabra a millones de franceses! ¡Usad vuestro poder! No dejéis que os roben las elecciones.

Al atacarme, cometieron un segundo error: subestimar a los franceses. Nos imaginaban somnolientos y cansados, sumisos y temerosos. Pero este extraordinario pueblo tiene una capacidad de resistencia única en la historia de la humanidad.

Francia debería haber desaparecido muchas veces. Pero cada vez aguantamos, cada vez ¡volvemos!

Nos imaginan llenos de resentimiento. Pero se equivocan: en nuestros corazones no hay odio ni resentimiento, sino sólo determinación y valor. En medio de la Revolución francesa, Danton dijo que “una nación se salva a sí misma, no se venga”.

No queremos vengarnos, queremos salvar: salvar nuestra patria, salvar nuestra civilización, salvar nuestra cultura, salvar nuestra literatura, salvar nuestra escuela, salvar nuestros paisajes y nuestro patrimonio natural, salvar nuestras empresas, salvar nuestro patrimonio, salvar nuestra juventud. Salvar a nuestra gente.

A lo largo de los últimos meses, es posible que hayáis escuchado muchas cosas sobre mí. Algunos han dicho que soy brutal. Sí, eso puede haber ocurrido, porque soy apasionado, porque mi compromiso es total y Francia ya no puede más. Durante estos tres últimos meses he querido imponer el tema de la supervivencia de Francia. Si yo estuviera equivocado… ¿creéis que todos los demás habrían empezado a hablar como yo?

Puede que hayáis oído que soy un “fascista”, “un racista”, “un misógino”.

No os equivoquéis.

¿Fascista? Soy el único que defiende la libertad de pensamiento, la libertad de expresión, la libertad de debate, la libertad de poner palabras a la realidad, mientras todos ellos sueñan con prohibir nuestras reuniones y hacer que me condenen.

¿Misógino? Así que sería un misógino… Pero aún es más ridículo: de niño, en medio de esas grandes familias de Argelia, siempre estuve rodeado de mujeres: mi madre, sus hermanas, mis abuelas. Las mujeres de mi infancia, incluso más que los hombres, forjaron mi carácter, eran a la vez cariñosas y exigentes, tiernas e imperiosas. Fue mi madre quien me inculcó el gusto por el esfuerzo y la excelencia. También fue ella quien me transmitió un amor inmoderado por Francia, la elegancia de su arte de vivir, el refinamiento de su moral y su literatura. Fue ella quien me dio la fuerza para resistir a todo y para defender esta Francia que amaba con tanta pasión.

Gracias a su experiencia y a sus recuerdos contados al niño que fui, pude comprender antes que otros la inaudita regresión que sufren hoy las mujeres en los barrios donde la inmigración masiva ha importado una civilización islámica tan cruel con las mujeres. Probablemente por eso soy el único que hoy, junto con algunas asociaciones valientes, establece sin falsa modestia el vínculo evidente entre esta inmigración del otro lado del Mediterráneo y las amenazas que pesan cada día más sobre las mujeres francesas, sobre su libertad, sobre su integridad y, a veces, sobre su vida. Pero mientras tanto, las feministas miran para otro lado y nos hablan de escritura inclusiva.

¿Racista? Soy el único que no confunde defender a los nuestros con odiar a los demás. Racismo es imaginar que quienes son diferentes a nosotros son inferiores por ser diferentes, y que sólo los descendientes directos de Clovis podrían ser franceses. ¿Cómo podría yo, un pequeño judío bereber del otro lado del Mediterráneo, pensar eso?

No, obviamente no soy racista. Es evidente que vosotros no sois racistas. Lo único que queremos es defender nuestro patrimonio.

Defendemos nuestro país, nuestra patria, la herencia de nuestros antepasados y el patrimonio que confiaremos a nuestros hijos. La conservación del patrimonio no es el enemigo de la modernidad, es la condición de su existencia.

Sí, estamos comprometidos en una lucha que nos supera, la de transmitir a nuestros hijos la Francia que hemos conocido, la Francia que hemos recibido.

Por eso me presento hoy ante el pueblo francés para ser su presidente de la República.

Por eso, ¡hoy libramos una gran batalla por Francia!

