En esta tercera parte se exponen algunas ideas personales sobre frustración existencial y resiliencia, que surgen del conjunto final expuesto hasta ahora y de mi experiencia y visión cristiana acerca del individuo como criatura (y animal mamífero) de la Naturaleza.

A mi modo de ver, uno de los problemas centrales de la siempre inconclusa comprensión de los fenómenos psicológicos humanos, radica en que los numerosos y variados paradigmas que han prevalecido en Psicología a través de su historia, han minimizado, derogado, ocultado o despreciado de forma consciente o por ignorancia, la naturaleza espiritual que precede, acompaña y trasciende a la más sencilla naturaleza humana.

Soslayando lo que debiera ser el objetivo y sujeto principal de análisis y estudio; el alma. Suplantándola con términos y conceptos tan conocidos como ego, self, sí mismo, consciencia, mente e incluso “conducta”, etc. Desnaturalizando así la esencia espiritual fundamental del ser.

Los adalides de la actual Psicología, separada ésta desde hace muchos años del área de la Filosofía, mantienen el claro objetivo, desde la época de Wundt y Watson, de integrarse en el campo de las ciencias naturales mediante el uso, casi exclusivo, del método científico como “sello” de calidad y “verdad”.

Habiendo llegado incluso a enfocar su estudio en el análisis “científico” de la conducta humana, con la justificación de ser lo único observable del comportamiento humano.

Porque no es posible analizar y comprender la singularidad del individuo y su proceso de enfermar, si al mismo tiempo se niega empecinadamente la característica esencial que le define y constituye el fundamento de todas las vidas humanas: el “alma”.

Pero también es cierto que no se puede estudiar el “alma” sin atender, escuchar y tratar de conocer y comprender a Quién la creó, en la medida en que esto es posible.

Por ello, recapitulando mi Tesis doctoral y los hallazgos encontrados en la investigación realizada mediante el método científico-académico habitual, y tratando de comprender más profundamente qué es la resiliencia desde la visión y los presupuestos que se proponen – y cómo se relaciona ésta con la frustración existencial -, empezaremos explicando a continuación qué significan la vida y la historia de Job, personaje y figura mítica de una gran obra pedagógica divina, incrustada tanto en la Biblia hebrea como en la cristiana.

 

JOB, ARQUETIPO DE LA “VOLUNTAD DE SENTIDO” Y “RESILIENCIA”.

Job es protagonista de uno de los libros canónicos de la Biblia que ha permanecido hasta nuestros días como personaje referente del hombre justo y paciente, que aún en medio de grandes pérdidas humanas y sufrimientos, como los que él padeció, permanece fiel en la creencia de la bondad y el amor del Creador por sus criaturas, de su Justicia como Juez Justo, y como el dador de todo lo bueno y lo malo de la existencia.

En la Biblia se encuentran también, con otras palabras, en diversos textos, libros y circunstancias históricas, frases y conceptos que expresan la idea de que Dios da la vida y la muerte, la fortuna y la desgracia, la pobreza y la riqueza.

Y que, como Alfarero Supremo de todo lo que existe, a Él no se le pueden pedir explicaciones o juzgarle como alfarero “bueno o malo”.

Simplemente, el hombre no tiene capacidad racional o intelectual para alcanzar a comprender la acción divina y sus proyectos, excepto en la medida en la que Él mismo lo da a comprender a sus criaturas.

Bien, pues Job, tras todas las discusiones que mantiene con sus amigos, conocedores como él de la justicia divina expresada por los Profetas judíos y los escritos rabínicos de la época, que explican el origen y devenir de la creación y la existencia humana según la revelación hecha por Dios; y después de desechar uno a uno los argumentos racionales de los tres sabios que rebaten a Job sus quejas acerca de sus sufrimientos; solamente cuando “ve con sus ojos” y “oye con sus oídos” lo que Dios mismo le revela al final del relato de su “historia” personal, es cuando Job acepta plenamente los males que sufre.

