Empieza el espectáculo.

José Javier Esparza .

09 de diciembre de 2018

Lo que está pasando en Francia no se puede decir. Porque, si lo dices, todo el establishment se te echa encima y te llama fascista. Como no se puede decir, se silencia. Pero el silencio no hace que el problema desaparezca, al revés: lo mete bajo tierra y lo hace engordar hasta que estalla, y de manera imprevisible. Entonces todo el mundo lo ve, pero nadie sabe ya su nombre. Y como ya nadie sabe su nombre, tampoco se puede decir. Solo queda el escombro de las calles rotas y el negro de los incendios, y también la cólera que volverá a despertar.

Empecemos por el principio. A comienzos de 2018, el presidente Macron evalúa los aprietos financieros del Estado y decide subir aún más el precio de los carburantes en las gasolineras: es una medida que le reportará una gran cantidad de ingresos netos, vía impuestos indirectos, y que podrá maquillar perfectamente en nombre de la lucha contra el cambio climático. Macron, sí: el mismo que había suprimido el impuesto sobre las grandes fortunas nada más llegar al poder.

Pero el pasado mes de mayo, una vendedora de cosméticos, Priscilla Ludovsky, lanza en las redes sociales una petición para que baje el precio de los carburantes: si se trata de luchar contra las emisiones contaminantes –se pregunta Patricia–, ¿por qué se sube el precio sólo para los automovilistas, y no para los combustibles del transporte aéreo y marítimo? En realidad estamos ante una subida camuflada de impuestos. Y eso en un país donde los ingresos por impuestos ya representan un 18,7% del PIB (en España es el 9%) y cuyos ciudadanos soportan el mayor esfuerzo fiscal de la Unión Europea:

Cada francés destina una media del 57,41% de sus ingresos a pagar impuestos (en España, algo por debajo del 50%). ¿Para quién gobierna Macron? ¿Por qué elimina el impuesto a los ricos y, por el contrario, sube los impuestos a la depauperada clase media?

Y ahora viene la pregunta más incómoda: ¿dónde van a parar esos impuestos? Porque la percepción general es que el dinero de los impuestos se pierde en unos servicios sociales colapsados, mal gestionados y precarios, a todo lo cual no es ajena la llegada de cientos de miles de inmigrantes ilegales en los últimos dos años. Datos de este verano: sólo en el área de Sena-Saint Denis, al noreste de París, la cifra de inmigrantes clandestinos alcanza el número de… ¡400.000 personas! En esa región de la connurbación parisina hay un 28% de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza. Pero, ¡cuidado!, ya hemos tocado dos líneas rojas: una, la de las políticas “climáticas”; otra, la de la inmigración.

La Francia de a pie… en coche.

Porque esto tampoco se puede decir, por supuesto. Y sin embargo, existe. El jueves, recién llegado a París, me dio por caminar desde Denfert-Rocherau, donde te deja el autobús del aeropuerto de Orly, hasta el municipio de Le Kremlin-Bicetre, a las afueras de la capital. Ocho kilómetros de aglomeración urbana, a pie enjuto, donde el cartel más habitual es “Carnicería Halal”, para el consumidor musulmán. La pérdida de poder adquisitivo se puede cuantificar; la pérdida de identidad, no, pero no por ello deja de ser dolorosa. Lo acaba de recordar Robert Menard, alcalde de Beziers, fundador en su día de Reporteros sin Fronteras y, hoy, una de las figuras más destacadas de la “derecha transversal” francesa.

Sólo en el área de Sena-Saint Denis la cifra de inmigrantes clandestinos alcanza el número de… ¡400.000 personas!

Esta pérdida de identidad no es sólo étnica: es, también y sobre todo, política. Por decirlo en dos palabras, cada vez menos franceses se reconocen en el modelo político vigente. Crece la sensación de que la República se ha convertido en el cortijo de una casta político-económico-mediática que vive cada vez más alejada del ciudadano común. Éste es un proceso de fondo que viene de tiempo atrás, que se ha traducido en el crecimiento exponencial del Frente Nacional y en la aparición, en el ala izquierda, de la Francia Insumisa, pero que en realidad se mueve por debajo de los partidos y de las convocatorias electorales. Donde más visible se hace este proceso es seguramente en las provincias, fuera de París: allí es donde más se palpa la impresión de haber sido dejados de la mano de Dios, y allí es donde más ha arraigado el fenómeno de los Chalecos Amarillos.

