La resiliencia es uno de esos constructos psicológicos que se ponen a menudo de moda y que actualmente es foco de numerosas investigaciones científicas, enmarcándose como centro de un enfoque teórico conocido como Psicología positiva.

La resiliencia, como simple concepto, hace referencia a la tolerancia que tienen las personas a la adversidad y a las presiones derivadas del estrés, provocadas por un ambiente hostil, en general.

Y como constructo, desde el ámbito académico-científico de la psicología, es una reconsideración conceptual acerca de la capacidad innata que siempre ha tenido el ser humano para sobreponerse al ambiente natural y social en el que se mueve, mejorándolo y modificándolo para su seguridad y bienestar personal y social. Y a veces, simplemente, para “resistir ante una calamidad, mientras ésta pasa”.

El interés por este redescubrimiento conceptual, llamada resistencia personal en el lenguaje coloquial surge en la consideración de poder ser estudiada como un elemento o factor profiláctico del estrés, el trauma, la adversidad en general y la frustración existencial en particular.

Existen múltiples definiciones para el concepto de resiliencia porque se ha abordado profusamente en estos últimos años. Y porque se han realizado numerosos estudios empíricos desde perspectivas y modelos explicativos diferentes que pretenden comprenderlo mejor.

La resiliencia como término lingüístico procede del campo de la Física y la Ingeniería, que se refieren a ella como la resistencia que tiene un cuerpo físico frente a la rotura; o la capacidad que tiene la materia de recobrar su forma original después de estar sometida a una presión que trata de romperla o deformarla.

Y su adaptación lingüística al castellano proviene de las palabras resilience o resiliency, traducido como resiliencia en español.

Este término fue adoptado por las ciencias sociales asimilando la idea anterior, para describir la capacidad que tienen los individuos de superar y recuperarse de las adversidades sufridas a lo largo de un periodo concreto de sus vidas, con cierto éxito y presentando posteriormente índices de desarrollo psicológico sano y superación.

El interés científico del término en el área de la conducta humana surge de un primer estudio longitudinal realizado a lo largo de 30 años con un grupo de niños nacidos en unas condiciones muy desfavorables (Werner 1989). Estos sujetos alcanzaron en la edad adulta (en un 80% de los casos), una correcta integración social y una evolución personal madura muy competente.

También otros autores como Garmezy, Masten y Tellegen en 1984 y 1991, realizaron trabajos de investigación científica sobre hijos de madres esquizofrénicas, llegando a descubrir que existía un factor profiláctico que defendía a los niños de los daños morales y emocionales que un contexto vivencialmente negativo constante podría provocarles. Superando con el tiempo, debido a ese factor, los posibles traumas y perjuicios que los hechos desgraciados hubieran podido haberles dejado, como huella psicológica negativa perenne.

Al principio, los investigadores empezaron a considerar que este factor profiláctico –resiliencia-, era un constructo que hacía referencia tanto a:

1) una capacidad o habilidad aprendida del individuo para superar las adversidades, las frustraciones y/o la hostilidad cronificada de un ambiente contrario al bienestar y/o supervivencia del sujeto.

2) como a un factor o característica de la personalidad.

Unos consideraban que la resiliencia era claramente un rasgo de la personalidad del sujeto, rasgo psicológico o cualidad, que caracterizaba a las personas que tenían una mayor capacidad para afrontar la adversidad, recuperarse y mantener una conducta adaptativa ante la adversidad en general.

En cambio, otros autores lo definían como un proceso que facilitaba la superación de las desgracias, mediante la conjunción de ciertas cualidades personales, muchas veces consideradas de carácter temporal, en un momento determinado, y dependiente de la influencia de otros factores y variables, presentes o ausentes en el ambiente y el contexto situacional. Para estos investigadores la resiliencia era un proceso de adaptación positiva a un entorno adverso y hostil, muy concreto y complejo,

En el afán de considerar ambas posibilidades, la de ser un proceso de adaptación y al mismo tiempo una capacidad (innata o aprendida) de la personalidad del sujeto, Richardson, Neieger, Jensen y Kumpfer (1990), consideraron a la resiliencia como “la capacidad que tiene el individuo de poder desarrollar un proceso de afrontamiento hacia los eventos vitales hostiles, estresantes o desafiantes que sufre, de tal modo que le proporciona protección adicional y habilidades de resistencia superiores a las previas que tenía antes de ocurrirle estos sucesos adversos”.

Sin embargo, otros autores, como Masten y Coatsworth (1998) entendían que la resiliencia era un constructo dinámico que incluía a una amplia clase de fenómenos implicados en las adaptaciones exitosas, en el contexto de importantes amenazas para el desarrollo, supervivencia o bienestar del individuo.

Dentro del amplio campo de estudios e investigaciones psicológicas realizadas sobre el fenómeno de la resiliencia, se ha destacado siempre la labor de Connor, K.M. y Davidson, J.R.T., autores de un cuestionario muy utilizado hoy en día en los múltiples trabajos de investigación sobre esta materia: la Escala de Resiliencia Connor-Davidson, más conocida como CD-RISC (2003).

