Del sentido de la Vida, de su propósito general y de cada uno de los individuos que participamos en la misma, se ha escrito mucho a lo largo de los siglos de civilización humana.

Gracias a esas escrituras y a la Historia, tenemos constancia del gran interés e inquietud que este pensamiento universal siempre suscitó en los filósofos e intelectuales de todas las épocas. Del desasosiego que ello sigue generando en muchos individuos y de cómo las distintas culturas, a través de los tiempos, han plasmado sus respuestas en los respectivos legados y escritos.

Una definición de cultura, de consenso en la actualidad, es sumamente difícil de concitar. Pero es acuerdo generalizado incluir en este término conceptual tan complejo al conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres, y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre (Tylor, 1871).

Siendo el corpus de conocimientos humanos, adquirido a lo largo de la Historia, tan amplio y diverso como el de las creencias suscitadas por el “hambre” (innata) del sentido religioso humano, una de las ciencias sociales que actualmente más nexos de unión y puentes epistemológicos está intentando establecer entre ambas esferas humanas, para el esclarecimiento de la Verdad, es precisamente la Psicología.

¿Qué es la Vida? ¿Qué sentido tiene? ¿Existe porque sí? ¿Todo es una casualidad después de un gran Big Bang? ¿Podemos seguir ignorando la razón o las razones últimas que tiene en sí misma la existencia de cada uno de nosotros? ¿Es válido o correcto hacerse este tipo de preguntas? ¿Son realmente necesarias estas preguntas? ¿Qué relación tienen con la Psicología? Y lo más importante, ¿es posible esclarecerlas?

Nosotros, siendo honestos ante el lector, partimos de una de las dos únicas opciones posibles que las personas adoptan a lo largo de su vida – de manera consciente o inconsciente- ante la cuestión clave que la realidad, personal y cotidiana, plantea constantemente al individuo: “¿es posible conocer el significado de la existencia en general y de la propia vida en particular?”: Si.

La opción negativa, como es obvio, incluye de manera tácita, el razonamiento múltiple, desde distintos presupuestos filosóficos o antropológicos, de la inviabilidad –siquiera- de la propia cuestión. En cambio, nuestra posición personal, experiencial y teorética, se manifiesta claramente en la afirmación clara y rotunda a favor de la posibilidad de alcanzarla.

Pues ya solo plantear el mismo concepto de “frustración existencial” como posibilidad que se puede experimentar personalmente, implica la confirmación de su contrario: la posibilidad de alcanzar un sentido comprensivo de la existencia, afirmándose como el preciso polo opuesto del apriorístico concepto de frustración existencial.

CONCEPTO DE FRUSTRACIÓN.

Todas las personas tenemos la clara percepción de que cuando nos privan de un deseo, un objeto, un propósito o la misma voluntad de alcanzar lo que esperamos y queremos conseguir, podemos sentir o experimentar el sentimiento que conocemos como frustración. Y que sabemos reconocer de manera inmediata porque es una de las sensaciones y afectos de orden negativo que el ser humano normalmente trata de no tener o percibir. Tanto, así como la tristeza, la ansiedad o la culpa. Todos ellos sentimientos y emociones categorizadas como desagradables, negativas, evitables y no deseables.

Podemos describir aún más este sentimiento, que puede llegar a convertirse en crónico, como sinónimo de decepción, fracaso, malogro, aborto o naufragio de lo esperado o deseado.

Ahora bien, lo deseado, lo que se quiere y puede ser objeto de la frustración, se enmarca en una realidad cotidiana que, como afirman Berger y Luckmann “se organiza alrededor del aquí de mi cuerpo y el ahora de mi presente…”; “realidad de la vida cotidiana [que] no se agota por estas presencias inmediatas, sino que abarca fenómenos que no están presentes aquí y ahora”. (Berger, P. y Luckmann, T., 1979, pág. 36).

Así pues, la frustración solo puede surgir a partir de algo que se espera de la realidad cotidiana, presente o futura, pero que finalmente no llega, no se logra alcanzar, conseguir o realizar.

La frustración es pues una vivencia de fracaso, de no consecución de lo que se esperaba, de perjuicio e injusticia (real o imaginada), que, desde el enfoque psicoanalítico, se produce a partir de la experiencia o vivencia de que un obstáculo exterior impide la satisfacción de los impulsos instintivos internos del individuo.

