Quién impone la agenda LGBT y con qué objetivos reales no confesados: las claves de un gran engaño.

¿Cuáles son los objetivos de la agenda LGBT y de qué poderes disponen para imponerla? Mary Hasson responde a ambas cuestiones en un artículo publicado en Humanum que, por la amplitud y exactitud de la información que contiene, reproducimos a continuación.

El complejo trans-industrial

“El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. El anterior presidente de Estados Unidos, Barack Obama, utilizaba esas palabras de Martin Luther King para definir la agenda progresista como moralmente superior e inevitable. Los ideólogos de género envuelven sus esfuerzos en un envoltorio similar. Utilizan el lenguaje de los derechos civiles para sugerir que la lucha por la “plena inclusión” de “las minorías sexuales y de género” refleja el levantamiento desde las bases de una comunidad oprimida, una movimiento espontáneo hacia el “lado correcto de la historia”.

No es verdad.

La cada vez mayor aceptación cultural de la diversidad sexual y de género no es ni natural ni inevitable. Es más bien, como he descrito en otras ocasiones, el resultado de un “movimiento ideológico vertical… cuyo objetivo es desmantelar la familia natural, marginando o amordazando las creencias religiosas, sobre todo el cristianismo, y exaltando el ‘deseo’ y la autonomía personal sobre todas las cosas (excepto sobre el estado, obviamente)”.

La actuación en solitario de los ideólogos no tiene capacidad para incorporar sus creencias a la cultura. Pero cuando unen sus fuerzas a las de los agentes del poder cultural y económico (filántropos, corporaciones transnacionales, gobiernos, organizaciones internacionales, líderes intelectuales y grupos de apoyo, todos unidos por una confluencia de intereses), los resultados son transformadores. Y desastrosos. El daño se extiende, más allá de las personas confundidas que sufren enredadas en “la red del género”, hasta las instituciones culturales y sociales que se desintegran en medio del engaño antropológico y el caos moral.

La penetración de la ideología de género en la cultura es la culminación de estrategias que se han venido desarrollando desde hace décadas. Estrategias que han llevado a la revolución del género al borde de una victoria terrible. [Este artículo se centra en la agenda política LGBTQ y en las creencias de los activistas LGBTQ. No implica necesariamente que un individuo concreto que se identifique como LGBTQ crea o apoye la posición de los activistas o, de manera general, “la revolución del género“.]

Lo “trans” no es el objetivo

Como dice Stephen Covey, es fundamental empezar teniendo en mente la finalidad.

La ideología de género surgió del feminismo radical, la “liberación gay”, la revolución sexual y la teoría queer, aunque sus raíces filosóficas se hunden, más profundamente, en el ateísmo, el marxismo y el nihilismo.

Antitética al cristianismo, la ideología de género repudia a la persona como una unidad de cuerpo y alma, creada hombre o mujer y hecha para estar en relación. Rechaza el significado de la sexualidad, el matrimonio y la familia natural y se rebela contra la “normatividad de género y sexual”.

Teóricos como Judith Butler afirman que las diferencias sexuales y de género son construcciones sociales; al “hacer” y “deshacer” su género, la persona crea y recrea su identidad, escogiendo entre un espectro de identidades.

La ideología de género, como si de un martillo se tratara, destruye a la persona, la naturaleza humana, la familia y la religión.

En su último libro, Martin Duberman, historiador y activista radical de la “liberación gay” desde los años 70, clama contra las tácticas de “asimilación” LGBTQ y las “deplorables exenciones para la conciencia religiosa”.  Y recuerda a la “izquierda heterosexual” y a la “izquierda gay” los objetivos originales del movimiento: destruir el núcleo familiar, eliminar la moralidad (ya esté basada en la religión o en la ley natural) y crear una “nueva utopía en el ámbito de la transformación psicosexual… una revolución de género en la que ‘hombre’ y ‘mujer’ se conviertan en diferenciaciones obsoletas…”.