Porque cuando se experimenta el sufrimiento es muy difícil, sino imposible, aceptarlo tal y cómo se siente. Y mucho más difícil si uno se considera a sí mismo un hombre bueno o justo, o no tan malo que merezca recibir el dolor como consecuencia (intuida naturalmente o no) de los distintos males realizados.

Porque el mal, el sufrimiento y la muerte son tres conceptos que siempre los asociamos entre si. Y es muy difícil comprender y aceptar porqué ocurren, muy a menudo y al mismo tiempo.

Pero muy al principio de sus desgracias, Job deja para la posteridad esta conocida frase, fruto de una fe firme en la bondad, el amor y la justicia de Dios:

Desnudos vinimos al mundo y desnudos nos iremos también. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿acaso no aceptaremos los males?”

 

PACIENCIA Y RESISTENCIA ANTE LA ADVERSIDAD.

Paciencia (de Job) que, sin embargo, se va resquebrajando como papel mojado, poco a poco, ante la gran cuestión existencial que todo ser humano debe responder antes de morir: “La Vida o el Dios que me creó, ¿tiene algún sentido o propósito para mí y mi existencia? ¿Todo acaba aquí, con la muerte? ¿Hay más vida o más muerte y sufrimiento después de morir en esta vida?”

Sin embargo, Job va resistiendo gracias a su creencia inquebrantable en un Dios justo y bueno, aunque se queja de no entender el significado de sus penas y desgracias.

Finalmente, tras un largo periodo de espera y sufrimiento, cuando por fin habla Dios, le deja claro quién es Él y quiénes son los que discuten con Él.

Y ante la presencia de la Majestad e Inmensidad de Dios, toda duda y sin sentido, motivadas por el sufrimiento, desaparecen. Y Job termina por acatar, hasta lo más profundo de su ser, su finitud, su pequeñez y su NO derecho a pedir siquiera explicaciones al “Alfarero Supremo” de todo lo existente.

Esta explicación exegética del libro de Job, sucinta pero correcta, nos aproxima a uno de los conceptos clave que se articula entre la “resiliencia” y la “frustración existencial”, participando intrínsecamente de las dinámicas fenomenológicas psicológicas de su interrelación mutua: el sufrimiento.

 

EL SUFRIMIENTO.

El sufrimiento es la experiencia humana que de forma más clara y evidente se opone al bienestar y la felicidad del hombre, como objetivo natural y esencial de la existencia.

El sufrimiento, al fin y al cabo, nos demuestra en toda su crudeza que NO existe (al menos en la existencia terrenal) un bienestar eterno y continuo, y que la felicidad es más bien efímera y temporal.

El sufrimiento también suele ser un preludio habitual de la muerte física, pero también de experiencias de “muerte óntica”, que la preceden y acompañan a menudo, de una u otra forma.

El sufrimiento es conceptualizado y experimentado como un mal en sí mismo y siempre nos dice algo acerca de nuestra propia existencia.

Porque el hombre, como hemos dicho, siempre necesita un significado de la propia experiencia vital. Y aunque muchos renuncian a ello por desidia, incapacidad o hartazgo, siempre nos interrogamos “¿porqué a mí?”.

Unos interpretan el sufrimiento como preludio de algo bueno; otros en cambio, la mayoría, como el preámbulo y el “amigo íntimo” de lo malo.

En cualquier caso, el sufrimiento es una experiencia “humanamente” rechazable, antagónica del bienestar y extraña a la aspiración natural, sana y normal, según la mayoría. Aunque sus consecuencias benignas o positivas no se puedan observar o aplaudir…a corto, medio y largo plazo.

Pero al mismo tiempo, el sufrimiento es “estímulo” de una “respuesta” resiliente, y si entendemos que la frustración existencial es un tipo de sufrimiento que supone, entre otros síntomas, también un dolor moral (psicológico) y emocional (anímico), se comprende mejor la interrelación que tratamos de explicar.

Podemos decir que el sufrimiento, que se da en la experiencia de un sin sentido vital existencial, es, en última instancia, objeto y sujeto de ambos constructos; la frustración existencial y la resiliencia.

