Todos nuestros sistemas están diseñados para valorar la maldad.

Hay una escena en la película The Usual Suspects (“Sospechosos habituales”) en la que Kevin Spacey cuenta la historia del misterioso Keyser Soze y cómo se convirtió en un señor del crimen.

«La historia que me contaron los chicos, una historia que yo creo, es sobre su estancia en Turquía», dice.  «Había una banda de húngaros que quería tener su propia mafia. Se dieron cuenta de que para estar en el poder no se necesitaban armas, ni dinero, ni siquiera números. Sólo había que tener la voluntad de hacer lo que el otro no hacía».

 

Todos nuestros sistemas están diseñados para valorar la maldad

 

El personaje de Spacey describe la manera en que los húngaros fueron a por Soze y su familia para hacerse con su negocio de la droga, pero la maldad con la que lo hicieron no estuvo a la altura de la crueldad con la que se encontraron.

«Entonces mostró a estos hombres de voluntad lo que realmente era la voluntad», dice Spacey, describiendo cómo Soze mata a su propia familia, y luego acaba con las familias y amigos de toda la banda húngara.

Y lo curioso es que si se observa con atención la forma en que evoluciona el poder en el mundo, se verá que es más o menos así. Los más viciosos entre nosotros son elevados a la cima, porque todos nuestros sistemas están construidos de manera que valoran la maldad.

El imperio estadounidense es capaz de dominar el mundo precisamente porque tiene «la voluntad de hacer lo que otros no harían». Cada vez que expongo las pruebas de que EE.UU. es el régimen más tiránico del planeta, me encuentro con alguien que admite que esto es cierto, pero inmediatamente afirma que EE.UU. sólo se comporta así porque es el más poderoso. Cualquier otro gobierno con el poder de Estados Unidos se comportaría con la misma maldad, o peor, argumentan.

Y siempre les respondo que se equivocan. Estados Unidos no es excepcionalmente vicioso porque sea el gobierno más poderoso del mundo, Estados Unidos es el gobierno más poderoso del mundo porque es excepcionalmente vicioso.

Estados Unidos terminó el final de la Segunda Guerra Mundial lanzando dos bombas nucleares sobre Japón, no porque fuera necesario (no lo era), sino porque quería intimidar a la Unión Soviética. A continuación, se lanzó en una sucesión de nuevas guerras y operaciones estratégicas de una crueldad asombrosa, con el objetivo de convertirse finalmente en el dominador del mundo.

Lo consiguió con la caída de la URSS, tras lo cual instituyó inmediatamente una política para garantizar que no se desarrollara ninguna superpotencia rival y comenzó a trabajar para lograr el «dominio total» de la tierra, el mar, el aire y el espacio. Todos los grandes conflictos internacionales de nuestro tiempo son el resultado directo de estas políticas.

Ninguna de las personas que dirigen la estructura de poder imperial que nos gobierna ocupan sus puestos por su sabiduría o bondad. Los oligarcas ascienden a la cima de sus negocios y escalas financieras estando dispuestos a pisar a aquellos a los que deben pisotear para salir adelante. Los estrategas militares ascienden a sus puestos demostrando una aptitud para el dominio militar. Los funcionarios de los servicios de inteligencia ascienden a sus puestos porque saben cómo facilitar los intereses del imperio oligárquico. Los políticos llegan a la cima demostrando su voluntad de servir al poder imperial.

Y este principio se aplica de arriba abajo al resto de nuestra sociedad. El único sistema de valoración que tenemos para el comportamiento humano es el dinero, pero ¿qué comportamiento humano valora el dinero? La competitividad genera dinero. La guerra y el militarismo generan dinero. El ecocidio genera dinero. La enfermedad genera dinero. Los productos acabados generan dinero. El enredo del poder corporativo y estatal hace dinero. Hacer propaganda a las personas para que crean que necesitan más de lo que tienen genera dinero.

¿Qué es lo que no da dinero? Amabilidad. Colaboración. Paz. Una biosfera próspera. Salud. Bienestar psicológico. Transparencia e integridad política. Las decisiones se toman en beneficio del conjunto. Fuentes de energía que no pueden ser controladas por los poderosos. Abundancia. Personas que se conforman con lo que tienen.

El dinero no tiene sabiduría. La «mano invisible» del libre mercado nunca valorará los mejores ángeles de la humanidad.

Las empresas farmacéuticas tienen un gran interés en valorar los tratamientos en detrimento de la prevención y las curas. La industria armamentística tiene un gran interés en avivar las hostilidades entre naciones. Las industrias ecocidas tienen un gran interés en asegurarse de que pueden seguir violando y saqueando nuestro planeta sin intervención legal, mientras descargan el coste de las consecuencias sobre el público. Las empresas monopólicas tienen un gran interés en interferir con el poder del gobierno para protegerse de las demandas antimonopolio.

Todo lo que anhelamos para nuestro mundo -la forma en que sabemos que debería ser en el más profundo nuestro corazón- es subvertido por los sistemas que tenemos establecidos, todos los cuales están orientados en la dirección exactamente opuesta.

El mundo nunca conocerá la paz mientras la guerra sea rentable. El mundo nunca conocerá la salud mientras la enfermedad sea rentable. El ecosistema nunca prosperará mientras el ecocidio sea rentable. Seguiremos gobernados por tiranos mientras nuestros sistemas aprecien la tiranía.

Para tener un mundo sano, tendremos que poner en marcha sistemas que valoren la salud en lugar de la maldad. Hasta entonces, la atracción gravitatoria de estos sistemas nos empujará continuamente hacia la disfunción. Esperar que podamos avanzar hacia la paz y la armonía sin cambiar estos sistemas es como saltar desde un acantilado y esperar no caer.

Tenemos que pasar de modelos basados en la competencia a modelos basados en la colaboración. Sistemas que valoran el trabajo conjunto para un bien mayor, tanto en colaboración con los demás como con nuestro ecosistema. Hasta que no lo hagamos, caeremos continuamente.

Caitlin Johnstone

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