Los Chalecos Amarillos.

Israel Shamir

Los franceses son los mejores. Sus hombres no engordan[1]. Sus mujeres no pasan la noche solas[2]. Sus niños son bien portados[3]. Tienen la mejor arquitectura, el mejor estilo de vida, el mejor pan, el mejor vino, el mejor aceite de oliva, la mejor cocina, algunos de los mejores escritores, películas, pinturas, poesía, perfumes y las más bellas mujeres. También destacan en el plano de las revoluciones. Cada una de sus revoluciones es como un durazno: perfecto, redondo y jugoso. Inauguran una nueva era de la humanidad.

 

Cada vez que pienso en una revolución francesa me siento joven, porque me acuerdo de la última, la de mayo de 1968, la bella revolución del “Prohibido prohibir”[4], la que abrió paso al breve paraíso de lo permisible. Lo crean o no, se podía coquetear libremente con el sexo opuesto, fumar en los bares y cafés, tomar unos tragos y conducir acto seguido. Podíamos rentar una habitación por un bajo precio y viajar por Europa con tan sólo 5 dólares al día. No había obreros desempleados, había trabajo para todos, no existían los contratos de un año, estacionar el coche no costaba nada y la gasolina era barata. Las cosas sí que iban viento en popa, todo era “Summertime”[5].

Hasta entonces, el mundo había sido duro, frío y rígido; más o menos como es ahora, con más prohibiciones que autorizaciones. Ya medio siglo ha pasado desde entonces, el mundo está lo suficientemente maduro para una nueva revolución francesa y ésta ha llegado con la sublevación de los chalecos amarillos. Y como se acerca la Navidad, se trata de un  verdadero regalo para todos nosotros.

Los franceses acaban de decir Non a la prosperidad para los ricos y la austeridad para el resto, al desmantelamiento del Estado de bienestar, a las privatizaciones, a las guerras en el extranjero, a la inmigración masiva, es decir, a todas estas plagas que han arrasado el Occidente civilizado y avanzado en los últimos treinta años.

La revuelta no ha llegado a su fin. No nos desmotivemos por unos cuantos reveses. Los levantamientos populares son como las fogatas, se desparraman inesperadamente y de forma desigual. Estallan, unos días después parecen apagados y de repente se reavivan: éste es el caso del levantamiento de los chalecos amarillos. Es imposible predecir lo que pasará después. Aunque las represiones, los arrestos masivos, la propaganda y los autos blindados ayuden al régimen de Macron a resistir un poco más, la alarma ya se ha activado: el plan de los banqueros, el de seguir apretando nuestros cinturones ensanchando sus bolsillos, se acerca a su fin. Después de todo, el desmantelamiento final del viejo orden feudal se concretó muchos años después del brillante ejemplo de la revolución de 1789.

Es París la que impone moda: sus rebeliones, poco frecuentes, definen el futuro de la humanidad. En 1789, los parisinos insurrectos enterraron el viejo régimen y proclamaron la llegada de la democracia, la libertad, la igualdad y la fraternidad. En 1848, los mismos desencadenaron la ‘Primavera de las naciones’, la gran revolución paneuropea. En 1871, la Comuna de París re volvió la precursora de todas las revoluciones socialistas. Las dos guerras mundiales, el baño de sangre de la batalla de Verdun y la ocupación nazi habían mantenido al pueblo francés en situación de sobrevivencia, y la siguiente revolución no se produjo hasta 1968. Y ahora, en 2018, los parisinos exigen poner punto final al radical proyecto neoliberal de esclavización de la humanidad.

Los sospechosos de siempre ya se precipitaron a acusar al presidente ruso, Vladimir Putin, de fomentar las revueltas de París. Pero cacharon a la BBC in fraganti: habían pedido a su corresponsal en París encontrar alguna conexión rusa, algún hombre de negocios ruso o cualquier otra cosa rusa para culpar a los rusos de los acontecimientos y deslegitimarlos. Esta correspondencia fue filtrada y el ministerio de asuntos exteriores de Rusia presentó una demanda judicial al respecto[6].

