EL CRISTIANISMO NO ES UNA RELIGIÓN PARA LOS BUENOS.

 Alfonso Basallo. El cristianismo es una gran paradoja -no hay más que leer a Pablo de Tarso y Charles Moeller-, y, por lo tanto, no es un código de buenas prácticas, ni los cristianos un dechado de conducta, sino todo lo contrario.

Si Cristo no ha resucitado, el cristianismo carece de sentido
Si Cristo no ha resucitado, el cristianismo carece de sentido.

 

 

Uno de los reproches clásicos que los ateos y la progresía en general hace a los cristianos es su despreocupación por la suerte de la humanidad. “Vosotros mucho paternoster y mucha misa pero a los marginados, emigrantes o parados que les vayan dando”, nos echan en cara. A eso le unen el ataque por el viejo flanco: la incoherencia. Predicáis una cosa pero sois más corruptos, pederastas, intolerantes e injustos que los demás. Conclusión -a la que quieren ir a parar- el cristianismo es una utopía. Bella, pero utopía.

Algo de esto subyace en un artículo publicado en eldiario.es por un profesor de Filosofía del Derecho, Jorge Urdánoz, a propósito de la visita que Yolanda Díaz hizo al papa Francisco. Habla de muchos temas -como la coincidencia de izquierda y cristianismo en determinados valores frente al neoliberalismo-, pero me quería fijar solo en el que nos ocupa. Insiste Urdánoz en lo que, según él, debería ser el cristianismo, una moral, frente a quienes llevan dos mil años afirmando que no, que no es una moral, sino una religión.

Replica el articulista a Miguel Ángel Quintana Paz, que aseguraba en otro texto que ser cristiano no va de ser buenas personas, sino de “creer que Cristo resucitó para salvarnos”. Alega Urdánoz que tal afirmación supone despojar al cristianismo “de toda entraña moral”. Si ser cristiano “no es obrar bien, ser buena persona, o seguir el Sermón de la Montaña”, estamos desligando el cristianismo “de cualquier sustrato ético” añade.

Me temo que el señor Urdánoz no ha entendido que el cristianismo es una gran paradoja -no tiene más que leer a Pablo de Tarso y Charles Moeller-, y que, por lo tanto, no es un código de buenas prácticas, ni los cristianos un dechado de conducta. No sólo son tan desastrosos como los demás mortales, sino que para ser admitidos en el club deben exhibir el carné de pecadores. La Iglesia no es, de hecho, “una asamblea de puros, sino un hospital de pecadores”. La frase no es del papa Francisco, sino de Chesterton, aunque posteriormente el pontífice la ha glosado y actualizado.

No va de buenas personas, pues, sino de pecadores que sin mérito alguno, se aprovechan de Cristo que les salva porque ha resucitado. De eso va. De Resurreción; de gratuidad, de gracia. Y eso les permite seguir siendo un desastre, confiando en una misericordia infinita, sin caer en la desesperada sobreactuación de los pelagianos -que pensaban que la salvación dependía enteramente de ellos-.

Lo refleja Evelyn Waugh en su famosa novela Retorno a Brisdeshead, en el contraste que establece entre Charles Ryder, el protagonista ateo, y la familia de Lord Marchmain, católicos pero lleno de defectos y miserias, con el playboy Sebastian en primer término. Lo que distingue a éstos últimos de todos los demás no es que sean intachables, sino que tienen fe, un tesoro oculto.

Quienes en el siglo XIII se canjeaban por cautivos cristianos en manos de las musulmanes no eran los de Greenpeace sino los frailes mercedarios

La fe en la resurrección de Cristo, que según Urdánoz priva de “sustrato ético” al cristianismo, es justamente la que ha llevado durante dos milenios a numerosos cristianos a volcarse con el prójimo. Y esta es otra paradoja. Quienes en el siglo XIII se canjeaban por cautivos cristianos en manos de las musulmanes no eran los de Greenpeace sino los frailes mercedarios; quien atendió a los esclavos africanos que llegaban a Cartagena de Indias en los barcos negreros en el siglo XVII no era Médicos sin fronteras, sino el jesuita Pedro Claver; no fue una organización humanitaria la que se encerró en el infierno leproso de Molokai en el siglo XIX, sino un sacerdote belga, el padre Damián de Veuster. Y ninguno de ellos lo hizo por ascetismo, por filantropía o por un sustrato ético. Qué le pregunten si el cristianismo es una utopía al sargento polaco Gajowniczek, que se salvó de la muerte en Auschwitz, gracias al sacrificio del padre Maximiliano Kolbe, que ocupó su lugar.

O es verdad que Cristo ha resucitado, o no hay doctrina social de la Iglesia que valga. O la Revelación y la Redención son hechos históricos, o la preocupación por los desheredados es un ejercicio vano, un trabajo de Sísifo. Y eso sí que es una utopía. Bella, pero utopía.

Ignoro si una entrevista con Teresa de Calcuta resolvería los dilemas ético-sociales de Urdánoz y de tanto ateo y/o progre que se escandaliza con la incoherencia de los cristianos y su “falta de sustrato ético”. Pocas organizaciones humanitarias se arremangaron tanto como ella para ocuparse de los más pobres. Pero cuando un periodista le dijo que él no sería capaz de comportarse así “ni por un millón de dólares”, Teresa respondió: “Ni yo tampoco,… lo hago por Jesús”.