Pues, aún cuando una misma experiencia de dolor en un individuo cualquiera (p.ej. la pérdida de un ser querido), vivida sucesivamente en etapas diferentes de la vida del sujeto, pueda provocar distintas respuestas, esa persona siempre recurre a los referentes previos de sus “experiencias de sufrimiento” para evaluar la adopción (o no) de distintos (o similares) grados de resiliencia ante la frustración recurrente, que se experimenta como tal a partir de esas experiencias de sufrimiento.

Pero ¿qué hace que se tomen diferentes respuestas resilientes ante una misma o recurrentes situaciones de sufrimiento? ¿Las características internas de la persona? ¿Las condiciones de la situación? ¿Algún factor de relación específico?

A mi entender, el factor clave modulador es la “voluntad” del individuo, cuyo concepto y naturaleza podemos definir como la aptitud del alma que la capacita para decidir libremente una acción intencional (consciente), una conducta, idea o emoción específica, previamente estimulada, motivada o deseada, en el interior del hombre. Haya sido razonada o no de forma consciente por el mismo sujeto o individuo.

 

LA VOLUNTAD

En el ejercicio de su libertad, el hombre decide, de manera más o menos consciente, actuar para conseguir -o alejar- el objeto de sus deseos.

Pues la voluntad es sencillamente esa facultad humana que nos capacita para gobernar nuestros actos (propios y a veces también ajenos), decidiendo -en libertad- la opción de una conducta o un acto concreto, ayudándonos del pensamiento (o razonamiento) y de la consciencia.

La voluntad siempre se ha asociado a una fuerza o energía personal que impulsa, en una dirección concreta, a actuar lo decidido o a resistir lo que se niega. Es afirmación de algo, de una idea o deseo, llevada a la acción. O a su negación.

Para entender en su significado pleno cual es el sentido de la auténtica realidad del sufrimiento y del mal en la existencia particular y general del ser humano, acudimos de nuevo a San Pablo, uno de los sabios adalides de la Historia humana que más influencia ha tenido en la literatura y filosofía de los últimos siglos.

La voluntad siempre ha sido asociada a la libertad de poder actuar esa misma voluntad. Y es por esto que los cristianos decimos diariamente “hágase tu Voluntad”; porque tenemos la experiencia de que somos esclavos del pecado y no somos verdaderamente libres.

Es decir, no tenemos PODER sobre el pecado (el mal, el sufrimiento y la muerte) que nos esclaviza. Pues, como nos recuerda San Pablo, “hacemos el mal que no queremos, y deseamos hacer el bien que no podemos hacer”.

Pues para poder ser libres y tener capacidad de actuar con verdadera libertad, Jesús nos recuerda que: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, Juan 8, 31-42.

Todo esto quiere decir lo siguiente: nuestra voluntad está limitada, no es libre completamente. Deseamos actuar de una manera determinada, hacer el bien, por ejemplo, pero nos encontramos a menudo obrando el mal, contra nuestra propia voluntad y conciencia. Y muchas veces, simplemente enfermamos o sufrimos el mal propio o ajeno sin poder remediarlo.

Y como no tenemos salida (es decir, poder y capacidad) de solucionar esta disyuntiva existencial esencial, obramos con mentira, nos engañamos a nosotros mismos y a los demás, nos justificamos con miles de razones y vivimos como hipócritas “inocentes”, con tal de huir de estos Dragones (el mal, el sufrimiento y la enfermedad).

 

SÍNTESIS

Toda la Naturaleza, y también en particular la naturaleza humana, se rige por unas leyes físicas que permiten la permanencia, el crecimiento y la renovación de todas las acciones y sustancias que se dan en el seno de ésta.

La muerte, la aniquilación y desaparición de toda la materia que compone la Naturaleza, es en sí misma también una ley que, sin embargo, también en términos científicos no es absoluta, pues ninguna materia muere o desaparece, sino que se transforma. El agua en lluvia o vapor. La semilla en flor o árbol. Un gusano en mariposa. El hombre en tierra y polvo, y quizás en algo más, etc.