Las feministas radicales tenían unos objetivos similares. En 1970, la feminista marxista Shulamith Firestone escribió que “el objetivo final de la revolución feminista debe ser… no sólo la eliminación del privilegio del hombre, sino de la propia distinción sexual”. Entonces, “la tiranía de la familia biológica se romperá“, y la “pansexualidad sin trabas” reemplazará a la heterosexualidad y “se permitirán y satisfarán todas las formas de sexualidad”. Firestone afirmó que “a no ser que la revolución elimine la organización social básica, es decir, la familia biológica,… la tenia de la explotación nunca será aniquilada”.

El objetivo final de la ideología de género, entonces, no es integrar a las personas y relaciones que se identifican como LGBTQ en la sociedad actual, como reflejo de la norma social de los hombres y mujeres heterosexuales que se casan y tienen hijos, sino subvertir y destruir esa sociedad. En la utopía resultante, cada individuo (a partir de la infancia) será libre de autoidentificarse más allá del binario hombre-mujer, libre para realizar actividades sexuales consentidas que no estén restringidas por el sexo, el género, el número de personas, el estado conyugal o incluso la edad (pospubertad).

Los avances tecnológicos (desde la anticoncepción al vientre de alquiler y las técnicas de “confirmación de género”), combinados con el trastorno social, han convertido estas elucubraciones ideológicas en algo terriblemente real. Pero los ideólogos no han terminado. El deseo de normalizar las identidades transgénero y no binarias es sólo la última frontera de la ideología de género, no su destino final. La utopía de Firestone (pansexualidad, identidad sexual fluida, tolerancia sexual sin restricciones y el final de los vínculos biológicos y de parentesco) se vislumbra en el horizonte.

Corromper el lenguaje, ensombrecer la verdad.

George Orwell escribió: “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, también el lenguaje puede corromper el pensamiento” y “si tú controlas el lenguaje, controlas la discusión”.

Los ideólogos del género han corrompido el lenguaje y controlado la discusión. No se necesitan sesiones de adoctrinamiento de masa al estilo bolchevique para cambiar las creencias culturales sobre la persona, la sexualidad y la familia. Basta con que los ideólogos redefinan las palabras (o inventen nuevas), hablen el nuevo lenguaje e insistan en que los demás hagan lo mismo (razón por la que los ideólogos quieren reprimir a los que disienten). Las palabras dan forma a nuestras suposiciones y a nuestro pensamiento.

Para “que tenga sentido la sopa de letras” LGBTQ+, observa un activista, y ser “lo más respetuoso y exacto posible”, todos deben aprender las nuevas “definiciones del vocabulario”. Referirse a otra persona con el género equivocado o equivocarse de pronombre viola su “necesidad fundamental… de sentirse seguro y de existir en los espacios públicos“. (Equivocarse en un pronombre aparentemente puede hacer que la existencia de una persona desaparezca).

Por ello, los activistas LGBTQ producen glosarios, listas de definiciones y guías para los medios de comunicación (definiendo las palabras y los parámetros de la historia para los periodistas).

Las organizaciones profesionales de médicos y psicólogos y las leyes estatales y locales formalizan las nuevas definiciones de género; y los tribunales las legitiman declarando que “los chicos transgénero” (chicas) son chicos. Las políticas institucionales de las universidades, escuelas públicas, empresas, grupos de protección de la salud, gobiernos, medios de comunicación, iglesias y otras organizaciones difunden el nuevo vocabulario y dan forma al pensamiento de los electores.

A menudo acompañadas por imágenes del Genderbread Person, el Gender Unicorn o el Gender Elephant, las definiciones de género deconstruyen con eficacia a la persona en un revoltijo de piezas (expresión de género, identidad de género, sexo asignado al nacer, orientación sexual, orientación romántica).