Sigamos: el 18 de octubre, una ciudadana desconocida, Jacline Mouraud, lanza en Facebook un video que hace furor y donde denuncia la política de “caza al automovilista” del Gobierno francés: subida de la gasolina, persecución de los coches diésel, aumento de todas las tasas, proliferación hasta el infinito de radares sancionadores, peajes para entrar en las ciudades… ¿Qué ha hecho el conductor francés para merecer esto? Y sobre todo, ¿qué quiere hacer Macron con todo ese dinero? ¿Una piscina en el Eliseo?, se pregunta madame Mouraud. En otras condiciones, el vídeo de esta mujer no habría pasado de ser una talentosa interpelación de una ciudadana cualquiera a un Gobierno depredador, pero, en el ambiente social que se vive hoy en Francia, fue la chispa que encendió el fuego. Millones de franceses se vieron reconocidos en la protesta. El 17 de noviembre se produjo la primera manifestación masiva: gentes del común, lo mismo franceses de cepa que hijos de inmigrantes, de izquierdas o de derechas, todos unidos por la exasperación de una clase media que ya no puede más. Sin partidos, sin sindicatos. Como símbolo, un chaleco amarillo como el que todos tenemos en nuestro coche (en francés, gilet jaune), esa prenda cuyo único mensaje es “Yo conduzco”. Y desde entonces, cuatro fines de semana consecutivos de protestas que no han dejado de crecer en intensidad y extensión, y que este sábado han traspasado incluso las fronteras de Francia.

Cuatro fines de semana, sí. Y los que vendrán, porque esto se ha ido ya de madre.

Cuatro fines de semana, sí. Y los que vendrán, porque esto se ha ido ya de madre. La principal responsabilidad fue de Macron, porque el presidente, subido en una nube de soberbia cada vez más densa, optó por desdeñar las protestas de los Gilets Jaunes. Haciéndole coro, todos los grandes medios de comunicación y la mayoría de la clase política entraron en el discurso oficial: “las medidas fiscales son necesarias (por el cambio climático, ya se sabe) y las protestas obedecen a oscuras motivaciones”, venían a decir. La peor de las respuestas posibles a un problema que va mucho más allá de la gasolina y que arraiga bien hondo en la conciencia política de los franceses. La semana pasada, las encuestas decían que cerca del 80% de la ciudadanía veía con simpatía el movimiento de los Chalecos Amarillos. Sólo entonces el Gobierno rectificó proponiendo una moratoria en los nuevos impuestos. Pero era demasiado tarde. Como por justicia poética, mientras los Chalecos Amarillos convocaban su nueva movilización, Macron anunciaba un viaje a Marrakech para firmar el pacto de la ONU sobre migraciones. Una vez más se hacía visible qué preocupa a cada cual, la inmensa fosa que separa a la clase dominante y a los ciudadanos. Y Macron, también una vez más, acabó rectificando y canceló su viaje. Y también aquí era ya demasiado tarde.

La “extrema derecha”.

El movimiento de los Gilets Jaunes es una protesta social transversal, sin patrocinios políticos ni sindicales. Ningún partido del sistema puede apadrinar una protesta que no tiene nada que ver con los discursos habituales del feminismo, el cambio climático, la integración de los “refugiados”, etc. El Frente Nacional de Marine Le Pen le ha expresado su simpatía, pero a distancia, y la Francia Insumisa de Melenchon, después de un intento de acercamiento, ha optado por retirarse porque su líder salió descalabrado. Como no hay posibilidad de “recuperar” al movimiento para el mundo político oficial, ni siquiera en sus márgenes, la mayoría mediática, que tiene horror al vacío, opta por recurrir a la etiqueta maldita: son “extrema derecha”. Y no, no es verdad.

“Nadie sabe quiénes son los Chalecos Amarillos ni cómo se están organizando. En realidad los Chalecos Amarillos somos todos”, dice Martial Bild, director de la cadena de televisión independiente TV Libertés. Lo sabían nuestros clásicos: “¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, señor”. Por cierto que el panorama de la libertad de expresión en Francia está seriamente erosionado (un estudio reciente señalaba a Francia como el país occidental con menos libertad de expresión) y TV Libertés ha tenido que recurrir a Internet para poder emitir. También esto forma parte del paisaje de crisis que vive el país, de ese creciente divorcio entre los ciudadanos y la clase dominante, clase a la que pertenecen la mayoría de los medios de comunicación.