El tiempo y el espacio que contienen a la materia, ayudan a decidir el cuándo y el dónde nacerán y morirán las cosas. Pero son las leyes de la misma Naturaleza las que dictaminan el porqué y el cómo del nacimiento y la muerte.

Muerte, nacimiento y renacimiento (o resurrección) son parte de los ciclos que se repiten como patrones ineludibles que la propia Naturaleza exige repetir durante un tiempo determinado.

Y en medio de estos procesos básicos, elementales y superiores a la voluntad humana, aparece el sufrimiento como parte específica del acontecer y la naturaleza animal, también humana, que la siente y experimenta en tantas ocasiones.

Así pues, el mal, la muerte y el sufrimiento son los “enemigos aparentemente” acérrimos experimentados en la mente y el cuerpo del ser humano.

Y la frustración existencial, como hemos comprendido, es un tipo y variedad de mal, muerte óntica, acompañada de cierto sufrimiento.

En nuestra tesis doctoral de investigación sobre resiliencia, burnout y frustración existencial, de la cual partimos para escribir este ensayo, encontrábamos resultados concluyentes, similares a otros estudios e investigaciones, que indicaban que las personas con un alto grado de resiliencia no mostraban sentimientos o ideas de frustración existencial.

Y que dicha resiliencia promovía un menor sufrimiento, observado de manera evidente en el área clínica del burnout.

Allí definíamos que la resiliencia, como supuesta capacidad humana innata, se podía describir a modo de estructura dinámica interna de adaptación psicológica al entorno social y personal, susceptible de ser desarrollada a lo largo de la vida, mediante el aprendizaje y el crecimiento natural de los individuos.

Vislumbrándose que dicha resiliencia podría constituirse en un factor profiláctico y sanador de traumas y experiencias hostiles y estresantes, que muy a menudo suelen ocurrir en el devenir natural de la experiencia humana mediante el sufrimiento ocasional que conllevan algunas fases vitales y concretas, las cuales pueden predisponer a padecer una frustración existencial crónica.

Ahora bien, señalar y confirmar mediante instrumentos científicos que tales afirmaciones pueden ser verdaderas, no “demuestra” nada distinto a lo que el mismo “sentido común” reconoce.

Pues el lector que también, seguramente en su vida personal, ha pasado por periodos de duro sufrimiento, en algún momento también quizás pensó “en tirar la toalla en medio de la batalla”.

Pero cuando decidió no hacerlo, probablemente lo hizo porque en su interior “supo o pudo encontrar fuerzas” que le ayudaron a tomar la decisión de sobreponerse al mal.

Y también en otros muchos casos, cuando vemos en el prójimo un sufrimiento que es soportado con “estoicismo” o con una fe o creencia inquebrantable en la victoria final sobre el mal que padece, ello nos enseña a adoptar las mismas actitudes resilientes observadas, tratando de aplicarlas en la propia vida.

Ahora bien, si tuviéramos que enseñar a todos los seres humanos únicamente un símbolo, que permitiera recordar que se puede resistir al mal, el sufrimiento y a la muerte, y además hasta el extremo, sin perder la fe y la esperanza en la recuperación de la vida y la salud ¿cuál sería éste?

A mi no me cabe duda; la Cruz de Jesucristo.

El Hijo Único, el Primogénito de los hombres, el ejemplo de auténtico y verdadero ser humano, conforme a la Voluntad original del Creador.

Porque ¿qué otra cosa significa –de manera perpetua– el símbolo de la cruz y el hombre herido que cuelga de ella, muerto o a punto de morir?

Entre los muchos significados que la misma Iglesia expresa a través de los siglos, es la prueba del Amor más incondicional que Dios ha dado a todos los hombres y mujeres del mundo creados por Él mismo, que nos recuerda algo parecido a lo siguiente:

Si, también yo he sufrido como tú, y aún más que tú. Y lo he hecho de manera voluntaria para que creas firmemente que Dios, tu creador, te quiere.