La persona se convierte en su (de él, de ella, de ell@…) propio proyecto, siempre en construcción, con identidades de género y sexualidades siempre en desarrollo. (La “familia”, en consecuencia, degenera para ser “cualquier persona[s] que juega un papel significativo en la vida de un individuo”).

El pujante léxico refuerza la falsa antropología de la ideología de género y distorsiona la ciencia. El sexo biológico desaparece a gran velocidad, absorbido por las definiciones burocráticas del “género”.

Por ejemplo, aunque la medicina define el sexo biológico “basándose en los papeles binarios que el hombre y la mujer tienen en la reproducción”, la Universidad de California (Davis) ahora define el “sexo” como una “categorización [arbitraria] médicamente construida… asignada basándose en la apariencia de los genitales”. Las normas de California sobre Transgender Rights in the Workplace [Los derechos de las personas transgénero en los lugares de trabajo], redefinen el “sexo” como “género” o “identidad de género”.

Las políticas de las escuelas públicas y privadas hacen referencia no a sexo biológico, sino al “género asignado al nacer“. Las escuelas públicas del Condado de Anne Arundel (Maryland) ensombrecen aún más esta realidad: sus “directrices” transgénero reconocen sólo un Legal Gender Marker [marcador de género legal] para los estudiantes, definido como “‘sexo’ asignado al nacer… y que hace referencia a la designación de ‘hombre’ o ‘mujer’ que aparece en el certificado de nacimiento del estudiante”.

La ideología de género también cambia el lenguaje de cada día. La avalancha de “hombres” transgénero (mujeres) que dan a luz generan conceptos como “lactancia paterna” y “personas embarazadas” (los “hombres” y las personas “no binarias” también se quedan embarazadas). Algunos padres crían a sus theybies, niños de género neutro que declararán su género cuando sean mayores.

De vez en cuando, incluso los ideólogos exageran. Cuando Planned Parenthood de Kentucky tuiteó un nuevo “hecho” biológico (“Algunos hombres tienen útero”), un bromista respondió en Twitter: “Yo también quiero jugar a este juego… algunos patos tienen cuernos”.

Dinero del color del arcoiris.

Un cambio cultural masivo necesita una gran cantidad de dinero. La revolución del género no nace de las bases: solo un escaso 3% de personas LGBTQ contribuyen con $35 o más para apoyar las causas LGBTQ.

El autobús ideológico lo conduce un pequeño grupo de individuos sumamente ricos que invierten personalmente en la agenda LGBTQ, y que no sólo movilizan su dinero y sus contactos para crear fundaciones privadas centradas en la ideología LGBTQ, sino que además hostigan a las empresas estadounidenses para que se sometan a su ideología. (Recuerden el magnate gay del sector tecnológico Tim Gill y su desdén público por los adversarios religiosos de la agenda LGBTQ, jurando “castigar a los malvados”).

Según los informes anuales sobre cuestiones LGBTQ emitidos por Funders en 2016, “las fundaciones y corporaciones con base en los Estados Unidos… concedieron 202,3 millones de dólares para apoyar a organizaciones y programas relacionados con temas lésbicos, gays, bisexuales, transgénero y queer“; 3 de cada 4 dólares se dedicaron a la defensa LGBTQ: demandas judiciales, grupos de presión y otros.

Las campañas para detener las exenciones religiosas cosecharon 2,8 millones de dólares, mientras que las iniciativas para conseguir el apoyo religioso a la agenda LGBTQ superaron los tres millones de dólares. La financiación de cuestiones transgénero aumentó un 22% en 2016, alcanzando los 16.8 millones de dólares. (Patrocinadores “anónimos” donaron 17 millones de dólares que se añadieron a los 202 millones procedentes de fundaciones y corporaciones). Estas cifras representan donaciones para sólo un año.

Instituciones sociales: los agentes del cambio LGBTQ.

Mucho dinero abre las puertas (o paga a abogados que obligan a abrirlas).

