Hipocresía social.

Hay asuntos que la corrección política se resiste a tratar. Uno de ellos es el de este artículo y para explicar el tema hay que citar antecedentes.

Los que ya tenemos años recordamos varios episodios de machacona propaganda unilateral y, con frecuencia, acrítica. Uno, por ejemplo, es el del conflicto de los EEUU con el gobierno sandinista de Nicaragua, allá por los años 80. Otro, verdaderamente insoportable en la TV española, fue el del régimen sudafricano del “apartheid”: todo era una cuestión de “racismo”. Ni una palabra de la penetración soviética en aquél país, vía Partido Comunista de Sudáfrica, ni de los ruinosos gobiernos “socialistas” y “democráticos” que exportaban miles de trabajadores al terrible régimen del “apartheid”. Tampoco nadie hablaba de la violencia criminal del Congreso Nacional Africano en contra de sus propios compatriotas, etc.

Un ejemplo de corrección política mucho más actual y que también afecta al país es lo que podríamos llamar la “tercera guerra Boer”. Si las dos guerras “Boers” anteriores tuvieron lugar entre 1888 y 1902, la tercera está ocurriendo aquí y ahora pero, no contra el imperio británico, sino contra la pobreza inducida por el gobierno de Sudáfrica sobre la población blanca. Esta nueva guerra presenta la particularidad de que ahora blancos de origen holandés y blancos de otros orígenes, pero mayormente de origen británicos, luchan codo con codo. Gracias a las leyes claramente discriminatorias de “empowerment” -empoderameinto, que diría Pablo Iglesias, el descubridor del término- las leyes sudafricanas prohíben contratar a blancos si hay negros que pueden hacer lo mismo. Igualmente, las ayudas del Estado no llegan aquellos colectivos desfavorecidos con un determinado porcentaje de población blanca. El resultado es que de aproximadamente cuatro millones de blancos sudafricanos casi uno vive en alguno de los más de cuatrocientos campos de refugiados –o similares- repartidos por la geografía del país. Estos campos no están poblados por gente perezosa o incapaz sino por gente de clase media que, merced a las políticas claramente racistas del gobierno, han sido desposeídos de su futuro y relegados a la miseria. Todo esto ocurre ante el silencio atronador de los gobiernos del mundo. Por los nuevos parias de Sudáfrica nadie hace conciertos en el “Wembley Stadium” ni las plañideras del humanitarismo mundial derraman una sola lágrima. ¿La razón? Son blancos.

Para conocer mejor el tema basta visitar la web del “South African Family Relief Project” o de la “Living Waters Foundation”. Allí puede conocerse también la expulsión de los granjeros blancos y la extremada violencia, racialmente motivada, que éstos padecen.

El caso de la Sudáfrica actual hace bien patente cómo la sensibilidad humana y el sentimentalismo es una poderosa herramienta dirigida y manipulada con fines políticos: un blanco sudafricano degollado no importa a nadie; los inmigrantes ilegales que cruzan la valla de Melilla sí. A poco que se piense, cualquier persona libre de los prejuicios de la época podrá recordar una docena de temas que corroboran el inmenso poder de la corrección política que -¡oh, casualidad!- está especialmente diseñada para corroborar uno por uno todos los mitemas del progresismo planetario.

Por desgracia, esta vez ese progresismo ha hecho presa, con sus garras de silencio, en muchos miles de familias privadas de todo, cuyo único pecado es ser blancos y cristianos.

Fuente.

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