Historiando la penumbra.

Boethius.

El polémico bestseller de Catherine Nixey The Darkening Age (La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico) está recibiendo en España numerosas alabanzas tanto desde la izquierda como desde la derecha desde que fuera traducido y publicado en español por la editorial Taurus. El último ejemplo es la entusiasta columna de Fernando Sánchez Dragó en El Mundo de 10 de junio [reproducida ulteriormente en este periódicoN. d. R.]. Este escritor, tan admirado por muchas y buenas razones, pondera este libro como “una apología de la tolerancia” y “un magnum opus filosófico e histórico”.

Más allá de lamentar el excesivo relieve otorgado no solo por la prensa, sino también por intelectuales de la talla del aludido a una obra ciertamente de gran éxito editorial, pero que, en realidad, no dice nada nuevo y que además está escrita por una autora de segunda fila que ni siquiera es historiadora (es periodista y profesora de filología clásica), creo conveniente dar una réplica a algunas de las premisas sobre las cuales se basa esta obra, premisas que recuerdan añejas leyendas negras sobre la civilización cristiana medieval.

El gran medievalista francés Jacques Heers indicaba en una obra clave, La invención de la Edad Media (ed. Crítica, Barcelona, 1995), la razón antropológica última detrás de esta mirada deformada sobre el Medievo cristiano: “pareciera darse así a entender que nuestra civilización, la europea en sentido amplio, ha vivido dos edades gloriosas marcadas con el sello de las libertades y de las creaciones originales. En primer lugar, la Antigüedad, capaz de administrar tan bellas lecciones. Luego, mucho tiempo más tarde, pasados un pesado sueño y una espera interminable, el Renacimiento italiano, en el que los hombres despertaron finalmente, cambiaron completamente de actitud ante la vida y tomaron las riendas de su destino. Entre estos dos tiempos fuertes se halla la noche, los tiempos oscuros de la Edad Media a los que es de buen tono no hacer ni caso, excepto, aquí y allá, por algunas manifestaciones marginales, por algunos espíritus fuertes desconocidos o incomprendidos, e incluso perseguidos en su tiempo” (p. 13).

Esta visión lineal progresista de la historia, sobre cuyos orígenes no conviene entrar en este artículo, tiene una serie de implicaciones.

Retomando las tesis del libro de Nixey, si en efecto el cristianismo realmente hubiera llevado a cabo “la mayor destrucción de arte y cultura de la historia de la humanidad” en los siglo IV al VI tal y como afirma esta obra, se añadiría a su presunta historia criminal el fin del mundo clásico, junto a otras fechorías ya anteriormente imputadas a esta “sádica” religión destructora de mundos idílicos tales como el paraíso amerindio precolombino, la viril cultura vikinga o el refinado Al-Andalus. Por supuesto, todas estas culturas que tanto lamentan algunos que desaparecieran eran infinitamente más brutales, inhumanas y oscuras que la civilización romano-cristiana que las sometió.

Antes de desmontar las falacias en las que se basa La edad de la penumbra conviene recordar que su originalidad es más bien escasa. Las teorías sobre el fin del mundo antiguo como consecuencia de la acción, no de los bárbaros, sino de la “oscurantista” superstición cristiana datan de Edward Gibbon (m. 1794), el historiador francmasón escocés autor del bestseller dieciochesco The Decline and Fall of the Roman Empire(Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, año 1776), una obra monumental que hizo las delicias de Voltaire y su pléyade de discípulos adversarios de la institución milenaria que ellos llamaban la Infame.

Si reparamos en este fragmento (p. 528) de esta obra dieciochesca podremos comprobar de dónde proceden en último término las ideas de Nixey: “podemos señalar sin sorpresa ni escándalo que la introducción o, por lo menos, el abuso del cristianismo tuvo cierta influencia en la decadencia y caída del Imperio romano. El clero predicó con éxito las doctrinas de la paciencia y la pusilanimidad; se denigraron las virtudes activas de la sociedad, y los últimos restos del espíritu militar se enterraron en el claustro. Gran parte de la riqueza pública y privada se dedicó a las especiosas exigencias de la caridad y la devoción, y la paga de los soldados se entregó generosamente a inútiles multitudes de uno y otro sexo que sólo podían argüir a su favor los méritos de la abstinencia y la castidad; (…) la atención del emperador pasó de los campamentos a los sínodos; el mundo romano se vio oprimido por una nueva especie de tiranía, y las sectas perseguidas se convirtieron en enemigos secretos de su país”.