Durante décadas, los ideólogos del género han colaborado con el dinero y el poder persiguiendo una estrategia marcadamente exitosa cuyo objetivo era la transformación cultural: reclutar a instituciones sociales de confianza (ejército, escuelas, pequeñas empresas, médicos e iglesias) como agentes del cambio.

Por ejemplo, el ejército americano es, desde siempre y de una manera constante, una de las instituciones sociales en la que más confían los americanos: uno de cada cuatro confía “mucho” o “bastante” en el ejército (Gallup 2018). La izquierda se ha gastado millones de dólares defendiendo (e interponiendo demandas judiciales) para que los gays, las lesbianas y las personas transgénero pudieran servir abiertamente en el ejército, aunque esta cuestión afecte sólo a una fracción muy pequeña de personas que se identifican como LGBTQ. ¿Por qué? No para realizar los sueños de unos pocos. El objetivo es normalizar “las minorías de género y sexuales” destacando su integración en el ejército (sin importar cuánto pueda afectar esto a su preparación militar).

También las pequeñas empresas gozan de una gran confianza social: dos de cada tres estadounidenses las apoyan. Pero las pequeñas empresas son vulnerables a las presiones económicas regionales y locales, un hecho que los activistas LGBTQ no pasan por alto, presentando demandas de gran repercusión mediática contra pequeñas empresas: pasteleros, impresores y fotógrafos cristianos, para así intimidar a todas las pequeñas empresas y conseguir que trabajen para la agenda LGBTQ. (Si no lo hacen, se enfrentan a boicots, multas o juicios que las llevan a la bancarrota).

Jack Phillips, pastelero de Colorado perseguido durante seis años por el lobby gay por no querer hacer una tarta de “boda” a una pareja de hombres.

Los activistas del género utilizan la credibilidad de la comunidad de pequeños empresarios a través de un partenariado entre la Small Business Association y la National LGBT Chamber of Commerce (NGLCC). “La visibilidad es poder”, afirma Justin Nelson, co-fundador de NGLCC. “Las empresas se dan cuenta de que no pertenecer a la comunidad LGBT puede tener repercusiones“, explica Nelson.

“Es un cambio abismal”. El NGLCC ha “certificado” a casi mil empresas como “pequeñas empresas LGBT”, haciendo que estén cualificadas para programas de “diversidad e inclusión” y para recibir asignaciones del estado, que dan preferencia a empresas gestionadas por veteranos, mujeres, minorías y personas LGBT.

Las grandes empresas como Facebook, Google, Amazon, Nike y otras no disfrutan de tanta confianza social, pero tienen un poder inmenso para cambiar la actitud pública a través de la publicidad, la financiación y la presión económica.

La publicidad con temas LGBTQ ha aumentado exponencialmente en los últimos cinco años, sobre todo alrededor del “mes del orgullo” (junio), que es “muy lucrativo desde el punto de vista empresarial”, según los analistas de mercado. “Solo en 2017, el poder adquisitivo de los consumidores LGBT superó los 917 billones de dólares”, escriben los cofundadores de NGLCC.

Esto significa tener un gran peso en la economía, por lo que no sorprende que las empresas financien a los grupos de defensa LGBTQ sobre cuestiones políticas. En una jugada que recordaba la batalla llevada a cabo en Carolina del Norte sobre el uso del baño, gigantes corporativos como Amazon, Apple, Exxon Mobil y Shell han presionado recientemente a los legisladores de Texas para que voten una propuesta de ley transgénero, la “ley de los cuartos de baño“.

¿Cómo han conseguido los ideólogos del género tener tanta influencia en las corporaciones transnacionales? Por la política del palo y la zanahoria.

Hace más de quince años, la Human Rights Campaign Foundation (HRC) creó un “criterio” (el Corporate Equality Index), que evaluaba si empresas medianas y grandes “discriminaban” basándose en la orientación sexual y la identidad de género.