Desde un modelo explicativo sistémico del comportamiento o la conducta, la frustración puede ser entendida como una variable o como un factor, que interviene en la motivación, como sistema más complejo de la estructura cognitiva que controla y dirige la conducta, la cual se adquiere con la experiencia.

Esta frustración se puede evaluar, como tendencia reactiva que es, por la ausencia de refuerzos positivos durante el proceso del aprendizaje. La cual puede generar, además, y en función de los elementos ambientales con los que se relaciona, un incremento de la impulsividad -o energía emocional- de signo negativo, violento y agresivo. En ocasiones dirigido hacia lo exterior y en ocasiones dirigida a lo interior, de manera evitativa o pasiva, o con otro tipo de reactancia emocional, de diverso signo y naturaleza.

Como vemos, la definición de frustración puede ser aún más amplia, dependiendo del esquema epistemológico del que partamos para explicarla.

LA FRUSTRACIÓN EXISTENCIAL SEGÚN VIKTOR FRANKL.

Si ahora aceptamos acotar y simplificar la definición de frustración como “un sentimiento global o un estado anímico que se conjuga con variados sentimientos de rabia, tristeza, desesperación o enojo; es de duración variable y está impregnado psicológicamente de pensamientos negativos, ausencia percibida del objeto, desesperanza de recibir o alcanzar lo deseado”, podremos más fácilmente explicar qué entendemos aquí por frustración existencial.

Viktor Frankl (1905-1997), es uno de los autores intelectuales, filósofo, psiquiatra y psicoterapeuta de forzosa referencia en el ámbito de esta cuestión capital durante los últimos años.

Para comprender su obra y pensamiento, plasmado en múltiples libros, conferencias y artículos, hay que referirse ineludiblemente a una etapa de su vida como prisionero de varios campos de concentración y exterminio de judíos, en la Alemania nazi de la 2ª Guerra Mundial.

Lo que alcanzó a descubrir Viktor Frankl en su “dasein” particular, a partir de su experiencia personal y la de sus compañeros que, como él, estaban recluidos en unas condiciones infrahumanas; es que la vida que cada uno creía poseer, solo podía sobrevivir o sobrellevarse en esas circunstancias tan adversas y horribles, si se tenía un motivo o razones internas lo suficientemente importante/s y/o poderosas para el propio individuo, como para proporcionarle las energías psicológicas y físicas necesarias para seguir luchando y permanecer con vida (mientras no fuese asesinado o muriese antes por inanición física o enfermedad).

Para él, en su reflexión de lo observado y experimentado, en esas condiciones personales en los campos de exterminio nazis, las personas más resistentes o resilientes, las que soportaron mejor la adversidad y no se derrumbaron ante el intenso sufrimiento del hambre, el dolor físico, el frío, el cansancio o la desesperación, fueron las que, de alguna manera, permanecían en una voluntad personal férrea de llegar a realizar el significado que ellas mismas habían formalizado interiormente como parte fundamental de su existencia. Ya fuera el reencuentro con la esposa y los hijos, la venganza o la publicación de un simple manuscrito acabado con mucho esfuerzo personal, como le sucedía a él.

Y en ese esfuerzo constante de la voluntad por alcanzar los objetivos de su vida (que el individuo realizaba de manera consciente o inconsciente, y que él calificaba de fuerza espiritual, por experimentarse como una energía cualitativa superior a la psique humana, diferente del concepto simple de motivación), radicaba, según él, la superación de los estados de frustración y desesperación final que se llegaban a alcanzar tras permanecer constantemente en esos estados de desesperanza, depresión, vacuidad y anomía tan frecuentes entre los prisioneros.

En su obra más difundida internacionalmente “El hombre en busca de sentido” (1946 y 2004), Viktor Frankl detalla con innumerables vivencias personales y ajenas, la realidad humana devastada por el sufrimiento más atroz. Señalando a lo largo de sus páginas, que lo que él presenció como decisivo y determinante, para poder distinguir a los que vivían de los que iban a morir (al margen de las causas ajenas) “no era que tuviesen o no un conocimiento acerca del sentido de la vida, en términos generales, sino si habían conseguido reconocer –de alguna manera- el significado concreto de su propia vida en ese momento presente”. Y en ese significado se incluía la supervivencia.

