La frustración existencial es un tipo de decepción profunda e intensa, sentida en el “dasein* o existencia del “aquí y ahora” que, como experiencia susceptible de ser vivida por cualquier persona, ejerce una gran influencia en la construcción de la personalidad y el comportamiento adulto y social de los individuos.

La frustración existencial, experimentada de manera consciente o inconsciente, se acompaña de emociones, sentimientos y estados afectivos como la disforia, la tristeza o la depresión; muchas veces de manera larvada, sutil y prolongada en el tiempo. Siendo a menudo consecuencia de múltiples experiencias y circunstancias personales que, además de ser dolientes y negativas, son evaluadas cognitivamente con pesimismo y fatalidad, de manera constante y profunda; arremetiendo persistentemente contra la esperanza de un futuro mejor.

Este tipo de juicios personales sobre la propia existencia, y la Vida en general, siempre acaban en el convencimiento, claro e intenso, de un vacío interior absoluto y sin sentido o significado cognoscible acerca de la existencia, la propia y/o la universal. Un significado cuyo propósito, si es que alguna vez lo tuvo, se percibe como contradictorio, inútil y, en definitiva, incomprensible para quien la padece.

En el lado positivo y opuesto a la frustración existencial y los juicios sin sentido sobre la Existencia y la Realidad, la resiliencia es la función psicológica – a la vez innata y aprendida – que tiene como  fin preservarnos  de  esa  tristeza, desánimo e ideas negativas que acompañan a la frustración, cuando ésta ya se ha “instalado” en nuestro “aparato psíquico” y se presagia su larga duración en el interior.

Por otro lado, los sentimientos depresivos, que se perciben al mismo tiempo que las ideas pesimistas y siniestras en el “espacio” cognitivo del sujeto, también pueden llegar a ser muy perjudiciales.

Y los niveles de angustia que se pueden alcanzar en los distintos grados que tiene la frustración existencial, una vez vencidas todas las resistencias psicológicas y emocionales que se oponen a ella, suelen derivar en depresiones genuinas que, en no pocas ocasiones, acaban en suicidio o en aberrantes comportamientos autodestructivos, violentos o de depravación personal, precedidos a menudo de diferentes y variables tipos de adicción.

La resistencia ante la adversidad y la resiliencia que la motiva surge normalmente de manera espontánea, como contrapeso estimulado a su vez por una voluntad innata de supervivencia y la búsqueda del sentido significante de la realidad, que el ser humano –de manera natural- confiere a todo lo que le rodea. Tratando así de contrarrestar, junto a otros mecanismos psicológicos positivos, el abatimiento emocional, las ideas negativas y el vacío existencial.

La resiliencia es, en definitiva, el mecanismo que contribuye de manera decisiva a la formación de una “barrera psicológica defensiva”, esencial para no sucumbir a ese estado psicológico y espiritual, que puede llegar a ser muy oscuro y devastador.

Para mí, la resiliencia procede en última instancia de un acto profundo de “fe inconsciente” en la Vida, de arraigo original, e innata en la naturaleza psicológica humana.

Así pues, las siguientes páginas tratarán de explicar detalladamente desde mi experiencia y punto de vista personal, qué es la frustración existencial y qué es la resiliencia; cómo interrelacionan entre sí y cómo se experimentan interiormente.

Concluyendo que ambos constructos son una parte esencial de fenómenos funcionales internos de la psicología humana, que se articulan y desarrollan a partir de la cosmovisión particular de la existencia que cada individuo tiene. La cual se forma a partir de creencias, actitudes y valores que a lo largo del desarrollo personal asumimos como propios.

Estas reflexiones, que no tratan de convencer ni justificarse mediante el razonamiento erudito o científico, surgen como corolario de mi Tesis doctoral publicada* en el año 2015 y de varios trabajos de investigación previos, realizados a lo largo de los años.

De las conclusiones que asumimos entonces, presento ahora de manera resumida una visión personal, más cerca del conocimiento filosófico y sapiencial que del científico, más riguroso en sus métodos, pero también más limitado en su aproximación a la Verdad, en su acepción metafísica y absoluta.

En la primera parte de esta pequeña obra se exponen dos hipótesis teóricas, las más plausibles según mi punto de vista, que explican la frustración existencial; porqué surge y cómo se desarrolla en nuestro acontecer vital psicológico.

En la segunda parte se exponen algunas de las mejores definiciones sobre la resiliencia, según distintas perspectivas y enfoques paradigmáticos de la literatura científica actual, siendo posible reducir todas ellas a una elemental definición que se detallará en ese capítulo.

Y en la tercera y última parte, expreso mi punto de vista acerca de la resiliencia como don y fortaleza del pequeño espíritu (alma) que habita y anima al hombre. “Aderezado” finalmente con breves reflexiones acerca del sufrimiento, el sentido de la vida, la voluntad y la muerte, en mayúsculas.

Antes de comenzar, propongo al lector “saborear” la siguiente reflexión personal escrita por Santiago Riesco McClure**, y publicada en la Revista Médica Hondureña de 1999 (Vol 6 [1]), algunos meses antes de morir, debido a una enfermedad terminal. En ella se puede “gustar” bajo distintos matices, intelectual y emocionalmente, algunos de los constructos principales objeto de esta obra.