Me sentiría contento y orgulloso si tales acusaciones tuvieran el más mínimo fundamento. Desafortunadamente, no es el caso. Los rusos nunca apoyaron ninguna revolución francesa, desde 1789 hasta 1968. En la actualidad, por cuestión de principio, Moscú no interviene en los asuntos internos de otros Estados. Rusia todavía no ha condenado la represión brutal del movimiento ni los arrestos de colegiales[7], como ya lo han hecho Pekín y Teherán.

Las redes sociales y las instituciones públicas rusas tienen sus sospechas sobre los levantamientos en París. Después del trauma del Maidan de Kiev en 2014, los rusos padecen de paranoia conspiracionista, y ven manipulaciones del Departamento de Estado americano por doquier. En los medios de comunicación rusos, los acontecimientos en París suelen ser descritos como ‘pogromos’; el Canal Uno ha puesto énfasis en mostrar sus simpatías a un agente inmobiliario francés, de origen judío, cuya oficina fue destruida. La magnífica cadena de televisión RT da una gran cobertura de los acontecimientos en Francia, pero RT no se transmite en ruso ni en Rusia.

Alexander Dugin, el pensador ruso disidente, ha sugerido[8] astutamente que el enemigo no cree en la injerencia rusa, ni en el caso de las elecciones presidenciales estadounidenses ni en las revueltas de los chalecos amarillos, pero usa a Rusia como indicador de toda fuerza hostil. Dugin identifica al gobierno mundial como el enemigo en la sombra, la fuerza cuyo objetivo es dominar el mundo por detrás y por encima de los gobiernos nacionales. La existencia misma de una fuerza tal ha sido negada hasta el cansancio, pero se acaba de manifestar al liderar la campaña de difamación contra Jeremy Corbyn, el dirigente británico del Partido Laborista. Tal campaña fue orquestada por una entidad secreta, la Integrity Initiative[9]; cuya existencia ha sido revelada por los hackers de Anonymous. Este órgano, presumiblemente dirigido por los servicios secretos británicos, reclutó algunos escritores del Guardian (como Luke Harding[10], entre otros), sospechosos de trabajar para el MI6. Son ellos quienes difamaron a Julian Assange, a mí también, personalmente; pero según las revelaciones filtradas, se suponía que tenían que atacar a Rusia.

Mientras que atacar a Rusia suena legítimo – para eso sirven los servicios de inteligencia –, no lo es el atacar y difamar al líder de la oposición de Su Majestad, Jeremy Corbin. Dugin sostiene que ellos fueron quienes fabricaron el mito de ‘la Rusia de Putin como el enemigo absoluto e incondicional, encarnación del mal mundial en su estado puro’, aunque saben perfectamente que Rusia casi nunca se involucra en asuntos más allá de sus fronteras.

“El gobierno mundial sabe claramente que un serio y poderoso oponente está a punto de surgir, no tanto del exterior (de Rusia o de China), sino del interior. Rusia está presente sólo como una etiqueta, y como la mejor herramienta para desacreditar y demonizar estas tendencias alternativas. Esto se aplica al populismo europeo (tanto de izquierda como de derecha), al gobierno anti-globalista de Italia, a los chalecos amarillos de Francia, a los combatientes contra el capitalismo y la inmigración masiva”, afirma Dugin.

Esta técnica que consiste en designar etiquetas para crear una “culpabilidad por asociación” se ha venido practicando por años. Conforme se desgastan las viejas etiquetas de “nazis” y “antisemitas”, se emplea ahora una nueva contra los chalecos amarillos: la Rusia del mal.

Pero no se preocupe: ¡las viejas etiquetas todavía funcionan! BHL (como los franceses llaman a Bernard-Henri Lévy, el gurú de la TV y voz infalible de los Amos del Discurso[11]), quien apoyó a los rebeldes en Libia, Siria y Kiev, ya ha condenado las revueltas parisinas y ha tachado a los rebeldes de ‘nazis’. Detectó la presencia de partidarios de Marine Le Pen y de Jean-Luc Mélenchon entre los chalecos amarillos, ¡lamentable!

Sin embargo, los franceses no le tuvieron miedo a esta etiqueta: el 75-80% del pueblo francés piensa que los chalecos amarillos tienen la razón (probablemente veamos pronto el surgimiento de un grupo de judíos a favor de los chalecos amarillos, bromea Gilad Atzmon, ya quea estos excelentísimos individuos les gusta meter sus narices en todo, mientras se mantienen separados).