Más concretamente, V. Frankl decía que la voluntad humana por encontrar ese sentido y el destino que éste le señalaba, era la fuerza o energía que le permitía, en sus observaciones, diferenciar al hombre que luchaba a favor de su propia existencia “a pesar de todo y en contra de toda adversidad”; de quien, por el contrario, se abandonaba a sí mismo ante el destino y la fatalidad que en ese momento le superaban, con una grave sensación de enorme hostilidad y sentido de intrascendencia y absurdo que les embargaba totalmente; deseando así acabar con la transitoriedad de su propia existencia, la irracionalidad de todo y la desventura.

En ese sentido Gordon W. Allport comentaba que a Viktor Frankl le gustaba mucho citar la frase de Nietzsche que decía “quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo”.

Con el tiempo, Viktor Frankl le dio la vuelta a la respuesta del interrogante que él mismo se formulaba acerca del origen que tenía esta voluntad de sentido, que aparentemente (en su pensamiento inicial) provenía del individuo. Y terminó señalando que, en realidad, “a cada hombre La Vida le pregunta por su vida”; y que el ser humano “únicamente puede responder a la Vida a través de su propia vida” (Frankl, 1994).

Para V. Frankl, la voluntad por encontrar el sentido de la propia existencia constituye una fuerza primaria, consustancial a la naturaleza humana, y no es una “racionalización” secundaria a otra instancia psíquica. Siendo este sentido de la vida, único y específico para cada ser humano en cada momento de la existencia.

Solo si se alcanza en el instante presente vital [de manera constante, podríamos añadir nosotros] esta voluntad de sentido que todos necesitamos llevar a cabo, y la construimos (sencilla o complejamente) de una manera más o menos consciente cada día, entonces el ser humano se realiza y plenifica en la existencia; tanto en medio del sufrimiento como en la felicidad o la prosperidad.

Esta voluntad de sentido del hombre, si se frustra, si acaba en frustración existencial, puede producir un tipo de neurosis que la logoterapia [1] denomina neurosis noogénica, en contraste con la neurosis en sentido estricto, la neurosis psicógena.

Para V. Frankl la neurosis noogénica tiene su origen no en lo psicológico, sino más bien en algo diferente que pertenece al núcleo espiritual de la personalidad humana (el “corazón del hombre” que decían nuestros antiguos). Debiendo entenderse que, dentro del marco de referencia de la logoterapia, el término espiritual no tiene una connotación primordialmente religiosa, sino que hace referencia a otra dimensión específicamente humana, diferente de la psicológica.

En palabras del propio V. Frankl, “desde el punto de vista psicoanalítico algunos autores sostienen que los sentidos y los principios [de la existencia] no son otra cosa que mecanismos de defensa, formaciones y sublimaciones de las reacciones… pero el hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus ideales y principios!” (Frankl, 1994). Y la historia y las noticias de prensa más actuales de hoy en día así nos lo corroboran constantemente.

Viktor Frankl señala a los valores creativos, vivenciales y actitudinales como las herramientas que sirven al hombre para poder encontrar el sentido existencial, estando convencido de que en todas las culturas, condiciones y posiciones personales (sexo, edad, creencia, nivel socioeconómico, etc.) las personas lo experimentan por igual (Frankl, 1991).

____

¿Qué es, pues, lo que entendemos aquí por sentido existencial y su contrario, la frustración existencial? Siguiendo al propio V. Frankl en Ensayo de una patodicea (El Hombre Doliente, 1984), el valor y el sentido de todas las cosas se tienen en la misma medida en que pueden ser transferidas a un otro o a un algo superior (un ideal, un amor o un ser superior), mediante el sacrificio de eso mismo (la cosa) que se es o se tiene.

Dicho de otra manera, todas las cosas valen para ser sacrificadas, porque son precisamente sacrificables (temporales, prescindibles). Y lo que determina en última instancia el valor o el precio de una cosa es su posible destino para algo distinto o superior al sí mismo de la propia cosa.

Dar sentido a algo es, pues, renunciar a ese algo. En una medida relativa o total. Pues el que posee y retiene lo que posee, o cree poseer, queda vacío de lo mismo que trata de retener. Pues el valor mismo de la cosa, al quererse retener en el mismo elemento que se mantiene para sí, deja de tener el valor y el sentido que la cosa tiene en si, pues el valor y el sentido quedan, de esta manera, fuera de la misma cosa.