Después de la manifestación anterior, la del 1 de diciembre, el fenómeno explotó. La violencia se desató en las calles. Todos vimos las imágenes. También todos vimos el sorprendente empeño de la mayoría de los medios por presentar como “extrema derecha” a los grupos de antisistemas que enarbolaban banderas anarquistas. En la televisión, la casta dominante político-mediática cargaba unánimemente contra los Gilets Jaunes, desde el filósofo millonario Bernard-Henry Levi hasta el ex revolucionario Daniel Cohn-Bendit, el célebre “Dani el Rojo” de Mayo del 68. “Soy alérgico al color amarillo, y no es difícil saber por qué”, clamaba Daniel en una cadena de radio. “¡Por la estrella amarilla de los judíos perseguidos por los nazis!”, respondía, aplicado, el conductor del programa. “Exactamente”, ratificaba el ex revolucionario, triunfal. Y bien, he aquí lanzado ya el anatema: Chaleco amarillo = Fascismo. ¿Y hay algo de fascista en los GJ? Sí, claro: los contestatarios se oponen a las sabias y humanitarias decisiones de un poder que sólo vela por nuestro bien, y eso es fascismo, es decir, ese fascismo genérico en el que entran hoy todos los que disienten del dogma oficial.

Cerca del 80% de la ciudadanía veía con simpatía el movimiento de los Chalecos Amarillos.

La nota dominante de esta última semana, hasta ayer mismo, ha sido el intento del Gobierno francés y de la mayoría mediática, valga la redundancia, por atribuir a la “extrema derecha” la violencia de las manifestaciones. En el ejercicio, la prensa ha llegado a límites de ridículo verdaderamente bochornosos, como considerar “fascista” la Cruz de Lorena, que fue el símbolo elegido por el general De Gaulle para llamar a la resistencia en 1941 y que algunos manifestantes exhiben estos días en sus banderas tricolor (y que, por cierto, incluso Macron ha añadido ahora a su blasón presidencial), o alertar de la presencia de grupos monárquicos al ver una bandera con la flor de lis, ignorando que era la bandera regional de la Picardía, que lleva, en efecto, la flor de lis. Son sólo dos ejemplos de adónde estamos llegando.

La violencia.

“Chalecos Amarillos somos todos los ciudadanos, creo yo”, me dice también madame Aude Dugast, una típica universitaria parisina que llega a nuestro encuentro cerca de Notre Dame a bordo de su bicicleta. “El problema son los casseurs –me matiza–, y esos no son Chalecos Amarillos”. ¿Los casseurs? Bien, expliquemos someramente la cuestión. Desde hace muchos años, Francia en general y París muy en particular viven episódicas oleadas de violencia urbana. En el origen de esa violencia hay dos “tribus”, valga el término, muy bien caracterizadas. Una es lo que aquí llaman la racaille, o sea la chusma, que generalmente coincide con la población marginada de los barrios de la periferia de París, casi unánimemente inmigrada en los últimos quince años, y que ha creado en sus dominios auténticas “no go zones” donde la policía ni va.

Cuando hay bronca, la racaille emerge con enorme violencia y se dedica al saqueo y al pillaje, generalmente ondeando banderas de sus países (Argelia, Mali, etc.). Además de la racaille están los casseurs, y éstos son otra historia: son los black bloc, los grupos anarquistas antisistema, y por regla general no vienen de barrios marginales, sino que son los hijos descontentos de la buena sociedad. Casser quiere decir romper, interrumpir, cortar, y eso es exactamente lo que hacen. Así que cuando hay trastornos del orden, como ha ocurrido en las manifestaciones de los Chalecos Amarillos, llegan los casseurs y aprovechan la circunstancia para multiplicar la violencia, y enseguida aparece la racaille que saca partido del caos y arrasa con lo que puede, y es prácticamente imposible retomar el control.

La mitad de las reclamaciones de los Chalecos Amarillos corresponden al programa del Frente Nacional y un tercio al de la Francia Insumisa.