Nuestro movimiento está lanzado: está estructurado y organizado en todas nuestras regiones, en todos nuestros departamentos. Cada día, cada hora, cada minuto, acogemos en nuestras filas a nuevos valientes dispuestos a luchar por Francia. Ahora pueden contar con el valioso apoyo de las redes VIA y del movimiento conservador. Laurence, Jean-Frédéric, os doy las gracias de todo corazón.

Sí, ¡la Reconquista está lanzada!

La reconquista de nuestra economía, la reconquista de nuestra seguridad,

la reconquista de nuestra identidad,

¡la reconquista de nuestra soberanía, la reconquista de nuestro país!

Vamos a reconquistar nuestros pueblos abandonados, nuestra escuela devastada,

nuestros negocios sacrificados,

nuestro patrimonio cultural y natural degradado

Nos disponemos a reconquistar nuestro país para recuperarlo.

“Reconquista” es el nombre de este nuevo movimiento que quería fundar.

Únete a nosotros. ¡Únete a la reconquista de nuestro país!

Nuestra campaña será diferente de las demás, porque yo soy diferente de los demás.

Sí, lo admito humildemente: no tengo a mis espaldas cuarenta años de jugarretas politiqueras y de acartonado lenguaje “politiqués”.

Ellos creen que es mi debilidad: yo creo que es mi fuerza.

Mi fuerza en esta campaña para incidir en el corazón de los franceses con mi estilo, mi personalidad, mi sinceridad, y ahora mi proyecto.

Mi fuerza para dirigir nuestro país sin compromisos, sin cobardía, sin debilidad.

En mi visión de la política nunca he considerado que la sinceridad, la coherencia y la honestidad fueran defectos.

En mi visión de la política, la batalla de las ideas, las convicciones y el entusiasmo son las bazas más seguras para cumplir las promesas y no traicionar a los votantes.

En mi visión de la política, nos dirigimos a todos los franceses. Me niego a elegir entre las clases acomodadas de las metrópolis y la Francia periférica. Me niego a elegir entre la Francia urbana y la Francia rural. Me niego a elegir entre la Francia metropolitana y la de ultramar. Me niego a elegir entre los jubilados y los activos. Me niego a elegir entre los recuerdos de ayer, los problemas de hoy y los retos de mañana.

En mi visión de la política, cuando se es presidente de los franceses, se es presidente de toda Francia y de todos los franceses.

Nuestra campaña ya está lanzada: ¡será la más hermosa de todas!

Ahora quiero rendir homenaje a todos los que, desde hace meses, han creído en mí, haciendo campaña, sondeando a los alcaldes, para hacer posible esta gran batalla. Gracias a los Amigos de Éric Zemmour, gracias a Génération Z. Quiero que les aplaudamos. A menudo sois vosotros los que, con vuestro entusiasmo, me habéis dado el deseo de dirigir esta batalla.

“Imposible no es francés”, escribió el emperador: vosotros habéis demostrado que una vez más tenía razón.

Sí, vuestra lucha es noble, porque no lucháis por vosotros, por vuestros pequeños privilegios, por vuestras pequeñas vidas. Estáis comprometidos con algo mucho más grande que vosotros mismos: estáis comprometidos con Francia.

Al igual que los constructores de catedrales, trabajamos para el mañana, trabajamos para pasado mañana. Estamos comprometidos con nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Sabemos que la historia es implacable y estaremos a la altura, para que dentro de un siglo Francia vuelva a ser un faro que ilumine el mundo y nuestro pueblo vuelva a ser admirado, envidiado y respetado.

Porque el poder y la soberanía recuperados en casa nos permitirán expresar poder e influencia en el exterior, en el escenario de un mundo que ha cambiado mucho y al que debemos enfrentarnos sin miedo.

Para ello, nos lanzamos a la conquista del poder: mañana en el Elíseo, pasado mañana en la Asamblea. Luego será el turno de las regiones, los departamentos, los municipios…

Uno a uno, desalojaremos a todos estos elegidos de izquierdas, a todos estos socialistas convertidos en macronistas.

A todos estos macronistas que se han convertido en ecologistas.

A todos estos ecologistas que se han convertido en islamo-izquierdistas.

Para desbancar a cada uno de ellos, habrá que convencer a todos los franceses. Ésta es nuestra misión, ¡ésta es vuestra misión!