La revolución de 1968 se desbarató porque sus líderes se dejaron comprar. Danny el Rojo (Daniel Cohn-Bendit) había sido uno de los traidores, tal como lo escribí[12] después de conocerlo hace algunos años. El movimiento de los chalecos amarillos no tiene sede, ni partido, ni líderes, y es por eso que el régimen no ha podido sobornar ni intimidar a sus dirigentes, o llegar a un acuerdo con su partido, una técnica perfeccionada por los neoliberales en los últimos 50 años.

Los chalecos amarillos son un movimiento francés, principalmente de las clases medias, de gente que vive en pequeñas ciudades y pueblos. Se trata de la Francia real, no de inmigrantes recientes, y es esta Francia real la que ha sido empujada hacia una precaria inestabilidad, incapaz de satisfacer las necesidades de su pueblo cada fin de mes. Los muy ricos viven demasiado bien: no pagan impuestos (o muy pocos) y el gobierno hace todo por ellos, a expensas de la que una vez fue una sólida y estable clase media. Un movimiento tal de clase media es algo auténtico y verdadero; sus miembros no se dejarán engañar e insistirán en defender sus reivindicaciones.

Después del primer éxito del movimiento, los partidos políticos comenzaron a mostrar interés en el mismo. Marine Le Pen podría ser un apoyo natural a este movimiento del pueblo nativo francés, pero recientemente perdió las elecciones nacionales contra Macron y su partido se ve perjudicado y vulnerable. Aún más grave es el hecho de que Le Pen se ha concentrado en el tema de la inmigración, tema que no es la principal preocupación para los chalecos amarillos. Los chalecos no quieren combatir a los inmigrantes árabes y africanos; su problema es con el gobierno neoliberal, para el cual la migración es uno de sus tantos instrumentos. Ésta es la razón por la que, a pesar de las aseveraciones de BHL, el partido de Le Pen no está en posición de influir en los manifestantes.

Los estadounidenses podrían aprender una lección o dos de todo esto. La inmigración es un buen tema de propaganda, pero es poco probable que traiga grandes cambios sociales. Por supuesto, los chalecos amarillos están en contra de la inmigración masiva y quieren acabar con ella, pero equilibran esta reivindicación con otra: un alto al pillaje del África. Efectivamente, África va de mal en peor porque siempre ha sido explotada por los países desarrollados. La balanza de pagos entre África y Francia favorece a París, y esa es la principal razón de la migración africana hacia Francia. Los africanos sólo siguen su dinero.

De aceptar los populistas norteamericanos una reivindicación similar, tendrían que equilibrar su deseo de construir el muro y su oposición a la inmigración apelando a que las empresas estadounidenses dejen de inflar sus ganancias provenientes de América Latina. Noam Chomsky afirmó[13] correctamente que los centroamericanos no se precipitarían hacia los Estados Unidos si Washington no buscara desestabilizar sus países, sólo por lucro. Honduras, Guatemala y El Salvador: tres países que han estado bajo la dominación cruel de los EUA, son los que proveen la inmensa mayoría de los migrantes que ahora se encuentran en la frontera entre México y los EUA.

Esta lógica es aplicable a Europa y también a los países del Medio Oriente y del norte de África. Si los europeos no hubieran bombardeado Libia y debilitado a Siria, si los EUA no hubieran invadido Irak, no habría refugiados, ni inmigrantes, legales o ilegales. Los chalecos amarillos nos han dado una lección sobre cómo tratar el problema de la inmigración. El beneficio de las invasiones siempre va para los ricos, mientras que las clases medias sufren las consecuencias de la inmigración masiva.

Ron Unz ha sugerido otra rectificación a la agenda del presidente Trump. Trump está realizando un gran esfuerzo por detener la migración ilegal y los refugiados procedentes de América Latina. Trump debería leer a Ron Unz[14], quien demostró, basándose en cifras, que el verdadero problema no es la inmigración ilegal sino el alto número de migrantes legales: “Los niveles de la inmigración legal estadounidense han sido demasiado altos por muchos años, cerca de un millón o más al año, y se deberían reducir substancialmente. La obsesión de Trump por los clandestinos no tiene ningún sentido”[15].

No hay mucha diferencia ente los inmigrantes legales e ilegales, son bastante parecidos, sólo que hay demasiados. La inmigración legal puede detenerse de inmediato, sin necesidad de un muro.