Ahora, HRC publica sus índices de manera anual, hostigando y avergonzando a las empresas que no alcanzan los estándares de “igualdad” marcados por HRC, y premiando en cambio a las compañías que sí lo hacen con puntuaciones perfectas.

En 2018, “609 empresas relevantes -que abarcan todo tipo de industria y que están ubicadas en cualquier punto geográfico- consiguieron la puntuación máxima del 100% y la excelencia como Mejores lugares de trabajo para la igualdad LGBTQ“. (En 2002, en cambio, sólo trece empresas consiguieron la puntuación del 100%).

En conjunto, las empresas que participan en 2018 en las calificaciones de la HRC representan a más de 5000 de las principales marcas.

Cada pocos años, el “índice de calidad” de HRC se ajusta hacia la izquierda, aumentando la apuesta y las exigencias.

Los criterios para 2018 se ampliaron y además de los beneficios que obtienen los empleados, exigen dar forma a decisiones empresariales relacionadas con los contratos, las donaciones, la publicidad y las relaciones públicas. Las empresas con las mejores puntuaciones no sólo deben cubrir los beneficios transgénero y proporcionar atención sanitaria “inclusiva” (servicios “necesarios desde un punto de vista médico” para la transición de género, incluida la “reasignación de sexo”), sino que también tienen que demostrar “públicamente su compromiso con la igualdad LGBTQ” y exigir a sus proveedores, contratistas y vendedores que protejan la orientación sexual y la identidad de género.

Las empresas pierden puntos si tienen “vínculos con organizaciones y actividades anti-LGBTQ”. Desde 2014, HRC ha ejercido presión sobre las empresas para que sus aportaciones caritativas estén destinadas sólo a organizaciones sin ánimo de lucro cuya política interna no discrimine la orientación sexual y la identidad de género (por ahora, las organizaciones religiosas están exentas).

A partir de 2019, las empresas que proporcionen “programas relacionados con la diversidad” para mujeres o minorías, “deberán incluir programas para personas LGBTQ”. El miedo de las empresas a ser tachadas de “intolerantes” es un poderoso aliciente.

Hablando sin rodeos, al configurar las políticas empresariales, los defensores LGBTQ están inclinando el mercado y la cultura para que se alineen con la agenda LGBTQ. (Incluso empresas que no participan en el Corporate Equality Index acaban, con el tiempo, aplicando sus criterios).

HRC también ha creado unos índices similares para presionar a las ciudades (Municipal Equality Index) y las organizaciones de asistencia médica (Healthcare  Equality Index) para que integren la ideología de género en el lenguaje, la normativa, las políticas internas y la publicidad.

HRC también exige de manera rutinaria informes amicus por parte de las empresas para llevar adelante la agenda LGBTQ en casos como el Masterpiece Cakeshop.

Otras organizaciones que la apoyan a nivel global y coaliciones empresariales internacionales y regionales presionan a las empresas transnacionales y a los comercios locales para que adopten el “caso empresarial” de la inclusión LGBTQ y adopten la agenda del género (ver Abiertos a la empresa y Orgullo y prejuicio).

Homosexualizar las escuelas, adoctrinar a los niños.

Sin embargo, la estrategia más potente para llevar a cabo el cambio social es utilizar la educación.

El género ha entrado con cuidado de puntillas en los colegios públicos, disfrazado de inclusividad y de iniciativas amables contra el acoso escolar (como el programa Welcoming Schools de HRC).

La máscara ha caído rápidamente. Los programas inmediatamente han atacado al lenguaje y al pensamiento “hetero-normativo” y “cis-normativo”, con la excusa de que todos los estudiantes (incluidos los niños de edad preescolar) necesitan expresar su “auténtico” genero.

Los distritos escolares han adoptado las políticas “anti-discriminatorias” de la identidad de género y la orientación sexual -a menudo prescindiendo de las protestas de los padres-, debido a las amenazas de demandas judiciales, normativas locales o estatales, o tácticas de presión por parte de los activistas.