Y de aquí surge la paradoja de la misma existencia y la de su pleno sentido.  Y por supuesto de su contrario, la frustración, que, en su extremo más hostil, la desesperación, puede acabar en la destrucción de lo que uno posee o cree poseer, si ésta no es abandonada voluntariamente, en el sentido de no retenerse para uno mismo.

Los seres humanos que asesinan a sus enemigos, pero también a sus propios hijos o a sus seres más queridos, porque bien quieren y no pueden retenerlos para si o por cualquier otro motivo (como el odio), son sacrificados – a menudo antes incluso de terminar por sacrificar la propia vida-. Ellos mismos son claros ejemplos de individuos con una gran frustración existencial que, a través de la exasperación (la exaltación, la furia o el arrebato) y la desesperación final, acaban en la destrucción y el sacrificio final, en el sentido que explicábamos anteriormente.

El ser humano tiene como tendencia natural no sólo el desear y buscar el bienestar y la satisfacción de sus necesidades, sino llenar de sentido y significado la propia existencia; plenificarla, en la misma línea de pensamiento que le daba Maslow a la auto-realización como cumbre y meta de la pirámide de las motivaciones humanas. Siendo aquí, el sentido existencial, la plenitud superior de esta pirámide vital, dirigiendo la acción humana y su voluntad.

Pero cuando no tenemos tales posibilidades, ni siquiera la de mantener la propia subsistencia física. O cuando ponemos el nivel mínimo de exigencia para seguir viviendo en alguna cosa que nunca alcanzamos o alcanzaremos a poseer, se puede producir lo que llamamos frustración existencial, vacío existencial o complejo de vacuidad.

Frankl definía a este vacío o sin sentido existencial como una “pérdida de interés general (de todas las cosas), que conduce a un estado de aburrimiento y de falta de iniciativa, que termina en la apatía vivencial. Y como consecuencia, semejante pérdida de interés y motivación llevan al profundo sentimiento del sin sentido (V. Frankl, 1990).

Está muy constatado que, en ocasiones, cuando se llega a un alto grado de desarrollo personal o con muchas posesiones materiales, hay personas que terminan suicidándose ante la dolorosa conciencia de la vaciedad y el sin sentido de todas las cosas que se poseen (material y “espiritualmente”), pensando y creyendo que todo es absurdo, ilógico y sin significado.

Para finalizar este apartado, señalar que destacados investigadores de la escuela de psicoterapia denominada logoterapia, bautizada así por Frankl, como F. M. Buckley, E. Klinger, D. Langen o Elisabeth S. Lukas entre otros, hallaron resultados esclarecedores a partir de sus estudios de investigación entre los años 1970 y 1980, afirmando que un 20% de los trastornos que hoy llamaríamos de los estados de ánimo – y que entonces se englobaban en el término amplio de neurosis – son de origen noogénico. Es decir, eran debidos a una falta de sentido existencial en la vida de los sujetos que lo padecen.

Estos resultados fueron hallados a partir del logo-test de Lukas (1976) y de otro instrumento psicométrico similar a éste, muy poco conocido en Europa, denominado PIL-Test (Purpose In Life), obra de J.C. Crumbaugh (1964) y posteriormente desarrollado junto a Maholick en 1964 y 1968. Confeccionado, al igual que el logo-test de Lukas, en base a las propuestas teóricas de V. Frankl.

LA FRUSTRACIÓN EXISTENCIAL SEGÚN LA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA.

La otra hipótesis teórica plausible – y muy cercana a la de V. Frankl -acerca de la causalidad del sin sentido y frustración existencial que le sucede a un individuo cuando “se rinde ante la Vida y la Muerte implícitas en la Existencia”, se da en el pensamiento de Pablo de Tarso (San Pablo) y en su visión cristiana del hombre, muy ardua de comprender, pero largamente explicada a través de sus memorables cartas apostólicas.

En ellas intenta describir a los prosélitos lectores, cuál es el sentido y el significado último de la existencia (tanto particular como universal) a partir de un hecho histórico muy concreto, que en cierto sentido es admirable y absurdo al mismo tiempo: el “aparente” fracaso de la vida y la muerte en cruz de Jesús de Nazaret, que se reconocía a sí mismo como Hijo de Dios.