La sencilla definición de resiliencia que dan estos autores como “conjunto de cualidades, recursos o fortalezas que favorecen que los individuos progresen afrontando con éxito la adversidad”, junto con el sencillo instrumento que construyeron para tratar de “medirlo” científicamente, han favorecido su divulgación y amplia aceptación.

Según Connor y Davidson, una persona con patrón resiliente es aquélla que activa respuestas de adaptación positiva frente a la tragedia, el trauma y la adversidad y progresa significativamente frente a los factores estresantes de la vida.

Por lo que consideran a la resiliencia como un mecanismo auto regulador del individuo, que puede protegerle de las consecuencias negativas y traumas que puedan ocurrirle en determinadas etapas adversas de la vida.

Por último, la APA (American Psychological Association, 2004) la ha definido como un “conjunto de conductas, pensamientos y acciones que pueden ser aprendidas y desarrolladas por cualquier persona en su proceso de adaptación a la adversidad, y que le permiten salir con éxito de las experiencias difíciles o traumáticas”.

Y aunque, como podemos ver, no hay unanimidad en las definiciones de resiliencia, si existe en todos ellos el acuerdo, casi tácito, en considerarlo como un concepto multidimensional, que implica a la vez capacidad y afrontamiento positivo en las respuestas del individuo frente a la adversidad y el riesgo.

Llegando a ser identificadas y relacionadas con la conducta resiliente algunas capacidades personales como la competencia, el optimismo, la autoestima, la coherencia y la personalidad resistente o hardiness.

Y como capacidades que se pueden aprender o llegar a desarrollar con la autoeficacia o la espiritualidad, como constructos más complejos a la hora de definir y explicar.

Y aunque en todas las investigaciones llevadas a cabo, se han tenido hallado resultados diversos, todas estas capacidades relacionadas más arriba (tanto las aprendidas como las supuestamente innatas) han podido pronosticar muy bien la resiliencia, al observarse que tienen unos niveles de correlación importantes con la resiliencia, algunas de ellas de manera muy significativa.

PERSPECTIVAS METODOLÓGICAS. 

Por otra parte, y desde un punto de vista metodológico se admite generalmente que existen cuatro enfoques o perspectivas teóricas importantes que explican bien qué es la resiliencia:

  1. el psicoanalítico, que suele relacionar la resiliencia con la fuerza del ego y con un conjunto de rasgos o capacidades, como la tenacidad del carácter o la flexibilidad en el funcionamiento ante la adversidad. Así como con ciertos mecanismos de defensa aprendidos por el individuo de manera consciente o inconsciente.
  2. el enfoque de competencias, cercano al modelo o perspectiva teórica de la Psicología positiva, que trata de conocer cuáles son las aptitudes, los indicadores, las capacidades y fortalezas de los individuos que son favorecedoras de la resiliencia ante los eventos hostiles y adversos.
  3. el enfoque clásico, que se revela desde la psicopatología del desarrollo, de donde surgen los primeros estudios que trataron de identificar tanto los síntomas como los efectos negativos de la vulnerabilidad ante la adversidad. Y que la explica a partir de los desajustes y la psicopatología asociada, así como de los elementos protectores que la resiliencia demuestra tener ante aquéllas.
  4. el enfoque ecológico-sistémico, que trata de analizar y conocer las interacciones entre el contexto y la capacidad del sistema dinámico, ya sea individual, familiar, de la escuela, la comunidad o la sociedad, para explicar en qué consiste el resistir o recuperarse de las alteraciones relevantes, mediante la adaptación al ambiente y el restablecimiento del equilibrio.

En este enfoque ecosistémico se pretende identificar cuáles son los mediadores entre el ambiente -sus circunstancias concretas adversas o positivas- y los factores de riesgo o de protección del sistema humano (individual, familiar, etc.) que intervienen en la resiliencia, entendida ésta también como un proceso dinámico.

Esta perspectiva metodológica es la que está recibiendo una mayor atención en la actualidad, al considerarse que la resiliencia depende tanto del equilibrio dinámico de los factores personales, familiares y sociales, como de los momentos del ciclo vital específico, generalmente circunscrito a determinadas áreas de la adaptación psicológica.

Adaptación psicológica positiva porque a pesar de la exposición a la adversidad, implica una progresión evolutiva de la que van surgiendo nuevas vulnerabilidades y nuevos apoyos, conforme también cambian las circunstancias vitales.

Para terminar, reseñamos una especial perspectiva o enfoque más teórico que metodológico, explicado por Richardson, G. E. (1990, 2002) acerca de la resiliencia, porque lo consideramos muy interesante y válido

Y es el análisis conceptual por etapas que realiza acerca del concepto resiliencia.

