Lamento parecer un aguafiestas, pero les tengo que anunciar que el chocolomo no existe. Bueno, a decir verdad, sí; aunque no tiene nada que ver con lo que se imaginan al creer que se alude de algún modo al chocolate. Se trata de un guiso mexicano en el que se cuecen, junto con otras cosas, ajos, sesos, riñones, el corazón y el lomo de una res acabada de sacrificar. El chocolate no aparece, sin embargo, por ninguna parte en la lista de ingredientes, de manera que, si nos invitan a comer o a merendar, no tendremos más remedio que seguir escogiendo entre el chocolate y el lomo, porque los dos no se pueden tomar a la vez.

Se dispararon las alarmas en los mercados y algunos culpan a Rusia del incremento del precio de la luz. Las luces rojas se han encendido por la enorme dependencia energética de Europa respecto a Gazprom, la compañía estatal rusa que suministra la mayor parte del gas natural que consumimos las empresas y los ciudadanos europeos. Europa recibe su abastecimiento de gas desde Rusia, Noruega y Argelia. Sin embargo, durante el año 2019, el primero de estos tres países suministró el cuarenta por ciento del gas, y esta tendencia no disminuye, sino que va in crescendo. En veinte años, la previsión es de un incremento de más del cincuenta por ciento de la dependencia europea respecto de Gazprom. Además, durante este año 2021, Noruega limitó el flujo de gas debido a cuestiones de mantenimiento.

Por otra parte, las reservas de este combustible oriundas de Europa se están agotando. Si como muestra basta un botón, hay que añadir que hace dos semanas el gobierno libanés tuvo que cerrar sus dos principales centrales eléctricas por falta de combustible. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, aunque esté al otro lado del Mediterráneo, pon las tuyas a remojar.

Putin culpa a los gobiernos y a las empresas europeas de la crisis de combustibles que sufrimos y alega que los contratos de suministro firmados a largo plazo son insuficientes. De hecho, el suministro de gas desde Rusia utiliza dos instrumentos jurídicos: los long-term contracts, con una duración que oscila entre diez y veinticinco años; y los spot deals, o acuerdos puntuales, que se utilizan para resolver demandas concretas. Obviamente, el precio del gas a través de los spot deals es más caro que si se compra por medio de los long-term contrats. Y Rusia, como es lógico, se aprovecha de ello.

Sin embargo, existe un detalle que pasa desapercibido y que tiene gran importancia respecto al asunto que nos ocupa. Hace veinte años, Europa era el único cliente energético de relevancia que Rusia tenía. Sin embargo, ahora Gazprom cuenta con una alternativa muy poderosa a la que puede suministrar una grandísima cantidad de gas: China. Durante el año 2020, el gigante asiático importó 101,6 millones de toneladas de gas natural de las cuales, más de un ocho por ciento llegó de Rusia. No es lo mismo ser el cliente preferente a tener un competidor que puja en los mercados por el mismo combustible. Como se puede comprobar, el declive de Europa también se aprecia en los mercados energéticos, donde progresivamente va perdiendo fuerza a la hora de fijar las condiciones en que se han de llevar a cabo las transacciones. ¿Acaso alguien piensa que esto no tiene, y seguirá teniendo, transcendencia respecto al nivel de vida de los ciudadanos europeos?

El señor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso de los Diputados, se rasgó las vestiduras y amenazó al gobierno con dejar de apoyarle si no modifica el decreto por el cual ha dado un “hachazo” de 26.000 millones de euros a las eléctricas, por la vía de la minoración de sus beneficios que, obviamente, terminará repercutiendo sobre sus clientes, en especial sobre la industria.

Las fuentes energéticas de Europa son: el petróleo en un 35%, el gas natural en un 24%, la energía nuclear en un 13%, el carbón en un14% y las renovables y biocombustibles también en un 14%. ¿Alguien realista piensa que con estos porcentajes se puede ir a alguna parte? ¿Qué proporción de energía propia se produce en España? ¿A lo sumo un 30 o un 32 %? ¿De verdad se cree que, de este modo, se puede controlar el precio de la luz, cuando casi el 70% de la energía necesaria para producirla depende de agentes y factores externos cada vez más inestables, por no decir opuestos a nuestros intereses?

La mayor parte de la energía eléctrica que se consume en España se produce mediante la quema de hidrocarburos que sirven para calentar el agua que mueve las turbinas que generan la electricidad. Así pues, por ejemplo, cuando se impulsa la implantación del coche eléctrico se incurre en la falacia de hacer creer a los ciudadanos que se está apostando por las energías limpias, ocultando que buena parte de la electricidad que consume ese coche ha sido generada mediante la quema de gas, petróleo o carbón.

De acuerdo con informes oficiales que no son notoriamente conocidos, pero a los que se puede acceder si nos empeñamos en buscarlos, uno de los factores (quizá no el más importante) que nos ha conducido a la situación de crisis energética que nos asedia es la reducción de la fuerza del viento, acaecida en Europa durante los últimos meses. Se inventó el barco de vapor y luego el de fuel para no tener que depender del viento para navegar, y ahora quieren que tengamos que esperar a que sople el viento o haga sol para poder encender la lámpara del comedor.

La energía nuclear sencillamente es innombrable, el gran tabú. Aunque sea la única capaz de proporcionar un suministro constante a un precio más que razonable. ¿Es qué nadie habla de la energía de base? La energía de base es aquella de la que se puede disponer en cualquier momento, porque está disponible o se puede producir a demanda. Todo lo contrario que la eólica y la fotovoltaica, que dependen de que haya viento y haga sol, factores incontrolables. Mientras tanto, la gente sigue chupando su chocolomo, sin darse cuenta de que lo que flota en medio del guiso es un riñón, precisamente el riñón que le toca empeñar para poder pagar la factura de la luz.

Juanma Badenas es catedrático de Derecho civil, ensayista y miembro de la Real Academia de Ciencias de Ultramar de Bélgica. Su último libro es Contra la corrección política.

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