La doctrina paulina, coherente con las escrituras judías del Antiguo Testamento, de donde él procede como pueblo, fue totalmente asumida por la Iglesia cristiana primitiva de los primeros siglos y posteriormente por toda la Iglesia Católica y la Cristiandad de la alta y baja Edad Media, siendo la base exegética de la actual antropología cristiana.

Para explicarla de manera somera y sencilla debemos resumir primero el concepto cristiano de la naturaleza humana en general.

El hombre, como criatura de la Naturaleza está sujeto a instintos animales, pero es también un ser libre por la autoconciencia de sí mismo, la racionalidad y la voluntad, que son capacidades que le son propias, como el animal superior de la Naturaleza visible creada por Dios, el Creador de todo.

Esta consciente racionalidad y voluntad libre permiten al hombre poder decidir, desde la autoconsciencia que percibe en sí mismo, qué hacer y cómo hacer en todo aquello que acomete en participación y convivencia con la Naturaleza que le rodea.

La teología cristiana establece que la existencia de todas las cosas creadas obedece a un propósito del Creador: la felicidad en el Amor participativo del ser humano consigo mismo, con sus semejantes, la Naturaleza y su Creador.

Y que el pecado, concepto que podemos definir simplemente aquí (por propósitos de brevedad) como transgresión de las Leyes del Creador, es responsable de la separación íntima y ontológica que el hombre mantenía en un “principio” con el Creador. Pecado que, de manera progresiva y lenta a lo largo de los siglos, podríamos añadir que mediante leyes como el “aprendizaje social” (entre otras), se ha transmitido de generación en generación, aumentando paulatinamente su influencia y realidad maléfica en la Naturaleza.

Como consecuencia de los actos concatenados por libre elección, el aprendizaje social y las costumbres universales, toda la especie humana ha terminado viviendo alejada del Ser absoluto (el Creador) que es quien da la existencia particular a cada ser humano, como existencia finita, y la comunica privativamente a cada ser.

El hombre, alejado de esta manera del Creador, se percibe a sí mismo como una criatura sola y limitada, encerrada en una especie de burbuja creada por él mismo para su autodefensa, que llamamos ego [2] (sí mismo), experimentándose como una existencia confinada.

En esta soledad ontológica, de manera consciente o inconsciente, el hombre siente la necesidad profunda de llenar ese “vacío”, soledad, “levedad del ser o “ansia de amar” y ser amado (Sartre, Kierkegaard, Heidegger, San Agustín, etc.) que siempre advierte dentro de sí. Y que además anhela de manera constante.

A veces, debido a las simples necesidades fisiológicas que tiene cotidianamente el ser humano como animal mamífero, y en otras ocasiones por necesidades de naturaleza superior – como las relaciones sociales, la aprobación, el conocimiento, el amor, etc. -, el hombre puede percibir sutilmente esta realidad de “soledad autónoma necesitada”.

En cualquier caso, el hombre es capaz de constatar en su auto consciencia, que todo su ser – de naturaleza física y espiritual o intangiblevive orientado hacia un vivir para sí mismo; permanentemente impelido a una existencia limitada, insatisfecha e incompleta, tal y como suele sentir el preso en una celda de aislamiento.

Porque el ego, el alma humana, siempre demanda, en primera y última instancia, plenitud, saciedad, felicidad, equilibrio y bienestar.

A partir de esta separación óntica con el Creador, el hombre atisba a comprender (o intuye) que sólo puede razonar y reconocer la realidad a partir de referencias y elementos procedentes de una particular realidad (la suya), siempre limitada, parcial, incompleta y subjetiva.

Siendo este estado natural, psicológico y espiritual, el que confiere a los actos humanos libres, la posibilidad cierta de errar en la objetividad de cualquier razonamiento.

Especialmente (según nos interesa reseñar aquí) acerca de lo que es bueno o malo, tanto para sí mismo como para los demás. En definitiva, discernir correctamente qué es el bien y qué el mal.

El sufrimiento humano, en lógica consecuencia, es juzgado también por el hombre como justo o injusto, bueno o malo, pero siempre como algo a evitar desde la posición subjetiva del ego (excepto cuando se busca de manera intencionada).