Tenemos un rumbo claro, basado en hechos innegables, y a partir de ahora presentaremos propuestas sólidas.

Como he dicho a menudo, una de las cosas que me llevó a esta candidatura fue cuando mi hijo me dijo: “Papá, durante treinta años te has dedicado a constatar todas esas cosas. Ahora es el momento de pasar a la acción”.

A los 63 años, paso de las declaraciones a la acción.

Estoy listo para tomar las riendas de nuestro país. Estamos listos para responder a las expectativas de los franceses.

Desde hace meses, recorro Francia para conocer a los franceses. Dos temores les embargan:

El de la gran decadencia, con el empobrecimiento de los franceses, el declive de nuestro poder y el hundimiento de nuestra escuela

Y el de la Gran Sustitución, con la islamización de Francia, la inmigración masiva y la inseguridad permanente.

Sabemos que Francia se ha empobrecido en los últimos años. Sentimos las dificultades de tantos franceses para llegar a fin de mes. Entendemos las penalidades de los empresarios en medio de los impuestos, las leyes y los reglamentos. Sufrimos el declive de nuestro poder en el mundo.

Quiero abordar estos temores.

Para evitar que nuestros empleados se empobrezcan, quiero que el salario neto sea mayor. No es normal que haya tal diferencia entre los salarios netos y los brutos.

No es normal que el salario bruto sea tan alto para la empresa y el neto tan bajo para los empleados.

Quiero devolver el poder adquisitivo a los asalariados más modestos: por eso reduciré las cotizaciones que pagan, para abonar cada año una decimotercera mes a los asalariados que perciben el salario mínimo. Cada mes recibirán 100 euros más. Es justo: es el fruto de su trabajo.

No puedo imaginar que nuestros empleados, especialmente los más pobres, deban financiar con sus gastos un modelo social que se ha vuelto obeso por estar abierto a todo el mundo.

La solidaridad debe volver a ser nacional, y a lo largo de esta campaña no dejaré de volver a ello, para que los franceses puedan salir de la espiral descendente en la que se hallan.

Para que nuestras empresas dejen de empobrecerse, ya desde las primeras semanas de mi mandato reduciré masivamente los impuestos sobre la producción de todas las empresas, porque no es normal gravar a una empresa antes de que haya podido obtener beneficios.

Quiero que más pequeñas empresas se beneficien de un tipo reducido del impuesto de sociedades: ¿por qué las grandes empresas, con sus ejércitos de expertos fiscales, se las arreglan para pagar menos impuesto de sociedades que nuestras VSE y PYMES?

Quiero que recuperen el margen de maniobra para que tengan capacidad de invertir y contratar.

Para que nuestro país deje de empobrecerse, opto por la reindustrialización. Llevo años diciendo esto en una época en la que los llamados economistas serios se burlaban de nosotros. Quiero que Francia vuelva a ser una potencia industrial mundial.

Sí, para volver a ser poderosa, Francia debe convertirse en un país industrial. Porque la industria crea empleo, genera innovación, es fuente de riqueza y garantiza nuestra independencia. Bien lo entendieron el general de Gaulle y Georges Pompidou.

Porque es sinónimo de progreso social, queremos volver a encontrar esta Francia industrial de los trabajadores, los ingenieros, las PYMES, las ETI y los grandes grupos.

Y para ayudar a nuestros industriales, proponemos menos impuestos, menos normas y más pedidos: además de bajar los impuestos a la producción, obligaremos a que los pedidos públicos favorezcan a las empresas francesas. No hay ninguna razón para que todos los países del mundo reserven sus contratos públicos a sus empresas nacionales, mientras que Francia opta por irse al extranjero por dogmatismo presupuestario y europeo.

Para aplicar esta política, crearé un poderoso Ministerio de Industria responsable del comercio exterior, la energía, la investigación y el desarrollo y las materias primas.

Iniciaremos un proceso de simplificación administrativa bajo la tutela directa del Elíseo. ¿Por qué nuestro Estado, tan impotente contra los delincuentes, es tan implacable con la gente honesta?

Quiero cortar este bosque de regulaciones que está arruinando la vida de nuestros empresarios. Para ello, me apoyaré en nuestros agentes económicos, en los miles de organismos intermedios despreciados por los sucesivos gobiernos.