El pasado fin de semana hubo más de setenta detenciones. Se detuvo a esos Chalecos Amarillos por llevar sprays de pintura –algo sorprendente en una ciudad llena de pintadas– y petardos. Sólo uno tenía antecedentes; todos los demás eran ciudadanos comunes. Sobre todos han recaído penas de cárcel. Curiosamente, no se detuvo a ninguno de los que realmente causaron las violencias que todos vimos en la tele. ¿Cómo no va a crecer la exasperación?

Como el Gobierno no puede decir que los responsables de la violencia son jóvenes marginados de los barrios inmigrantes, porque sería muy políticamente incorrecto, la casta dominante se ha inventado un eufemismo significativo: francilien, o sea, “franciliano”. Francilien es un neologismo introducido hace muy pocos años para designar a los residentes en Île de France, la gran región urbana de París, con más de doce millones de habitantes, y donde se acumula la mayor parte de la inmigración del país. Y así, por obra y gracia del eufemismo, que tiene estas cosas, ahora ya sabremos de quién se trata cuando el Gobierno diga “franciliano”: no de un habitante cualquiera de la Île de France, sino de un inmigrante.

Hay Chalecos Amarillos para rato.

La llegada de los casseurs y de la racaille eran el gran temor de todo París el viernes, hasta niveles de psicosis social realmente notables. Ejemplo de campo: en casa de unos amigos, en el París rico, llega una niña muy asustada porque en el colegio le han dicho que los Chalecos Amarillos han robado fusiles y van a asaltar las casas. En realidad, se trataba simplemente de un asalto rutinario a una armería que no tenía nada que ver con los Gilets Jaunes. Pero este bulo, como otros muchos, corrió hasta el punto de que miles de vecinos de los barrios del centro (Arco del Triunfo, Île de la Cité, Bastilla, etc.) cogieron sus bártulos el sábado bien temprano y abandonaron la ciudad.

Cenando esa noche en el Grand Colbert, uno de los mejores clásicos de la gran cocina francesa, muy cerca del Louvre, miraba uno alrededor y veía a la Francia que no lleva chaleco amarillo, la que apenas se siente concernida por la crisis, la que no tiene la exasperación de esa otra gente, la de a pie, que va a seguir pagando impuestos salvajes para que Macron combata el cambio climático mientras su gobierno firma el pacto de la ONU para las migraciones, cosa que tiene mucho mérito para un país y para un París donde ya no cabe nadie más. Hace apenas cinco años, muchas de esas familias de clase media podían permitirse cenar en el Grand Colbert una vez cada tres meses, por ejemplo. Hoy ya nadie puede permitirse esas alegrías.

Esta mañana, sábado 8 de diciembre, París parecía desierto. Furgones policiales por todas partes, tanquetas, comercios cerrados, 8.000 policías patrullando la ciudad. Poco a poco, sin embargo, la gente empezó a abrir sus tiendas fuera de las zonas de riesgo. Numerosos comercios habían colgado chalecos amarillos en los escaparates. También había chalecos bien visibles, exhibidos en el salpicadero, en muchos de los coches que circulaban por la ciudad. Porque l

Los Chalecos Amarillos son esta gente sencilla, no la racaille ni los casseurs.

Los Chalecos Amarillos son éstos, no la racaille ni los casseurs. Macron ha retrocedido en su subida de la gasolina, pero los Gilets Jaunes piden más: quieren que baje el brutal esfuerzo fiscal ciudadano, que se re introduzca el impuesto sobre las grandes fortunas, que se mejoren las pensiones… Le Monde ha examinado el conjunto de las reclamaciones de los Chalecos Amarillos y ha concluido que la mitad corresponden al programa del Frente Nacional y un tercio al de la Francia Insumisa. La izquierda ya ha anunciado que presentará en breve una moción contra Macron. Nadie le arrienda la ganancia, porque lo que está bullendo en la calle no se va a calmar ni siquiera con eso.

Cocotte minute: ésa es la expresión que se usa en francés para decir “olla a presión”, y ése es exactamente el retrato perfecto de la sociedad francesa en este momento. Un enorme malestar se acumula sin que la clase política sepa entenderla y sin que la clase mediática sepa explicarla. Hay quien evoca una atmósfera semejante a la revolución de 1848. El veterano Xavier Rauffer va más lejos: “A lo que más se parece esto es a Rusia en febrero de 1917”, dice. Fue la revolución que derrocó al zar.

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