Por esto, cuando nos encontramos en estado de frustración existencial, el sufrimiento psíquico que se experimenta puede ser afrontado de manera correcta o incorrecta, según el propio juicio.

Y si el juicio (la “luz”) de la conciencia no está muy oscurecida, por pensamientos negativos que se estimulan precisamente en ese estado mental, las fuerzas de resistencia (psicológica) como la resiliencia se activan de manera adecuada tratando de superar con éxito una frustración que es muy dolorosa a veces, porque aviva de manera aguda la experiencia del vacío interior.

En un estado de conciencia disminuida, deteriorada o disgregada por ideas oscuras y engañosas, los actos de destrucción, de suicidio o asesinato, pueden desencadenarse súbitamente al superar ese muro o barrera de mecanismos de defensa psicológicos, que el juicio último de la voluntad decide mantener o no.

A este estado de frustración existencial siempre se llega, en cualquier caso, porque el alma vive en la “soledad existencial” (ego), separad de su Creador, tal y como explicamos.

Y solo una fe sobrevenida o una confianza natural en significantes simples o complejos, pero fuertes – como la seguridad, el calor humano natural como el abrazo de una madre, el alimento, o el Manifiesto Comunista, como ejemplo de valor significante – pueden procurarnos ese bienestar, calma, fuerza o consolación que entonces tanto necesitamos, aunque sea a veces de forma pasajera o temporal.

Así pues, cuando el sufrimiento es inevitable y el sentido y significado de ese sufrimiento no se alcanza a comprender por medio de la razón y el juicio, el ser humano en su interior puede decidir (en lógica racional, de forma paradójica, absurda o con total irracionalidad) si aceptar o no sus circunstancias concretas, en el aquí y ahora de su propia existencia.

Asumiendo y aceptando esas circunstancias, acepta que su particular realidad de sufrimiento es como una donación de algo o alguien (la Naturaleza o el Creador), que estando por encima de él y siendo superior a su voluntad, se lo impone.

En caso contrario, la no aceptación del sufrimiento puede acabar, si es radical, en el suicidio, que no es más que una solución real al propio sufrimiento.

Pero lo que ocurre más a menudo es que se acaba en un estado psicológico de frustración existencial, que a veces se soporta a lo largo de toda una vida en particular (Sartre), o en parte de ella.

Acompañándose, también a menudo, en tal estado de frustración, de múltiples formas de aberración racional o sistemas de pensamientos – o ideologías – muy lógicas pero equivocadas y erradas de la verdadera realidad.

___

Esta explicación sucinta del concepto cristiano de frustración existencial nos acerca al pensamiento de Viktor Frankl acerca del valor de lo sacrificable, que exponíamos anteriormente.

Como ya hemos dicho, según V. Frankl, se sacrifica siempre lo que es prescindible. Así, en lo cotidiano solemos entregar las cosas que no son esenciales, como cosas con un valor real que, sin embargo, sentimos que es a la vez prescindible pero valioso, al fin y al cabo (todo tiene un precio, dice el refrán).

La misma substancia física (material) de la existencia, nuestra vida humana y la de todos los seres, puede disolverse como consecuencia de un acto de nuestra propia voluntad o por la contingencia de los acontecimientos, ajenos a nosotros.

Pues la vida misma (la existencia y el sí mismo que la experimenta) nos ha sido dada y sabemos por intuición existencial, que tarde o temprano dejaremos de existir (“tendremos que devolver o abandonar lo que nos fue dado”). Es claro que ninguno de nosotros se ha dado la vida (el ser) a sí mismo.

Por esto, en un estado intenso de frustración existencial (y por ende de grave sufrimiento psicológico, moral o espiritual), se puede llegar a tomar la decisión de sacrificar la propia vida -el ego-, la ajena o, más sencillamente, abandonar las ideas y convicciones personales que se tienen como propias.

Porque, en definitiva, el hombre, como sujeto creado o criatura, “conoce” y se siente tan prescindible como todo lo demás y, por lo tanto, también sacrificable.

Y cuando algo se sacrifica, reconocemos, en el acto del sacrificio, que lo sacrificado deja de ser “nuestro” para ser de otro (o de nadie si no se cree en Nada Más Allá). Pero en definitiva al entregarlo, dar o perder, lo hacemos “sagrado” (sacrum facere).