Estamos optando por reducir la fiscalidad y la industria, por crear riqueza con vistas a redistribuirla, ¡por anteponer los pedidos públicos a las subvenciones!

Nuestra concepción de la economía es coherente: favorece el espíritu empresarial al servicio de todos y el arraigo.

Sí, el arraigo. Por eso vamos a fomentar la transmisión de empresas de generación en generación, como en Italia, Alemania y tantos otros países.

Por eso quiero suprimir el impuesto de sucesiones y donaciones para la transmisión de empresas familiares.

No es normal que un empresario francés prefiera vender su empresa a un industrial chino o a un fondo de pensiones estadounidense antes que transmitir el fruto de su trabajo a sus hijos, por miedo a ser espoliado por el fisco.

Pero el gran declive no es sólo el de nuestros trabajadores menos favorecidos, no es sólo el de nuestras empresas: es también el de la potencia francesa.

Si Francia quiere salir de la espiral descendente en la que nuestras élites la han metido, debe renovar su tradición de independencia.

Por eso quiero que Francia abandone el mando militar integrado de la OTAN.

Por eso debemos proteger celosamente nuestros territorios de ultramar. Por ello, Nueva Caledonia debe seguir siendo francesa. Digo no a las renuncias de este gobierno.

Quiero que Francia recupere una posición de equilibrio en el mundo: ¡somos Francia! No somos vasallos de Estados Unidos, no somos vasallos de la OTAN ni de la Unión Europea. Debemos hablar con todos los países. Estados Unidos, China, Rusia. Pero también hay que desconfiar de todos ellos, porque la geopolítica nunca es un camino de rosas. Debemos recuperar nuestra posición, recuperar nuestro poder.

A lo largo de esta campaña, seguiré revelando mi proyecto. A lo largo de esta campaña, seguiré haciendo públicas las medidas que propongo para Francia.

Nuestro proyecto político es a largo plazo. Estamos comprometidos con las próximas décadas y con las próximas generaciones.

Y a largo plazo, poder rima con educación: para las escuelas, estaremos del lado de la excelencia. El modelo de escuela francesa debe volver a sus fundamentos, centrándose especialmente en las matemáticas y las humanidades.

Debemos redescubrir el modelo que nos hizo triunfar en el pasado y que ha hecho triunfar a los países asiáticos que nos han imitado en la actualidad: la cultura clásica, los estudios científicos, la valoración de las habilidades manuales, la transmisión del conocimiento, así como el culto al mérito y la excelencia.

A partir del inicio del próximo curso escolar, haremos de la escuela el instrumento de asimilación a la francesa y expulsaremos la pedagogía, el islamo-izquierdismo y la ideología LGBT de las aulas de nuestros hijos.

Devolveremos a los profesores los medios para trabajar, restableceremos su autoridad, prohibiremos el uso de la escritura inclusiva y prohibiremos toda forma de discriminación positiva.

Sí, lo prometo, las escuelas dejarán de ser el laboratorio ideológico de la izquierda y nuestros hijos dejarán de ser sus conejillos de indias.

La escuela de la República debe volver a ser el santuario que fue. Y la escuela gratuita, a la que tanto debemos, debe seguir siendo gratuita.

La escuela debe recuperar su objetivo principal: la transmisión de conocimientos, que es la única forma de reducir las desigualdades. Dejando de ser lo más inclusiva posible, debe restablecer el culto al mérito y al esfuerzo. Y porque se volverá a transmitir el conocimiento, porque se restablecerá el culto al esfuerzo y al mérito, ¡así lucharemos eficazmente contra las desigualdades sociales!

Quiero acabar con esta pedagogía que durante cuarenta años sólo ha pretendido rebajar el nivel de la educación. En nombre de la igualdad entre todos los alumnos, les han privado de la cultura, han impedido las evaluaciones, han prohibido las notas. Pensaban que hacían un favor a los alumnos: les privaban de la excelencia, impidiéndoles demostrar su talento, su inteligencia y su trabajo.

Así fue la escuela de mi infancia y, estoy seguro, de la de muchos de los presentes: aquella escuela que permitió a una generación escalar los peldaños más altos de la República.

