La hez de España.

Un excelente compendio histórico de cómo se ha ido gestando ese cáncer español denominado «secesionismo catalán».

En el principio fue la avaricia, ese feo pecado que llevó a buena parte de la burguesía catalana a proponer romper amarras con una España que, en su conjunto, no funcionaba económicamente tan bien como Cataluña. En el desastroso 1898, Prat de la Riba propuso a Francia la anexión de Cataluñaya que España había dejado de ser buen negocio para unos industriales catalanes que hasta ese momento se habían forrado con los derechos de aduana de las provincias de ultramar.

Tras la avaricia llegaría la cursilería para argumentar la especial naturaleza histórica, racial, intelectual y espiritual de unos catalanes indogermánicos muy superiores a los españoles semitizados. Lenguas oprimidas, hechos diferenciales, explotaciones económicas, invasiones extranjeras y demás excusas para apuntalar sus patrañas con gimoteos. Y así llevamos un siglo.

A continuación llegaron los primeros pasos en la construcción del régimen totalitario irrenunciable para el catalanismo. Porque junto a la creación de estructuras de Estado paralelas a las españolas, la otra columna fundamental del catalanismo ha sido siempre el lavado de cerebro de los catalanes para hacerles odiar a España.

En 1934, aprovechando la sangrienta revolución socialista, Companys y los suyos se apuntaron a pescar en río revuelto dando un golpe de Estado en Barcelona. Al general Batet le bastaron unos cuantos disparos de fogueo para que los aguerridos golpistas, con el homérico Capitán Cojones a la cabeza, corrieran como liebres por las alcantarillas. Companys dio con sus huesos en la cárcel hasta que le amnistió el gobierno frentepopulista salido de las fraudulentas elecciones de febrero de 1936.

Fue Companys un tipo ridículo, histriónico, tronado, cuyos grandes gestos, alaridos sentimentales, terribles aspavientos de bondad y abyectos estados de deshilachamiento sensorial describiera su paisano Josep Pla. Pero su desquiciamiento no le impidió ser un frío asesino tanto en el ámbito privado como en el público una vez estallada la tragedia de 1936.

Fue Companys un tipo ridículo, histriónico, tronado, con grandes gestos y alaridos sentimentales que describió Josep Pla.

En 1976 le llegó el turno a la hipocresía. Porque Pujol y los suyos reclamaron al Estado el multilingüismo mientras comenzaban a imponer en Cataluña el monolingüismo; defendieron la cooficialidad del catalán basándose en el derecho de los niños catalanohablantes a educarse en su lengua materna mientras comenzaban a vulnerar ese derecho de los niños castellanohablantes; y engañaron a casi todos presentándose como la sensata barrera autonomista frente a la explícitamente separatista ERC. Pero los que estaban en el secreto tenían muy claro que «Avui paciéncia, demà independència».

Porque inmediatamente pusieron manos a la obra para construir el régimen totalitario minuciosamente descrito en el Programa 2000 de Pujol, del que los sucesivos gobiernos no se enteraron a pesar de que hasta se publicó en la prensa en octubre de 1990. Medios de comunicación bajo disciplina soviética, ahogamiento lingüístico, acallamiento de los opositores, ostracismo de los malos catalanes, policía política y, quizá lo más odioso de todo, adoctrinamiento de los niños. Porque nunca se podrá recordar lo suficiente que los totalitarios catalanistas llevan cuarenta años abusando de la inocencia infantil para conseguir unos objetivos políticos a los que, encima, tienen la desvergüenza de considerar democráticos.

Y así consiguieron llegar al escalón final, el golpe de Estado de septiembre-octubre de 2017, cuyos rescoldos siguen encendidos y cuyo humo tardará décadas en disiparse. Y, siguiendo su tradición, cobardía por encima de todo: azuzan a las masas mientras ellos sonríen desde sus despachos; proclaman la independencia pero sólo durante ocho segundos; prenden la revuelta y, amparados por la multitud, salen corriendo para que no les pillen; predican la revolución y se refugian en Suiza, Bélgica y otros países de parecido bolchevismo; incumplen leyes y sentencias, convocan una votación ilegal, agreden a los policías y ponen cámaras para que a los ojos de los desinformados extranjeros parezca que es una dictatorial España la que agrede a unos democráticos catalanes; utilizan a niños y ancianos como escudos humanos; y mil vilezas más.

Y ahora, la inconmensurable cobardía de reclamar que lo que ellos llaman el procés ha sido movido desde abajo hacia arriba. Como si no hubieran sembrado Cataluña de odio durante cuarenta años. Como si no lo hubieran diseñado todo al milímetro. Como si el supremo cobarde de Puigdemont no hubiese declarado que su intención era que el 1 de octubre hubiese mucha violencia para poder declarar la independencia ese mismo día. Usaron a los ciudadanos de carne de cañón, con riesgo de que hubiera habido derramamiento de sangre. Y luego dicen que quienes lo promovieron fueron los propios ciudadanos y que ellos se vieron arrastrados en contra de su pacífica voluntad. Los delincuentes, escondidos detrás de las masas a las que envenenaron.

Con esto llegamos al colmo de la coherencia, de la responsabilidad, de la valentía, del honor: los rugidos de león convertidos en balidos de oveja ante el Tribunal Supremo. No ha habido ni un solo hombre digno entre ellos, ni uno solo que dijera: «Sí, di un golpe de Estado. Claro que lo di. Lo hice por mi patria y estoy orgulloso de ello. Métanme en la cárcel y déjenme en paz».

Y como guinda del pastel, la payasada de los juramentos en el Congreso, payasada permitida por los incalificables gobernantes socialistas de ese cadáver en avanzado estado de descomposición que se llamó España.

© Libertad Digital

 

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