La participación de los inmigrantes en las manifestaciones de los chalecos amarillos ha sido mínima. Sus clases marginales usaron la revuelta para romper las ventanas de las tiendas y saquear, sí, pero no atacaron a la policía. Y por su parte, la policía no combatió a los saqueadores. Aparentemente, el gobierno instigó a los delincuentes y dio instrucciones a la policía de permitirles hacer hasta lo peor, lo que facilitaría a los medios oficiales la tarea de condenar a los chalecos amarillos como vándalos. La prensa dominante se opone firmemente a los chalecos amarillos, y me fue muy difícil encontrar un video neutral o que simpatizara con los manifestantes. Puede ver un video con subtítulos en inglés aquí[16] y constatar usted mismo que los manifestantes son gente como usted.

No me horrorizo ante algunas vidrieras destrozadas. On ne saurait faire d’omelette sans casser des oeufs, no se puede preparar un omelette sin romper huevos, decía un célebre monarquista francés en 1796. El general François de Charette[17], quien despedazaba cabezas, no sólo huevos o ventanas, fue ejecutado cuando lo capturaron, pero tenía razón. No puede haber cambio real sin una dosis de violencia impactante. Si uno se conforma con pararse en una plaza cantando una linda canción, o si marcha por la calle coreando esto o lo otro, no conseguirá nada. El gobierno adora a la gente que canta y marcha por el cambio climático o por la igualdad de los gays. Deberíamos reconocer que la gente hace algo justo cuando la policía los ataca y estos se defienden valientemente.

Los bolcheviques utilizaron el crucero Aurora[18] para hacer valer sus reivindicaciones. Su bombardeo con vistas al palacio real demostró su habilidad y disposición para la violencia; tenían soldados y marineros armados listos para hacerse del control de los centros de poder incluyendo bancos, oficinas de correos y telégrafos, y estaciones de ferrocarril. En esa ocasión, hubo ventanas rotas y gente asaltada; todo esto es desafortunado, pero no puede hacerse un omelette de otro modo.

Durante la Primavera francesa[19], cientos de miles de franceses habían desfilado en las manifestaciones más grandes y pacíficas que París haya conocido jamás. El gobierno las ignoró completamente. La protesta tiene que ser violenta y sostenible para que pueda conducir a algún lado. Sólo después de cuatro fines de semana violentos, Macron se dignó a responder, y ha aceptado algunas de las reivindicaciones de los chalecos amarillos: cien euros extras para los trabajadores mal pagados, ningún impuesto para las primas de fin de año o las horas extras, y ningún aumento en el precio de la gasolina. Era un paso en la dirección correcta. 16 millones de franceses de clase media saborearán los frutos de la benevolencia forzada de Macron; costará 12 mil millones de euros: un buen regalo de Navidad para la clase trabajadora y una prueba de que la violencia funciona.

La derecha nacionalista americana es demasiado respetuosa de la ley para lograr algo. Utilizaron la violencia no institucionalizada contra los negros, pero ya hace mucho tiempo de eso. Coleccionan un montón de armas pero nunca las usan contra blancos pesados. Han perdido su voluntad de pelear. Es probable que ni defiendan a su presidente Trump si lo quitaran del poder. Tienen que unir fuerzas con algunos negros dinámicos que no tienen miedo de desobedecer a la autoridad, pero para eso, tienen que entender que su enemigo es el establishment liberal, y no los negros o los inmigrantes. La extrema derecha francesa se ha concentrado en los inmigrantes por largo tiempo y ha sido incapaz de imponerse y liderar las protestas.

Hasta aquí lo que concierne a la extrema derecha. ¿Y qué pasa con la izquierda? Mélenchon tiene muchos partidarios entre los chalecos amarillos, pero se le percibe como vinculado al partido que cayó en el descrédito cuando Hollande era presidente. Todos los grandes partidos – ya sean nominalmente de izquierda o de derecha, en París, Berlín o Londres – actuaron de la misma forma y llevaron a cabo la misma agenda neoliberal. Por eso es que la gente votó por Macron quien prometía ser diferente, pero resultó no diferenciarse en nada del resto. Sólo existe una agenda, una única dirección: la del Estado neoliberal que arruina a las clases medias. Una nueva fuerza es necesaria, urgentemente.