Acordaos de Georges Pompidou: licenciado en la Escuela Normal Superior, profesor asociado de Letras, alto funcionario, jefe de Estado, cuyos padres eran profesores y sus abuelos, humildes agricultores. Éste es el tipo de destino que deseo para las próximas generaciones de franceses, sea cual sea su origen social.

¡Esta Francia olvidada tiene derecho a encontrar una escuela de calidad! ¡Esta Francia despreciada tiene derecho a recuperar los servicios públicos!

Esta Francia abandonada, que carece de comisarías, que carece de trenes, que carece de médicos, que carece de hospitales.

También se le está privando de una escuela para sus hijos que esté a la altura de sus sueños. Esto es injusto e inaceptable.

Pero lo imposible no es francés: el Estado puede lanzarse a reconquistar esta Francia abandonada. Debe volver a cada pueblo, a cada municipio y a cada departamento para proponer su modelo basado en la excelencia.

La excelencia industrial, la excelencia científica, la excelencia educativa, la excelencia de nuestros servicios públicos.

Sí, nuestra lucha es por la excelencia. Pero nuestra lucha es sobre todo por Francia.

Porque ante el cambio acelerado de las personas, somos los únicos que nos atrevemos a decir la verdad, los únicos que decimos las palabras que enfadan a la gente y proponemos las medidas que son necesarias.

En 2019, Francia permitió la entrada legal en su territorio de entre 350.000 y 400.000 extranjeros, mucho más que la ciudad de Niza, ¡que sin embargo es la quinta ciudad de Francia! En un periodo de cinco años, ello representa casi 2 millones de entradas; el equivalente a la ciudad de París. Lo que está en juego en las próximas elecciones presidenciales es si queremos dejar entrar a 2 millones más durante los próximos cinco años.

Según el INSEE, mientras que en los años 60 menos del 1% de los recién nacidos tenían un nombre de pila musulmán, hoy son el 22%.

Un 22% hoy… ¿Qué porcentaje mañana? Imaginad la magnitud del cambio cultural, demográfico y humano sin precedentes que estamos viviendo.

Ayer, el sistema de medios de comunicación lo desmintió. Hoy lo celebra. Mañana, nos dirá que no teníamos elección.

Están mintiendo. Tenemos una opción. Tenemos el poder de elegir el destino civilizacional de nuestro país.

Nuestra política de inmigración e identidad se sustenta en tres pilares:

La primera: detener los flujos inmediatamente. Desde las primeras semanas de mi mandato, la inmigración cero será un claro objetivo de nuestra política. Antes del próximo verano, quiero:

– Limitar el derecho de asilo a un puñado de personas cada año para recuperar el sentido de este derecho mal utilizado.

– Exigir que las solicitudes de asilo se hagan en nuestros consulados para evitar el asentamiento de solicitantes rechazados que nunca salen.

– Suprimir el derecho a la reagrupación familiar y reducir drásticamente la inmigración familiar.

– Llevar a cabo una mejor selección de los estudiantes extranjeros y establecer el principio de su retorno al final de sus estudios.

– Desmantelar los canales de inmigración ilegal.

– Desactivar las asociaciones que traen a estos migrantes de vuelta a Europa.

El segundo pilar de mi política migratoria es sencillo: quiero acabar con las bombas de succión que hacen de Francia un El Dorado para el Tercer Mundo. Francia debe ser generosa con su propio pueblo y dejar de abrir su modelo social a los cuatro vientos.

Quiero :

– Suprimir la asistencia social a los extranjeros no europeos.

– Suprimir la ayuda médica estatal: ¿por qué somos los únicos en el mundo que somos tan generosos?

– Suprimir el derecho de ciudadanía.

– Endurecer drásticamente las condiciones de naturalización.

El tercer pilar de este plan se centra en los extranjeros ya instalados en Francia.

Quiero:

– Deportar sistemáticamente a todos los inmigrantes ilegales que se encuentran ilegalmente en nuestro suelo.

– Expulsar inmediatamente a los delincuentes extranjeros que dejarán así de abarrotar las cárceles francesas.

– Privar a los delincuentes binacionales de su nacionalidad francesa.

– Expulsar a los extranjeros desempleados tras seis meses de búsqueda infructuosa de empleo. Muchos países democráticos lo hacen: ¿por qué nosotros no?