De hecho, el acto de amor supremo en el que se apoya toda la antropología y doctrina cristiana – y por medio de la cual se nos trata de demostrar el Amor Irreversible del creador por toda criatura humana revelada en la Naturaleza – es precisamente el sacrificio en la cruz de quien siendo alguien Único y especial (el Hijo único de Dios, “engendrado no creado, de la misma naturaleza –espiritual- del Padre Creador”) se convierte al mismo tiempo (según San Pablo y toda la Cristiandad) en el remedio y la Justificación suprema de todas las trasgresiones (pecados) de los hombres que creen en Él y esperan en su remedio curativo y salvador. Demostrando con su propio sacrificio, el amor inmenso y constante de Dios por los hombres, creados por Él.

Es decir, que, según la antropología cristiana, el sacrificio del Sí Mismo más valioso como criatura, el “Hijo de Dios”, significa “el Amor eterno y leal del Creador a las criaturas”, a pesar de encontrarnos alejados de Él y entre nosotros mismos.

Por eso, San Pablo insiste: quien cree en el Amor del Padre, el Creador de todas las cosas, puede resistir el absurdo y el sufrimiento. Quien no lo cree, desespera finalmente.

Así pues, podemos repetir que la frustración existencial explica este estado psicológico, afectivo, emocional y cognitivo en el que se encuentra una persona que es consciente de no tener un sentido o significado de la propia vida y de la existencia en general.

Y tiene al mismo tiempo, la clara sensación y lucidez mental de estar experimentando una ausencia, algo substancialmente importante en el ámbito de lo interno-psicológico o espiritual, y que demasiadas veces no sabe nombrar claramente porque, entre otras razones, apenas se oye hablar en nuestra sociedad de Dios como nuestro Padre y Creador.

De algún modo, los místicos cuando referían experimentar en si mismos la “noche oscura del alma” o la “ausencia de Dios”, no hacían sino señalar ese vacío real (de abismo espiritual) que a todos nos rodea, pero que ellos experimentaron de manera muy particular e intensa por su deseo consciente y voluntarioso de llenarlo plenamente. Y porque se les concedió experimentarlo así.

La frustración existencial en última instancia es un estado psicológico que participa de la misma sustancia afectiva, tono emocional y estilo ideativo-cognitivo que la desesperación, aunque sin el matiz de “imposibilidad” de alcanzar el remedio o la solución, que este último término connota.

Y si la frustración existencial así entendida, señala como término correlativo al concepto del sin sentido existencial, a continuación, deberemos siquiera reseñar qué entendemos por sentido existencial, en positivo, o en qué consiste el sentido de la vida.

EL SENTIDO DE LA VIDA.

En psicología, el concepto de sentido se relaciona con la condición de ser lo conducente al cumplimiento de lo requerido. Como, por ejemplo, el modo de reunión de las partes para formar el todo o la efectividad de un sistema de referencia (pregnancia, requerimiento).

Con este tipo de significado tan amplio del concepto, la palabra “sentido” tiene aplicación en todos los ámbitos de estudio de la psicología y del pensamiento en general.

Pero si la palabra “sentido” expresa, en una de sus simples acepciones, “razón de ser, finalidad de las cosas o discernimiento” tal y como la define la RAE (Real Academia Española), el sentido existencial lo podemos entender mejor como la “razón discernida (cierta y verdadera) de ser o existir de las cosas y del porqué de su finalidad, naturaleza y existencia”.

Los problemas epistemológicos inherentes al concepto mismo de sentido existencial en esta definición son muchos y nos alejarían holgadamente de nuestro propósito el querer tratarlos con detalle.

Pero no quisiéramos pasar por encima de estas dificultades sin apuntar algunas ideas que nos parecen pertinentes reseñar.

Como ya hemos señalado, cuando V. Frankl habla de voluntad de sentido refiriéndose al sentido existencial, quiere decir que el ser humano tiene en sí mismo una necesidad intensa y profunda, arraigada en su interior, que le impulsa constantemente a buscar sentido a todo lo que hace, vive y siente, como algo consustancial a él mismo y a todo lo que le rodea (Frankl, 1991 y Berger y Luckmann, 1979).

Y no sólo a encontrar sentido, sino también a realizar el sentido y los valores de sentido que encuentra en su camino; algo, como ya hemos dicho, en lo que estaba totalmente de acuerdo Maslow (1969).