En consecuencia, la agenda de género afecta a todos los niños, no sólo a los niños confundidos. Una escuela acogedora, inclusiva y segura exige que todos sean “aliados” LGBTQ y que se obligue a todos los niños a aprender a la fuerza una falsa antropología y una ideas desestabilizadores sobre la identidad.

Los ideólogos del género forman a todo el personal escolar -desde los conductores de autobuses hasta los directores- en la terminología de género, las transiciones y el lenguaje y las prácticas inclusivas de género (eliminando palabras como “niños” y “niñas”).

Peor aún: los activistas justifican que se oculte todo esto a los padres, mientras los colegios impulsan la “exploración de género” y la afirmación de género, alegando que los niños no están seguros en casa cuando los padres (sobre todo los que son religiosos) se oponen a la identidad LGBTQ emergente de los hijos.

La formación en las aulas incluye las “definiciones” de género y, cada vez más, la historia LGBTQ.

La cultura escolar transmite que no se puede cuestionar la aceptación de la ideología de género: los colegios están inundados de arcoíris, celebraciones del orgullo gay, espacios seguros, club de estudiantes homosexuales-heterosexuales, pronombres inventados y libros con historias inclusivas transgénero como The Princess Boy o I am Jazz.

La educación sexual es “inclusiva LGBTQ” (porque cualquier niño puede ser trans o gay), por lo que todos los niños aprenden qué es el sexo anal, las “mujeres” con penes y la “gente” embarazada.

Las escuelas públicas permiten que los estudiantes transgénero utilicen los baños, las taquillas y las habitaciones del sexo opuesto. Permiten también que compitan en equipos deportivos del sexo opuesto. (Chicos que se identifican como niñas transgénero han ganado varios campeonatos de los institutos estatales en 2017 y 2018 participando como chicas.)

Aunque casi la mitad de los profesores estaban en desacuerdo con la política de los baños transgénero, pocos se expresaron abiertamente.

¿Por qué las escuelas capitulan ante la ideología de género? Es un cálculo político. Tienen pocas posibilidades. Legisladores sumisos aprueban leyes para calmar a los acosadores LGBTQ; abogados activistas amenazan con demandas judiciales costosas; sindicatos izquierdistas de profesores y asociaciones de profesionales de la educación ejercen grandes presiones, y los grupos defensores hacen campañas constantes, sobre todo cuando hay que ganar dinero.

Los ideólogos del género se alimentan cochinamente del comedero público y engordan cada vez más al conseguir contratos para formar en la diversidad y la inclusión, con asesorías curriculares y servicios profesionales. (¿Cuándo se tardará en tener un terapeuta experto en género en cada escuela como parte del personal escolar?)

La medicina cede ante el lobby del género.

Las asociaciones médicas y de asesoramiento dominantes, al haber sufrido el peso de la presión ideológica interna y externa, están todas a favor de la ideología de género.

La Organización Mundial de la Salud ha revisado, en 2018, su clasificación de enfermedades en relación a las cuestiones de la identidad transgénero y de género; pero no lo ha hecho debido a nuevos avances médicos, sino porque fue presionada para que redujera el estigma.

Así, ahora las cuestiones transgénero están incluidas en incongruencia de género, categorizadas bajo el título “condiciones relacionadas con la salud sexual” en lugar de estar incluidas entre los trastornos mentales y de comportamiento.

Los activistas transgénero ejercen presiones para que el modelo de consentimiento informado de los pacientes obligue a los médicos a aprobar (y a las compañías de seguros a cubrir) una amplia variedad de procedimientos de “afirmación del género”.

El World Professional Associations for Transgender Health (WPATH – Asociaciones profesionales del mundo para la salud transgénero) ha colaborado recientemente con Starbucks para crear un modelo de Transgender medical benefits (Beneficios médicos transgénero; no hay duración máxima) que incluye lifting de ojos, implantes de nalgas, terapias de feminización de la voz, mastectomías y cirugía genital.