Todas estas medidas se someterán a la aprobación del pueblo francés mediante referéndum. Así, consagradas por sufragio universal, se impondrán a todos, incluidos el Consejo Constitucional, los jueces europeos y los tecnócratas de Bruselas.

Nuestra existencia como pueblo francés no es negociable. Nuestra supervivencia como nación francesa no está sujeta a la buena voluntad de los tratados o de los jueces europeos. ¡Volvamos a tomar nuestro destino en nuestras manos!

Ahora quiero hablar con los que son franceses. Sí, hago una distinción entre quien es francés y quien no. ¡No, no voy a expulsar a algunos franceses! Sí, me dirijo a los musulmanes que quieren ser nuestros hermanos. Muchos ya lo son.

Para todos aquellos que quieren ser franceses y que demuestran cada día su apego a Francia. Para todos aquellos que no vinieron a Francia por la generosidad de su modelo social, por costumbre o por despecho.

Para todos aquellos cuyos antepasados, como yo, vinieron de otros lugares pero quieren que el futuro de sus hijos se escriba aquí.

A todos ellos les propongo la asimilación.

Es el regalo más hermoso que Francia puede ofrecerles: formar parte de su inmensa Historia. Es el mayor regalo que me ha hecho Francia. Imaginaos: convertirse en compatriota de Montaigne y Pascal, de Chateaubriand y Balzac.

La opción de la asimilación es exigente, porque a partir de ahora uno tiene que decir “nosotros” al hablar de un pasado en el que no estaban los antepasados de uno. Éste es el esfuerzo que hicieron mis abuelos y mis padres.

Sí, la asimilación es exigente, pero es la única manera de encontrar la paz y la fraternidad.

Sí, la asimilación es exigente. Pero ¿por qué eximir a argelinos, malienses o turcos de los esfuerzos realizados en el pasado por españoles, polacos o italianos?

¿Por qué los musulmanes no pueden hacer el trabajo de separar lo espiritual de lo temporal que hicieron antes los judíos y los cristianos?

Sí, nos dirigimos a los franceses de fe musulmana que quieren ser nuestros hermanos. Hay algunos. Y nuestra mano es firme e inflexible: si hacéis de Francia vuestra madre y de cada francés vuestro hermano, sois nuestros compatriotas.

Sí, en nuestra reconquista ponemos el listón muy alto y somos exigentes porque Francia no es un menú a la carta. Francia exige una adhesión total.

Y para los que se niegan a ello, y para todos los que tienen doble nacionalidad, y para los extranjeros que violan nuestras leyes, nuestra puerta está abierta de par en par.

Éstas son las soluciones que los franceses reclaman desde hace décadas. Los grandes males requieren grandes remedios: Francia no puede seguir postergándolos.

No puedo librar esta batalla sin vosotros. ¡Os necesito! Nos espera una lucha formidable para salvar nuestro país, y cada uno de nosotros participa en esta inmensa batalla.

Hago un llamamiento a todos los patriotas franceses, a todos los que tienen los pies firmemente plantados en su tierra.

A todos los que no han abandonado a Francia.

Hago un llamamiento a esos militantes, a esos cuadros, a esos votantes del Frente Nacional, que han visto vegetar sus ideas en una oposición estéril durante décadas.

Hago un llamamiento a los activistas y votantes de los Republicanos, que están cansados de ver cómo sus representantes electos se pliegan a los mandatos de la izquierda y de lo políticamente correcto.

Esta derecha que ama a Francia es mayoritaria en nuestro país. Son clases acomodadas las que no han roto los lazos con su patria. Son las personas que no han cedido al desarraigo. Son las clases medias que se niegan a ser sustituidas.

Me dirijo a los votantes, a los ejecutivos, a los partidarios de los Republicanos, muchos de los cuales fueron representados por mi amigo Éric Ciotti. Vuestro lugar está con nosotros, entre nosotros, a nuestro lado en esta lucha por Francia.

Quiero hablar con los huérfanos del RPR.[1] A todos los que recuerdan que aquí, en Villepinte, hace exactamente 31 años, toda la derecha se reunió para organizar los “Estados Generales de la Inmigración”.

Apenas tenía yo 30 años. Y estaba allí. Observé y anoté. Pero sobre todo estaban Chirac, Giscard, Juppé, Bayrou, Sarkozy, Madelin. Y tantos otros.