Por eso te cree, por puro amor y para una vida más plena que la que ahora vives; una Vida Eterna en la felicidad perpetua. Y Mi muerte en cruz, no es el fracaso de mi mensaje, sino la demostración de mi Amor incondicional por ti: asumo tu dolor como propio y mi Resurrección es la prueba de mi perdón, reconciliación y restitución al Paraíso perdido.”

Quien cree en Él, no solo resistirá por la propia fuerza de voluntad humana y su capacidad de resiliencia. Pues, al fin y al cabo, se requiere de la ayuda de una Fuerza, un Poder y un Conocimiento mayor que el simplemente humano.

Pero para acceder a esta ayuda y hacerla comprensible al conocimiento, se requiere un nuevo paradigma que haga posible una nueva Psicología con lo mejor de los presupuestos filosóficos que la fundaron y los hallazgos actuales.

Una de las propuestas claves de este ensayo, señala que la adhesión a la verdad o falsedad de todo lo que existe y es objeto de la razón humana (la percepción, la conciencia, etc.), se da únicamente en los actos de creencia y fe.

Fenómenos o actos psicológicos básicos y universales que identificando a los objetos, ideas o hechos (p. ej.), que se presentan ante la razón y la experiencia humana, los fija como propios y alimentan, construyen y constatan una evidencia subjetiva de una realidad concreta que es asumida como tal realidad (falsa o verdadera

Actos de fe que únicamente se producen en el self (ego, sí mismo, etc.) o alma humana, como es de justicia señalar correctamente. Porque sólo el espíritu, lo espiritual, puede conocer y dar testimonio de verdad o mentira. Y por lo tanto es el alma la que decide (en verdad o falsedad) adherirse a unas determinadas creencias o rechazarlas.

Sin entrar ahora en detalles explicativos complejos, este axioma teórico propone que solamente se puede saber si una evidencia de la realidad (un objeto, una idea, un fenómeno, etc.) es verdadera o falsa, únicamente (repetimos) a partir del espíritu del observador, y no por la razón y/o la percepción exclusivamente.

Asumiendo, por el propio concepto de espíritu, que el alma es un tipo de entidad fundamental superior que habita en todo ser humano -de manera única, original, independiente, básica y unificadora de todo el cuerpo y sus funciones – y que puede (aunque suele) manifestarse modulando las emociones, las ideas, las creencias, los valores, las actitudes, las pasiones, y en general toda la conducta y el pensamiento humano.

Con este axioma en mente, se puede entender, a modo de ejemplo, lo que dice San Pablo en su Carta a los Romanos:

Si (el espíritu de) Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto (padece males, enferma, sufre y muere) por el pecado, pero el espíritu (el alma) vive por la justificación obtenida (si se cree en Él y su mensaje). Si el Espíritu (Santo) que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.”

Es pues, la Sabiduría de la Cruz que la Iglesia enseña, procedente de su Maestro Jesús, la que nos señala el camino de la aceptación y conformidad con todo lo que nos sucede en la vida, especialmente con las circunstancias más duras y difíciles de sufrimiento y dolor, tal y como Él mismo nos enseño.

Pero hacer y vivir esta sabiduría sólo es posible desde una confíanza (creencia primero y después Fé, o viceversa si se da primero el don) en el amor de Dios hacia uno mismo, tal y cómo en Jesucristo Dios Padre nos demuestra con sus hechos el Amor a toda la Humanidad. A través primero de la revelación y la historia del pueblo de Israel y finalmente, como Palabra definitiva, con la vida y las obras de Jesúcristo.

Sabiduría que no es excluyente ni exclusiva de los intelectuales. Es una sabiduría que puede comprender cualquiera, tanto el incapacitado como el inteligente, el humilde o el soberbio. No se requiere más que un alma bien dispuesta a aceptar este Amor del Creador, que de alguna manera está implícita como parte esencial e indeleble en la naturaleza espiritual del alma, que ésta debe aprender a reconocer a lo largo de su vida natural.