Según Richardson durante una primera etapa de investigaciones sobre resiliencia, se intentaba responder a la pregunta “¿qué características o rasgos de la personalidad tienen las personas que prosperan frente a la adversidad, en oposición a aquéllos que sucumben hacia conductas auto destructivas?”. Y que resulta ser la misma pregunta que trataba de contestar V. Frankl cuando quería saber porqué unos individuos resistían más que otros en los campos de concentración. Porqué unos morían antes que otros ante circunstancias tan similarmente crueles de sufrimiento.

En una segunda etapa, según Richardson, los estudios sobre resiliencia se centraron posteriormente en descubrir cómo eran los procesos de adaptación y cómo actuaban en ellos los factores y mediadores de la resiliencia identificados en la anterior etapa; cómo se activaban y cómo se desarrollaban y acomodaban en medio de la adversidad.

Y en una tercera etapa, y por ahora última, en la actualidad se quiere profundizar en el concepto de resiliencia cómo fuerza motivacional del individuo que puede guiarle en el aprendizaje de cierta clase de conocimiento o sabiduría, de autoactualización y altruismo, permitiéndole poder estar en armonía con un estado afectivo de paz o la fuente de una fuerza espiritual superior.

Uno de estos últimos postulados propone que la fuente para actualizar la resiliencia proviene del propio ecosistema del individuo, siendo al mismo tiempo una capacidad innata que tienen todas las personas.

Por ejemplo, el aumento de energía vital que proviene del encuentro con un ser querido o al disfrutar de un paisaje o de la naturaleza, o cuando recibimos una buena noticia, etc., tienen un poderoso efecto de curación y disminución de enfermedades físicas, según algunos investigadores.

Por otro lado, en algunos estudios se ha observado que tener fe en Dios o en una fuerza creativa parece aumentar las capacidades de resiliencia, además de incrementar la autoeficacia y otras cualidades humanas positivas.

En definitiva, y de acuerdo con muchos investigadores de esta tercera etapa, Richardson afirma que son las fuentes ecológicas las que ofrecen y provocan una mayor resiliencia a las personas.

Afirmando que las características óptimas que se constituyen como fuentes estimulantes de resiliencia, incluyen a la felicidad, el bienestar subjetivo, el optimismo, la autodeterminación, la sabiduría, la excelencia y la creatividad.

Y como cualidades capacitadoras de resiliencia, a la moralidad, el autocontrol, la gratitud, el olvido, los sueños y la esperanza.

Conceptos todos ellos que hacen referencia a cualidades que nuestros filósofos, pensadores e ilustres santos y religiosos de la Historia humana han señalado como cualidades imprescindibles para poder resistir ante las adversidades y esperar a tiempos mejores de bonanza y/o fortuna.

Tal y como ocurre cada vez más en el campo de la Física, mientras más se analizan y mejor se comprenden los fenómenos de la Naturaleza (tanto los observables como los no observables) más se significan determinadas fuerzas, desconocidas hasta ahora, que parecen influir en el Universo de manera semejante a como ya señalaban antiguamente algunos filósofos clásicos, como Aristóteles o Platón.

Por ejemplo, hoy la Ciencia Física llama “fuerza oscura de la materia” a unas determinadas formas de energía de la materia, que tienen unas características que no se pueden explicar a partir de las Teorías Generales y clásicas de la Física.

Así pues, se hace evidente que la sustancia y naturaleza del concepto resiliencia se contrapone al de frustración existencial como fuerza contraria y de soporte en el mismo sentido antropológico que le da V. Frankl al término voluntad de sentido.

Y podemos decir que la frustración existencial crece en aquel individuo que previamente se ha rendido a los acontecimientos adversos, dolorosos o traumáticos que le suceden de forma gradual o traumática y puntual a lo largo de su existencia.

Pero cuando se resiste ante ellos (p.ej. la muerte de un hijo querido, la amputación de un brazo, la pérdida del empleo, la falta constante del sustento necesario para comer, etc.) entonces no se deja espacio interno a ese estado mental que se acompaña de emociones y estados afectivos negativos, y que es la frustración existencial.

Y decimos así que resistimos, que somos, en definitiva, seres humanos resilientes. Y que no nos dejamos abatir por la desgracia propia -o ajena-, sobreponiéndonos a la adversidad y a la frustración vital que nos tienta constantemente.

Podríamos decir que la resiliencia es a la frustración existencial lo que el agua al aceite; líquidos cuyas moléculas son muy difíciles (sino imposibles) de mezclar.

Porque como dice V. Frankl, “la vida nunca termina de tener sentido, lo tiene hasta el último momento, hasta el último aliento…Precisamente allí donde la situación es irreversible, allí se nos exige que cambiemos, es decir, que maduremos, que crezcamos, que nos trascendamos. Y esto es posible hasta el mismo momento de la muerte.” (Frankl, V. La Voluntad de sentido, págs. 230-231, apéndice 2ª edición).

 

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