Sin embargo, también es cierto que el razonamiento contrario, es decir el pensamiento que termina afirmando el absurdo de la existencia o el no sentido de la existencia, ha sido profusamente tratado y explicado como axioma de la realidad humana, mediante autores tan reconocidos en la historia de la filosofía como A. Camus, J.P. Sartre, S. Kierkegaard o M. Heidegger.

Intentar demostrar, mediante el razonamiento y la razón, la validez y fiabilidad científica de unos o de otros, que afirman lo contrario de aquéllos que nos precedieron en la estimación de si la existencia tiene o no sentido, o si tiene un valor absoluto o relativo, es, como decía I. Kant, algo que puede ser demostrado tanto desde un sentido o polo de la ecuación (y como problema aparente de opuestos), como de su contrario (I. Kant, en Crítica de la Razón Pura, 1781).

Y el hecho de que esta realidad psicológica tan importante (como lo es el sentido existencial) no haya sido abordada con profusión y entusiasmo por parte de la comunidad científica, es debido, conforme piensa el mismo Frankl, y aparte de las dificultades propias del funcionamiento racional, al psicologismo imperante en el campo de la Psicología.

Para este autor, el psicologismo es la psicología que “trata de extraer del origen anímico de un acto [o conducta del individuo] el significado de su contenido espiritual” (Frankl, V., La Voluntad de Sentido, pág. 43).

En palabras del propio Viktor Frankl, el psicologismo intenta, por ejemplo, explicar “que la idea de la Divinidad surge del miedo ancestral del hombre primitivo ante los fenómenos de la naturaleza. Pero el hombre de hoy, que ya domina la naturaleza, no tiene por qué temer y, en consecuencia, no hay Dios”.

Y si pensamos que la cultura, como fenómeno sociológico y psicológico intrínsecamente humano, es lo que posibilita y configura el sentido de la vida humana, el problema del sentido existencial se traslada a una más amplia problemática conceptual inherente a la evolución cultural a lo largo de la Historia, en cuyo curso no ha cesado de producirse una gran diversidad de formas y sistemas.

Por lo tanto, y simplificando para nuestro propósito, el sentido existencial es, en puridad conceptual y textual, lo contrario a la frustración existencial, tal y como es definida en estas páginas.

Añadiendo que, en sí mismo, el sentido existencial es una necesidad humana superior, intrínseca a nuestra misma naturaleza como seres o animales superiores; que no por escondida o difícil de ser percibida individual o colectivamente, es menos real que la luz, que (en un símil) aunque no podemos verla directamente, si podemos sentirla o percibirla a partir de sus efectos.

Para terminar con la concepción cristiana de la Vida y de su sentido, San Pablo afirma rotundamente, en una de sus cartas, que los hombres “vivimos y morimos” por y para Dios. Pues por Él fuimos creados y cuidados durante nuestra existencia, a pesar del sufrimiento que la misma vida nos procura a veces o muy a menudo, algo que es muy escandaloso para muchos.

Siendo la vida y, sobre todo, la muerte de Jesús el último testimonio dado por Dios, de que la vida humana es compartida, al cien por cien, por nuestro Creador. Y que ésta, tiene un sentido y propósitos concretos para cada uno de nosotros.

Es decir, que somos creados por Dios y que hacia Él (o en contra de Él) se inclina nuestra vida, voluntaria o involuntariamente; consciente o inconscientemente; de buena gana o de mala gana.

 

 

[1] [Logoterapia: Tipo de psicoterapia que propone que la voluntad de sentido es la motivación primaria del ser humano, una dimensión psicológica inexplorada por paradigmas psicoterapéuticos anteriores, y que la atención clínica a ella es esencial para la recuperación integral del paciente.]

 

[2] [Este “ego”, “self” o “sí mismo”, como señala conceptualmente la Psicología, es el “alma” tal y como la concibe el pensamiento filosófico judeocristiano. Se comprende así que el alma “vive” en un cuerpo físico creado en la Naturaleza, y al que “alimenta” con vida, por la misma naturaleza espiritual que le permite vivir, como parte proveniente del Espíritu del Creador.]

 

Copyright

Contacto: aireslentos@gmail.com

error: Alert: Content is protected !!