Porque mi propuesta, que no es única ni original, supone que detrás de cualquier trastorno mental subyace una enfermedad del cuerpo, del alma o de ambas. Y solamente el Espíritu de la Verdad que conoce a su criatura (en cuerpo y alma), puede sanar el alma y la persona humana.

Porque también el objetivo de la Psicología científica consiste en tratar de sanar y ayudar a curar o prevenir la enfermedad mental y las conductas anómalas, contrastando y constatando el verdadero funcionamiento de la realidad  separándola de una falsa o simple subjetividad. Pero en su caso mediante la experiencia y el método científico.

Así pues, creo que la Psicología debería poder retomar algunas herramientas tan “antiguas” y útiles como el discernimiento, la reflexión, la fe y el testimonio de personas, y desarrollar nuevas perspectivas teóricas, prácticas y metodológicas.

No pretendo una Psicología Espiritual o espiritualista, basada en la sola Fe o las creencias personales. Ni una Psicología Cristiana. No.

Hablamos de una Psicología capaz de demostrar con bases teóricas, científicas y prácticas -refrendadas por la evidencia y las verdades de la antropología cristiana y científica-, que se puede construir, reconstruir o simplemente acompañar sanamente a las personas en su sufrimiento y la “muerte óntica” que a menudo sufre a través de crisis que la preceden o acompañan, como la depresión, la angustia o el temor.

Y ello a partir del proyecto original que Dios siempre ha tenido para su criatura humana, cuya figura y modelo esencial es Jesucristo. Válido para todo el género humano.

Para este primer punto del paradigma también sirve de ejemplo una de las creencias más comunes y reivindicadas en nuestra sociedad occidental; la creencia -profundamente arraigada en su interior- de que la vida del individuo, su vida, es suya, le pertenece y es de su única propiedad.

Que con su cuerpo y todos los dones que le son dados por naturaleza, puede hacer lo que quiere, siendo la “libertad natural” de hacer lo que le da la gana uno de esos dones. Y ciertamente, hasta ciertos límites, hace lo que quiere.

En otras culturas y épocas, algunos sabios orientales ya señalaban que esta creencia ciega del ego era la típica y primaria ilusión en la que vive habitualmente la consciencia humana.

Pero en la Verdad, debemos reconocer que todas las vidas son del Creador, porque nadie es capaz de darse la vida a sí mismo. Siempre es dada. Tiene un nacimiento (creación) y un final (muerte) que no dependen del mismo sujeto (excepto el suicidio, y aún así esto también es discutible).

Como proclama un Profeta acerca de las propiedades que el Creador dice de sí mismo:

Todas las vidas son mías”;

“El Cielo es mi Trono y la Tierra es el estrado de mis pies”;

“Todo es mío, todo esto lo hicieron mis manos”.

Así pues, ¿a quién creer? ¿A quién adherirnos en nuestra búsqueda de la verdad de todas las cosas? ¿A la Ciencia como Absoluto humano adorado (idolatrado) gracias a la Tecnología que tantas cosas materiales nos da? Y ¿que desmenuza la naturaleza física de las cosas en busca de esa Verdad Última que nunca encontrará debido precisamente al mismo método que utiliza en su búsqueda?

O ¿a Dios, que estando más allá de los límites racionales que pueda conocer el ser humano limitado, sin embargo se ha acercado a su criatura, la cuida, la alimenta y le enseña cómo debe vivir?

Si nos circunscribimos a medir las propiedades del alma o la psique humana únicamente con instrumentos científicos, tal y como se hace hoy en día en la investigación psicológica más elemental y “vanguardista”, nunca encontraremos la verdad completa.

Tendremos verdades parciales, mentiras parciales, teorías inconclusas y variadas, multiplicadas por mil. Muchas de ellas compatibles, pero también irreconciliables en sus principios.

