Confiemos en Él.

En una lectura bíblica del Salterio (libro de Oraciones de la Iglesia) de hoy 19 de julio, un fiel israelita, inspirado por el Espíritu de Dios, proclama a la asamblea reunida que clama al Señor -debido a la guerra que los enemigos han emprendido contra Israel-, lo siguiente: “No os asustéis ni acobardéis ante esa inmensa multitud, porque la batalla no es cosa vuestra, sino de Dios” (2 Cro 20, 15).

 

 

Esta frase, pronunciada hace más de 2.000 años, me ha hecho reflexionar en la multitud de desgracias, males, enfermedades y desviaciones que el Hombre comete contra la Naturaleza.

Desanimado por esta inconmensurable lucha que todos siempre acabamos perdiendo, concluyo invariablemente confirmando que es el pecado -o los defectos, como ahora se denominan a la soberbia, el orgullo, el egoísmo, etc.-  la causa primera, en última instancia, de toda pérdida.

Y también sé que el mal propio es el mal de muchos, o acaso de todos. Y en la convivencia familiar, vecinal o social, en esta lucha diaria por “sobrevivir” ante el “otro” y los “estados de muerte” que frecuentemente sobrevienen por la propia inercia de la acción humana,  no somos capaces de remediarlo.

Al contrario, a menudo nuestras pequeñas y grandes batallas personales nos parecen perdidas de antemano. Y el miedo, la desesperanza, la angustia y la depresión nos atenazan constantemente,  sin siquiera darnos cuenta muchas veces.

Hoy, el Señor me recuerda lo verdaderamente importante para poder vivir y vencer: no tener miedo, no desanimarse nunca. Confiar siempre en Él. Porque la guerra de la Vida y todas sus batallas, personales y globales, no es cosa nuestra, sino de Él.

La lucha contra el Mal es aparentemente eterna, pero no es verdad. El Mal ya ha sido vencido, aunque siga creciendo y realizándose en la Historia, hasta el fin del Tiempo dispuesto por Él.

Y en esta batalla tan larga, Dios es el que pelea por nosotros, el que vence y el que nos regala la victoria de manera maravillosa. Sin que nosotros hagamos nada. Solo CONFIAR en Él.

Os emplazo a leer la lección:

En aquellos días, los moabitas, los amonitas y algunos meunitas vinieron contra Josafat en son de guerra. Informaron a éste:

«Una gran multitud procedente de Edom, al otro lado del mar Muerto, se dirige contra ti; ya se encuentran en Pedregal de Palma (la actual Fuentelchivo).»

Josafat, asustado, decidió recurrir al Señor, proclamando un ayuno en todo Judá. Judíos de todas las ciudades se reunieron para pedir consejo al Señor. Josafat se colocó en medio de la asamblea de Judá y Jerusalén, en el templo, delante del atrio nuevo, y exclamó:

«Señor, Dios de nuestros padres. ¿No eres tú el Dios del cielo, el que gobierna los reinos de la tierra, lleno de fuerza y de poder, al que nadie puede resistir? ¿No fuiste tú, Dios nuestro, quien expulsaste a los moradores de esta tierra delante de tu pueblo, Israel, y la entregaste para siempre a la estirpe de tu amigo Abrahán? La habitaron y construyeron en ella un santuario en tu honor, pensando: «Cuando nos ocurra una calamidad, espada, inundación, peste o hambre, nos presentaremos ante ti en este templo, porque en él estás presente, te invocaremos en nuestro peligro y tú nos escucharás y salvarás.»»

Todos los judíos, con sus mujeres e hijos, incluso los chiquillos, permanecían de pie ante el Señor. En medio de la asamblea, un descendiente de Asaf, el levita Yajziel, hijo de Zacarías, hijo de Benayas, hijo de Yeguiel, hijo de Matanías, tuvo una inspiración del Señor y dijo:

«Judíos, habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat, prestad atención. Así dice el Señor: «No os asustéis ni acobardéis ante esa inmensa multitud, porque la batalla no es cosa vuestra, sino de Dios. Mañana bajaréis contra ellos cuando vayan subiendo la cuesta de las Flores; les saldréis al encuentro al final del barranco que hay frente al desierto de Yeruel. No tendréis necesidad de combatir; estad quietos y firmes, contemplando cómo os salva el Señor. Judá y Jerusalén, no os asustéis ni acobardéis. Salid mañana a su encuentro, que el Señor estará con vosotros.»»

Josafat se postró rostro en tierra, y todos los judíos y los habitantes de Jerusalén cayeron ante el Señor para adorarlo. Los levitas corajitas descendientes de Quehat se alzaron para alabar a grandes voces al Señor, Dios de Israel. De madrugada se pusieron en marcha hacia el desierto de Tecua. Cuando salían, Josafat se detuvo y dijo:

«Judíos y habitantes de Jerusalén, escuchadme: confiad en el Señor, vuestro Dios, y subsistiréis; confiad en sus profetas, y venceréis.»

De acuerdo con el pueblo, dispuso que un grupo revestido de ornamentos sagrados marchase en vanguardia, cantando y alabando al Señor con estas palabras:

«Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.»

Apenas comenzaron los cantos de júbilo y de alabanza, el Señor sembró discordias entre los amonitas, los moabitas y los serranos de Seír que venían contra Judá, y se mataron unos a otros. Los amonitas y moabitas decidieron destruir y aniquilar a los de Seír, y, cuando terminaron con ellos, se enzarzaron a muerte unos con otros. Llegó Judá al otero que domina el desierto, dirigió su mirada a la multitud y no vieron más que cadáveres tendidos por el suelo; nadie se había salvado.

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