Alfonso Basallo

 

Si Cristo no ha resucitado, el cristianismo carece de sentido
Si Cristo no ha resucitado, el cristianismo carece de sentido

Uno de los reproches clásicos que los ateos y la progresía en general hace a los cristianos es su despreocupación por la suerte de la humanidad. “Vosotros mucho paternoster y mucha misa pero a los marginados, emigrantes o parados que les vayan dando”, nos echan en cara. A eso le unen el ataque por el viejo flanco: la incoherencia. Predicáis una cosa pero sois más corruptos, pederastas, intolerantes e injustos que los demás. Conclusión -a la que quieren ir a parar- el cristianismo es una utopía. Bella, pero utopía.

Algo de esto subyace en un artículo publicado en eldiario.es por un profesor de Filosofía del Derecho, Jorge Urdánoz, a propósito de la visita que Yolanda Díaz hizo al papa Francisco. Habla de muchos temas -como la coincidencia de izquierda y cristianismo en determinados valores frente al neoliberalismo-, pero me quería fijar solo en el que nos ocupa. Insiste Urdánoz en lo que, según él, debería ser el cristianismo, una moral, frente a quienes llevan dos mil años afirmando que no, que no es una moral, sino una religión.

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Replica el articulista a Miguel Ángel Quintana Paz, que aseguraba en otro texto que ser cristiano no va de ser buenas personas, sino de “creer que Cristo resucitó para salvarnos”. Alega Urdánoz que tal afirmación supone despojar al cristianismo “de toda entraña moral”. Si ser cristiano “no es obrar bien, ser buena persona, o seguir el Sermón de la Montaña”, estamos desligando el cristianismo “de cualquier sustrato ético” añade.

Me temo que el señor Urdánoz no ha entendido que el cristianismo es una gran paradoja -no tiene más que leer a Pablo de Tarso y Charles Moeller-, y que, por lo tanto, no es un código de buenas prácticas, ni los cristianos un dechado de conducta. No sólo son tan desastrosos como los demás mortales, sino que para ser admitidos en el club deben exhibir el carné de pecadores. La Iglesia no es, de hecho, “una asamblea de puros, sino un hospital de pecadores”. La frase no es del papa Francisco, sino de Chesterton, aunque posteriormente el pontífice la ha glosado y actualizado.

No va de buenas personas, pues, sino de pecadores que sin mérito alguno, se aprovechan de Cristo que les salva porque ha resucitado. De eso va. De Resurreción; de gratuidad, de gracia. Y eso les permite seguir siendo un desastre, confiando en una misericordia infinita, sin caer en la desesperada sobreactuación de los pelagianos -que pensaban que la salvación dependía enteramente de ellos-.

Lo refleja Evelyn Waugh en su famosa novela Retorno a Brisdeshead, en el contraste que establece entre Charles Ryder, el protagonista ateo, y la familia de Lord Marchmain, católicos pero lleno de defectos y miserias, con el playboy Sebastian en primer término. Lo que distingue a éstos últimos de todos los demás no es que sean intachables, sino que tienen fe, un tesoro oculto.

Quienes en el siglo XIII se canjeaban por cautivos cristianos en manos de las musulmanes no eran los de Greenpeace sino los frailes mercedarios

La fe en la resurrección de Cristo, que según Urdánoz priva de “sustrato ético” al cristianismo, es justamente la que ha llevado durante dos milenios a numerosos cristianos a volcarse con el prójimo. Y esta es otra paradoja. Quienes en el siglo XIII se canjeaban por cautivos cristianos en manos de las musulmanes no eran los de Greenpeace sino los frailes mercedarios; quien atendió a los esclavos africanos que llegaban a Cartagena de Indias en los barcos negreros en el siglo XVII no era Médicos sin fronteras, sino el jesuita Pedro Claver; no fue una organización humanitaria la que se encerró en el infierno leproso de Molokai en el siglo XIX, sino un sacerdote belga, el padre Damián de Veuster. Y ninguno de ellos lo hizo por ascetismo, por filantropía o por un sustrato ético. Qué le pregunten si el cristianismo es una utopía al sargento polaco Gajowniczek, que se salvó de la muerte en Auschwitz, gracias al sacrificio del padre Maximiliano Kolbe, que ocupó su lugar.

O es verdad que Cristo ha resucitado, o no hay doctrina social de la Iglesia que valga. O la Revelación y la Redención son hechos históricos, o la preocupación por los desheredados es un ejercicio vano, un trabajo de Sísifo. Y eso sí que es una utopía. Bella, pero utopía.

Ignoro si una entrevista con Teresa de Calcuta resolvería los dilemas ético-sociales de Urdánoz y de tanto ateo y/o progre que se escandaliza con la incoherencia de los cristianos y su “falta de sustrato ético”. Pocas organizaciones humanitarias se arremangaron tanto como ella para ocuparse de los más pobres. Pero cuando un periodista le dijo que él no sería capaz de comportarse así “ni por un millón de dólares”, Teresa respondió: “Ni yo tampoco,… lo hago por Jesús”.

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