Prometieron que la inmigración se reduciría a cero, que la solidaridad nacional quedaría reservada a los franceses y que se suprimiría el derecho de suelo. Se afirmó con rotundidad que las leyes islámicas eran incompatibles con las leyes de la República Francesa.

Es una pícara coincidencia que 31 años después nos encontremos aquí en Villepinte para volver a decir exactamente lo mismo. Y la izquierda, y los medios de comunicación, y el gobierno macronista, y el centro, e incluso los actuales dirigentes Los Republicanos (LR) nos cuelgan a mí y a nosotros la infame etiqueta de extrema derecha. Hago una simple pregunta: ¿era Jacques Chirac de extrema derecha? ¿Era Valéry Giscard d’Estaing de extrema derecha? ¿Alain Juppé y François Bayrou también eran de extrema derecha?

Sí, el azar es travieso. Hoy, un 5 de diciembre, es el aniversario de la fundación del RPR en 1976. Ni siquiera teníamos que estar aquí, en Villepinte, pero estamos aquí. ¡Qué coincidencias, qué aniversarios, qué recuerdos, qué símbolos!

Pero esta lección de Villepinte no termina ahí. Tres años después de esta asamblea general de la derecha, el RPR y la UDF ganaron las elecciones legislativas. Y en 1995, Jacques Chirac entró en el Palacio del Elíseo. Y todas aquellas bonitas proclamas de Villepinte se quedaron en papel mojado. Todas aquellas bonitas promesas quedaron en el olvido. La derecha, como siempre, se sometió a los mandatos de la izquierda, los medios de comunicación y los jueces. La derecha, como de costumbre, traicionó a sus votantes tan pronto como la subieron al podio. Treinta años después, nada ha cambiado. Treinta años después, el RPR y la UDF se han convertido en LR, pero siguen siendo las mismas promesas, las mismas declaraciones marciales.

¿Por qué queréis que esos políticos cumplan los compromisos que no han cumplido durante 30 años?

Las mismas causas producirán los mismos efectos. Valérie Pécresse recuerda constantemente que su entrada en política está ligada a Jacques Chirac. Se refiere constantemente a él. Tomemos su palabra: actuará como su mentor, lo prometerá todo y no cumplirá nada.

Chirac solía decir: “Os sorprenderé con mi demagogia”. Chirac dijo: “Las promesas sólo son vinculantes para quienes las escuchan”. Sí, creamos a Valérie Pécresse cuando dice y repite que es la heredera de Jacques Chirac.

Somos todo lo contrario de estas traiciones políticas. Nosotros prometemos y cumplimos. Nos comprometeremos y lo haremos. Digamos, amigos míos, que éste será nuestro Juramento de Villepinte.

El juramento de Villepinte que borrará treinta años de renuncia y cobardía. Treinta años en los que el pueblo ha estado dividido, separado, condenado al ostracismo, con los votantes del Frente Nacional tratados como parias y los votantes de LR intimidados, aterrorizados, por una izquierda que decidía soberanamente quién era republicano y quién no, quién estaba en el bando de los buenos y quién en el de los malos.

Esos tiempos han pasado. Debemos unirnos, debemos unirnos, debemos unirnos. Quiero devolver el derecho de voto a los votantes del Frente Nacional, y quiero devolver el derecho a los votantes de LR.

Ya no es el momento de peleas y debates bizantinos: mañana, Francia puede desaparecer.

Nuestro deber es levantarnos. Nuestro deber es luchar. Nuestro deber es comprometernos.

Un compromiso muy particular, porque no vamos a luchar contra la gente. A diferencia de nuestros adversarios, que están llenos de odio y desprecio, nosotros no luchamos contra individuos. Nuestra lucha es más dura, más difícil y más noble: luchamos contra las ideas.

En 2022, no es sólo la persona de Emmanuel Macron lo que vamos a derrotar, sino su ideología, este sistema del que él es el abanderado, el portavoz y el ejecutor.

La “persona” Emmanuel Macron no nos interesa, ¡porque es fundamentalmente poco interesante!

Encontradme a un solo francés en el país que pueda explicar el pensamiento de Emmanuel Macron. ¡A uno solo! No hay ninguno, ni siquiera él mismo. Nadie sabe quién es, porque no es nadie.