Ahora bien, si nos adherimos mediante la fe a las creencias que han posibilitado, por la verdad de su credo, el actual desarrollo cultural, social y científico de nuestra sociedad, ya no solo la occidental sino la universal, deberemos reconocer que las verdades reveladas por el mismo Creador son reales y necesarias para reconstruir un conocimiento auténtico y completo en Psicología.

Solo entonces, desde estos presupuestos, podremos caminar en la buena dirección y construir una Psicología “sabia”, asentada en la realidad, no únicamente científica, de la naturaleza humana.

La Ciencia, el conocimiento científico siempre se acerca a la Verdad, porque así lo pretende. Pero la Verdad, como dice de sí misma en el libro de la Sabiduría (1, 1-15), huye de quien pretende encerrarla y observarla (más de lo debido).

________

Si.

Definitivamente, el sufrimiento se percibe claramente como algo consustancial a la misma Existencia. Y la evidencia de su dolor como algo malo y rechazable, es incuestionable.

Pero el paso que todo hombre debe dar para superar cualquier obstáculo que se presenta en la vida es superar este miedo al mal, el dolor y la muerte.

Esto ya lo vemos cuando somos niños y luego así lo enseñamos a nuestros hijos; ayudando a superar los pequeños dolores y sufrimientos de la vida infantil y juvenil, sabiendo que más tarde serán aún más fuertes y sanos tras un paso, a veces ineludible, por el sufrimiento.

Solamente así, se puede dejar la esclavitud de permanecer en el dolor, el mal, la muerte o la frustración.

Como dice San Pablo, debido al mismo miedo que tenemos al mal, el sufrimiento y la muerte, somos esclavos de ellos, capaces de cualquier cosa con tal de esquivarlos.

En definitiva, solo podremos matar estos “dragones” cuando entendamos el porqué de nuestros miedos y aprendamos con fe y confianza a enfrentarnos al mal, al dolor y la muerte, con el valor, la seguridad y la esperanza inquebrantable en la victoria final de la Vida sobre la Muerte. Como Job. Como Jesús.

Estos enemigos del hombre, los Dragones del Mal, el Sufrimiento y la Muerte, solo pueden ser vencidos a la luz de una Psicología que tenga en cuenta la naturaleza humana de criatura y a su Creador: El Único capaz de matar  y dar poder de matar a estos Dragones.

Hemos aprendido a superar muchos males, miedos y enfermedades gracias a la Ciencia y la tecnología aplicada que se deriva de ella. Pero no hemos avanzado en el conocimiento inmaterial del alma y de la verdadera Psicología y tampoco hemos derrotado ni a la muerte, el sufrimiento y el mal. Por mucho que queramos y “creamos” que lo estamos consiguiendo “gracias” a la Ciencia.

Pues solo una ciencia psicológica que sea capaz de atender al conocimiento extraído de la Sabiduría atesorada a través de siglos de civilización judeo- cristiana puede poner los fundamentos necesarios para la auténtica comprensión de la naturaleza humana, de su psicología y funcionamiento.

Después de tantos siglos de poder económico, moral y social como ha tenido la Iglesia en Occidente, esta Institución está siendo despojada poco a poco de sus prerrogativas materiales y de su poder temporal.

Pero sólo ella sigue atesorando el verdadero Conocimiento y Sabiduría, ocultas muy a menudo bajo mantas de maldad, vanidad o la habitual y mayoritaria ignorancia.

Si no atendemos a la Verdad seguiremos formulando teorías psicológicas acerca del hombre, que ciertamente ayudarán a paliar el dolor, el mal y la enfermedad o a retrasar la muerte. Pero no solamente gracias a esas formulaciones teóricas y las técnicas terapéuticas derivadas, sino debido a la praxis intrínseca de una caridad humana natural que todavía se da entre nosotros, los seres humanos.

Para finalizar este breve ensayo, exponemos aquí las respuestas que da la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Alegría y Esperanza) a los interrogantes que se planteaban al principio de estas páginas:

“Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación, y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que haya de encontrar la salvación.

Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro.

Afirma, además, la Iglesia, que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre.”

Contacto: aireslentos@gmail.com

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