Los médicos sufren cada vez mayor presión para que acaten la agenda de género: grupos de profesionales redactan nuevos estándares de atención, las normativas anti-discriminatorias institucionales requieren formación, las escuelas de medicina añaden cursos de especialización en temática LGBTQ y las compañías de seguros aceptan los procedimientos transgénero como “necesarios”.

Además, la alta demanda incentiva a los médicos a entrar en la lucrativa práctica de la “atención de género”, sobre todo para sobre todo para niños.

En diez años, el número de centros médicos que tratan a niños con confusión de género se ha multiplicado de unos pocos a más de 40. El centro más grande, situado en la Universidad de California, San Francisco, trata a más de 900 niños e insta a los padres a “afirmar” el género deseado por su hijo a través de la transición social, los bloqueadores de la pubertad, la terapia hormonal de sustitución y la cirugía genital (a partir de los 16 años).

La Dra. Johanna Olson-Kennedy, líder en la cuestión del género y “casada” con un “hombre” transgénero (mujer), admite que los bloqueadores de la pubertad tienen serias consecuencias; sin embargo, empuja a los niños hacia la transición.

A pesar de una casi inexistente investigación y de que estos tratamientos experimentales alteran la vida, el número de niños y adolescentes que son enviados a someterse a tratamientos de afirmación de género se ha disparado.

La carta de la “fe”.

La estrategia final de la revolución del género es jugar la carta de la fe, neutralizando al mayor oponente a dicha revolución: la religión.

Durante una década, los activistas del género han buscado utilizar la compasión religiosa y trabajar desde dentro para confundir y convertir a los creyentes (sobre todo a los adolescentes). La serie Coming Home de la Campaña de Derechos Humanos tiene como objetivo convencer a los mormones, los musulmanes, los católicos, los judíos y los evangélicos para que crean que la compasión y los principios de su fe apoyan la “inclusión total” y la agenda LGTBQ.

Lo están consiguiendoLas creencias han cambiado a gran velocidad entre los creyentes, y tienden a apoyar la causa LGBTQ. Y muchos más estadounidense que nunca se identifican personalmente como LGBTQ: 4,5% de todos los americanos y 8,2% de los millenials.

Conclusión.

Por lo tanto, ¿dónde nos deja todo esto? Las afirmaciones ideológicas -que realmente son ficción- sobre la persona humana, la sexualidad y la familia están socavando nuestro tejido social y nuestras instituciones culturales. Un número cada vez mayor de jóvenes miran, sin ver, sus cuerpos, incapaces de reconocer las verdades más elementales de quiénes son. Y los líderes religiosos parecen haberse quedado mudos, silenciados por el miedo a ser tachados de “calumniadores”, o se han unido al coro popular que canta los elogios de la “diversidad” de sexo y género.

¿Y qué puede cambiar esta desordenada trayectoria?

Primero, la verdad. La propia naturaleza. La verdad tiene un modo de atraer nuestra atención, forzándonos a enfrentarnos a las desastrosas consecuencias de aceptar la mentira: niños confundidos convertidos en personas estériles debido a cócteles hormonales; jóvenes adultos con cuerpos mutilados; ciudadanos que ya no son libres de expresar su fe religiosa o de decir lo que piensan.

Segundo, un despertar religioso y moral. Como observó en 2012 el Papa Benedicto, “allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser”. (Discurso a la curia romana con motivo de las felicitaciones de Navidad, 21 de diciembre de 2012).

La agenda transgénero es, en última instancia, un rechazo de Dios y, por ello, debe ser combatida espiritualmente.

Una responsabilidad que pertenece a cada creyente.

«Usted imagina que hay algo que se llama la naturaleza humana, que será ultrajada por lo que hacemos y que se volverá en contra nuestra. Pero nosotros creamos la naturaleza humana. El hombre es infinitamente maleable».

Párrafo del libro 1984, de George Orwell:

Fuente.

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