Tras la máscara de perfecta inteligencia tecnocrática, tras la montaña de ideas superficiales, tras los eslóganes contradictorios, tras el “al mismo tiempo”, sinónimo de desorden, y el “cueste lo que cueste”, sinónimo de ruina, no hay nadie. No hay nada.

Macron ha destripado nuestra economía, nuestra identidad, nuestra cultura, nuestra libertad, nuestra energía, nuestras esperanzas, nuestras existencias. Lo ha vaciado todo, porque sólo él es el gran vacío, el abismo.

En 2017, Francia eligió la nada y cayó en ella.

Amigos míos, ya es hora. Es hora de sacar a nuestro país y a nuestra gente de este pozo sin fondo.

Dejamos en su escaparate a ese maniquí de plástico, a ese autómata que deambula en un laberinto de espejos, a esa máscara sin rostro que desfigura el nuestro.

Dejamos que este adolescente se busque a sí mismo eternamente. Lo dejamos con su obsesión por sí mismo.

Reservamos nuestro valor, nuestra inteligencia, nuestra fuerza y nuestro compromiso para luchar contra el globalismo, contra “el vivamos juntos”, contra la inmigración masiva, contra la teoría de género, contra el islamo-izquierdismo, contra todas estas máquinas infernales que sólo tienen un objetivo, una misión y un ideal: deconstruir nuestro pueblo. Para destruirlo mejor.

Nos desharemos incansablemente de estas ideologías que sólo viven del dinero público y de los periodistas militantes.

Sí, convertiremos el macronismo en un mal recuerdo.

Entonces, cuando ese fantasma haya abandonado el Elíseo y cuando la izquierda haya perdido a su última marioneta, la sustituiremos por Francia.

Vamos a sustituir al pequeño Macron por “la Gran Nación”. Sustituiremos el vacío por la identidad. Sustituiremos la autocomplacencia por la excelencia. Sustituiremos lo mísero por lo histórico.

Nos espera una tarea maravillosa y excepcional, el compromiso de toda una vida. Francia está en una encrucijada, y ahora es el momento.

¡Franceses! Quiero entusiasmo, quiero canciones, quiero alegría, quiero orgullo. Sed fuertes, sed alegres, sed felices. Vamos a recuperar Francia, contra los cínicos y los engreídos, contra los que sólo tienen desprecio y arrogancia en sus ojos.

Contra todos los que quieren hacernos desaparecer, ¡nos levantamos!

¡Arriba vuestros corazones! Toda mi vida he rechazado con todas mis fuerzas la melancolía que lleva a la desesperación, la melancolía que priva de valor y paraliza la acción.

Bernanos escribió: “La esperanza es una determinación heroica del alma, y su forma más elevada es la desesperación superada”.

Sí, debemos superar nuestra ira y nuestras dudas acumuladas durante tantos años, para transformar nuestra desesperación en esperanza. Nos espera una tarea colosal y magnífica: reconstruir Francia, nuestro amado país.

Tenemos las tropas, tenemos un plan, tenemos la fuerza y el valor. Tenemos las ideas, tenemos un proyecto y tenemos un movimiento. Nada podrán contra vosotros, nada podrán contra nosotros.

Frente al mundo entero podemos ahora levantar la mirada y gritar alto y claro: ¡Francia ha vuelto!

Este país de científicos que han transformado el mundo y este país de escritores que lo han hecho soñar.

Este país de valientes trabajadores e ingeniosos innovadores.

Este país único en el mundo, este equilibrio perfecto entre la belleza y la fuerza, entre la elegancia y el vigor, entre el instinto de supervivencia y la generosidad, entre la libertad y la igualdad, entre el genio y la ligereza.

Sí, Francia ha vuelto, porque el pueblo francés se ha levantado.

El pueblo francés se enfrenta a todos los que quieren hacerlo desaparecer.

¡Frente a todos aquellos que quieren privar a sus hijos de su herencia y grandeza!

El pueblo francés nunca bajará la mirada ante quienes han jurado destruirlo. Sí, Francia ha vuelto.

¡Viva la República! y, sobre todo, ¡viva Francia!

[1] Rassemblement pour la République, el antiguo partido gaullista. (N. del T.)

© ElManifiesto.com , 08 de diciembre de 2021.