Dice así:

“Cuando me despedía del país de las gentes laboriosas e inteligentes, de los seres amables y respetuosos, sentía que aquella vida universitaria de trabajo fascinante, ordenado y confortable, de seminarios, reuniones clínicas, conversaciones interesantes, magnas asambleas médicas, y otras menos populosas, pero más selectas y científicas;

Sentía que esa vida de agradables veladas en casa de los amigos, de vacaciones en los bosques que bordean los grandes lagos, de viajes entre los países, de conciertos, teatros y museos;

Sentía que toda aquella vida que mantenía alerta mi mente, a medida que el barco se alejaba, iba esfumándose en un pasado aparentemente lejano.

Así también aconteció cuando fui notificado de que mi mundo de la medicina, de las montañas, las playas, los mares, ciudades, hombres, mujeres y niños, del que tanto disfruté, había terminado para siempre.

Sentí que yo ya no era yo, sino un recuerdo. No tenía otra alternativa que recluirme en mi “Santuario de los Zorzales”. Allí viviría rodeado del cariño y cuidado de aquellos seres que por diferentes circunstancias compartieron conmigo parte del camino.

Allí viviría en la contemplación de los atardeceres, las noches de luna y del cambio de las estaciones; leyendo, escuchando música, repasando el archivo de los recuerdos, ordenando mis pensamientos y trabajando hasta el final.

Allí esperaría apaciblemente el día en que el cuerpo quedara quieto e inmóvil, “como la piedra en el fondo”. Entonces, se abriría la jaula, y el espíritu volaría a confundirse en la belleza del universo.

Si, después de vagar un tiempo sobre las playas de todos los mares, en los bosques, lagos, por todas las flores de la tierra, por las montañas, nubes y estrellas, mi espíritu hubiese de retornar a la forma humana, sabría algo más que cuando estuve la vez anterior.

Sabría que tanto el hombre como la mujer deben de aplicarse al trabajo y al estudio durante toda la vida, porque son las fuentes de la auténtica satisfacción y bienestar.

Sabría que es necesario disciplinar una voluntad firme, porque ella nos hace dueños de nuestros actos.

Sabría que uno debe hablar poco, muy poco, porque nuestras palabras son bien o mal interpretadas, según la intención de quien las escucha. Pues la locuacidad inhibe el pensamiento y la observación, además de restarle eficiencia al trabajo.

Sabría que debemos llevar una vida sencilla, humilde y obediente, lejos de la riqueza, del lujo, del poder y la fama, porque ellos engendran envidia, celos, rencores y sentimientos de venganza.

Sabría que cuando hay que tomar una determinación, no debemos vacilar en elegir la que no halague nuestra vanidad.

Sabría que hay que cultivar la paciencia y el orden, porque ellos emanan de la fuerza creadora, la armonía y la belleza. En cambio, la violencia y el desorden engendran odio, destrucción y muerte.

Sabría que es necesario dominar el miedo imponiéndonos tareas difíciles, porque de lo contrario, viviremos inseguros y angustiados.

Sabría que debemos retirarnos periódicamente a la contemplación y el silencio, porque ellos nos devuelven la paz del espíritu.

Sabría que el hombre no debe vivir solo, pero también sabría que la convivencia íntima con la mujer requiere de la comunión espiritual, a la vez que, de la plena armonía sexual, porque la una sin la otra es insuficiente. El matrimonio no une, es la unión la que hace el matrimonio.

Sabría que la suprema virtud es la de amar, ayudar, cuidar y educar a la criatura humana, porque participa perpleja en el drama de la vida y la muerte sin saber por qué, ni para qué.

Sabría que no habría inadvertido la sublime belleza del escenario del drama de la creación.”

Santiago Riesco McClure **

 

 

 

* Dasein es una palabra alemana que, proveniente de la concepción hermenéutica de la Realidad que tenía el filósofo alemán M. Heidegger, viene a significar algo así como “la conciencia de la existencia de uno mismo”.

 

** Santiago Riesco fue “un eminente maestro de la Otorrinolaringología suramericana en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX. Chileno de nacimiento, su padre era de ascendencia vasca y su madre de origen escocés. Tenía en su genoma la creatividad española, así como la disciplina inglesa. Profesó su brillante magisterio en Santiago de Chile, pero extendió sus observaciones y sabiduría por todo el continente americano, incluyendo cátedras que por invitación especial brindó en los Estados Unidos de Norteamérica. Ha sido uno de los más sobresalientes oto- neurólogos del mundo. Paradójicamente, contrajo una cruel enfermedad neurológica, la Esclerosis Lateral Amiotrófica, afección que mata lentamente sin que el paciente llegue a perder su lucidez mental. Conocedor de su fin biológico, tuvo largos momentos de meditación en el jardín de su casa, al cual le llamaba poéticamente el “Santuario de los Zorzales”, pues abundaban en él estos pájaros de dulce trinar. Consideró que se estaba muriendo irremediablemente y con una serena resignación escribe a las generaciones por venir una carta, sencilla, pero sublimemente enternecedora, de profundo contenido filosófico y que divinamente invita a la reflexión.

 

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