Alain Soral [20] sería un excelente candidato a liderar esta nueva fuerza. Ya es conocido por los lectores de habla inglesa; es muy popular en Francia, aunque menos conocido que sus principales rivales. Soral apoyó a los chalecos amarillos desde el comienzo. Su sitio web[21] ha publicado un mándala político interesante que explica su posición y la de otros.

Sitúa su movimiento entre el socialismo y el nacionalismo, entre la clase obrera y el tradicionalismo, en oposición a Macron quien está a favor del capitalismo y el globalismo, entre el lucro y la agenda LGBT; mientras que Le Pen prefiere el nacionalismo (como Soral) y el capitalismo (como Macron), y Mélenchon toma un camino más familiar entre el socialismo y el globalismo. En el mándala, Soral representa el norte verdadero, una posición muy simbólica.

En el marco del mándala, podemos distinguir algunos nombres; los banqueros George Soros y Jacques Attali se posicionan detrás de Macron; Cohn-Bendit (a quien se hace alusión más arriba) se encuentra detrás de Mélenchon; Finkelcraut y Zemmour están colocados detrás de Marine Le Pen; y, me siento muy orgulloso de anotarlo, los nombres de tres escritores del sitio Unz Review[22]figuran junto a Alain Soral: Norman Finkelstein, Gilad Atzmon y moi, Israel Shamir. Soral también ha publicado mis libros, y soy muy optimista sobre él. Un hombre que no teme servirse del apodo de “nacional-socialista”, es sin duda un hombre con pelotas; además hay muchos hombres jóvenes negros y del norte de África en su movimiento predominantemente blanco, autóctono y masculino.

Las reivindicaciones de los chalecos amarillos son ya preferibles a todo lo propuesto por los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha. Quieren que los ricos paguen también, no sólo las clases medias. Quieren desmantelar las privatizaciones, especialmente las del sistema ferroviario, que los obreros y empleados despedidos recuperen sus trabajos, que los hospitales recluten médicos, y haya más maestros para las escuelas, que se ponga fin al desmantelamiento del Estado de bienestar. Salir de la Unión Europea, de la OTAN, poner fin a las guerras en el extranjero. Detener la migración masiva y al mismo tiempo parar el saqueo del África ex francesa, porque es precisamente este pillaje el que empuja a los africanos a precipitarse en masa hacia Francia. El abandono de la competencia que otorgue mayores concesiones a las grandes corporaciones y a sus dueños: tasarlos, como consecuencia.

En resumen, los insurgentes exigen revertir las reformas aplicadas en los últimos años por las administraciones anteriores: ya sea la de Sarkozy el derechista, Hollande el izquierdista o Macron el outsider, las tres compitieron por ver cuál haría más por las empresas multinaciones y menos por el pueblo (lo que ellos llaman ‘mejorar la competitividad’). Quieren regresar a la Francia pre-1991. En aquella época, los ricos conservaban todavía vestigios de miedo al comunismo y mantenían cierta consideración hacia los trabajadores, a los que permitieron vivir y prosperar. Los rebeldes también exigen separar los medios de comunicación de las élites, que den voz al pueblo, que escuchen sus deseos: se trata de una reivindicación muy importante.

A juzgar por estas exigencias, Francia está de nuevo guiando al mundo. En las barricadas de París, la distopía neoliberal que pretende crear un Estado para los súper ricos se ha derrumbado. Aunque la insurrección acabe siendo aniquilada, sus reivindicaciones básicas servirán de modelo para nuevos levantamientos y revoluciones hasta la victoria. Y el pueblo ganará, sin duda alguna.

P.S. Si tiene la impresión de que he sido muy parcial y de que otras naciones no son menos maravillosas, puede leerme diciendo cosas muy buenas sobre los ingleses[23], los alemanes[24], los griegos[25], los polacos[26], los japoneses y los palestinos, los ucranianos y los rusos, los noruegos y los suecos, los indios y los vietnamitas… [27]

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

Israel Shamir, 17 diciembre 2018

***

Traducción: Daniel Osuna

Contacto del autor: adam@israelshamir.net

Fuente original, en inglés: http://www.unz.com/ishamir/gilets-jaunes-end-of-dystopia/

Fuente de la traduccion al espanol: Red Internacional

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