El mensaje repetido una y otra vez en su obra era diáfano: no fueron los germanos y sus hordas las que acabaron con la gloria de Roma, sino un terrible virus introducido en el alma romana, el virus de la religión cristiana, que habría apagado la virtusromana dejando paso a la debilidad, la cobardía y el pietismo. Se pretende presentar una romanitas pagana basada en la fortaleza y en el valor marcial frente a un cristianismo presentado como una religión de débiles, cobardes y esclavos.

Por supuesto, hoy sabemos que esto no fue así. Los primeros emperadores romanos cristianos, de Constantino el Grande a Teodosio el Grande, fueron tan militaristas y aguerridos como sus antepasados paganos o más. El ejército romano casi duplicó su tamaño en el siglo IV cristiano y la caída de Occidente (la Roma cristiana sobrevivió mil años más en su forma bizantina) no se debió a ningún “bacilo” espiritual cristiano, sino a una serie de golpes de Estado militares dados por generales germánicos que servían en el ejército imperial (conviene leer las últimas obras del historiador británico Peter Heather en este sentido).

Por otra parte, el inmenso auge de doctrinas espiritualistas en el siglo III tales como el neoplatonismo o el maniqueísmo ya habían terminado mucho antes de Constantino con la época hedonista de los Antoninos y los Flavios. La castidad y una ascesis extrema estaban de moda entre las élites romanas mucho antes de que llegaran los cristianos al poder. Personajes como Plotino, Jamblico y el propio Juliano el Apóstata tenían en la cabeza una religión olímpica que no tenía nada que envidiar al cristianismo en cuanto a ideales monásticos. La “gran orgía romana” ya había terminado mucho antes de que llegara san Agustín a denunciarla en el De Civitate Deia partir de tópicos heredados de sus maestros.

En su exposición anticristiana hija de la Ilustración, Edward Gibbon no hizo más que retomar ideas extraídas de la polémica anticristiana de autores paganos de la Antigüedad como Celso, Juliano el Apóstata, Zósimo o Símaco. Todos ellos denunciaron a la religión cristiana como una secta formada por gentes de baja extracción y nula formación cultural. La ausencia de humanitas, de paideia, sería una de las principales acusaciones realizadas en los siglos III y IV contra los agrammatoi xristianoi (analfabetos cristianos), desde los apóstoles iniciadores a los obispos difusores de la religión cristiana.

Se quería y aún se quiere contraponer en estas obras una época luminosa, la clásica, marcada por la búsqueda socrática del conocimiento y el equilibrio racional apolíneo con una época oscurantista y barbarizada, marcada por el celo inquisitorial y la quema de brujas. Como sucede con toda polémica historiográfica, política o filosófica los defensores de una u otra teoría han tendido a simplificar los argumentos, ignorar la evidencia contraria y presentar dos épocas de mil años cada una, la Antigüedad clásica y la Edad Media cristiana, como si fueran la encarnación de dos arquetipos marmóreos, a saber: la razón filosófica y la fe revelada, los filósofos y los profetas, la academia platónica y la catedral gótica, Atenas y Jerusalén.

Por supuesto, esto es el equivalente historiográfico a pintar con brocha gorda. Se olvida, por citar solo algunos ejemplos, que el luminoso mundo grecorromano vivió persecuciones religiosas salvajes con miles de víctimas (desde la iniciada contra el culto de las Bacanales en el 186 a.C. hasta las de época imperial contra maniqueos, judíos y cristianos), quemas de libros prohibidos, ejecuciones de filósofos acusados de ateísmo (asebeia: recuérdese a Sócrates), exilio masivo de filósofos incómodos (Nerón, Vespasiano y Domiciano expulsaron repetidamente a los estoicos de Italia), cierre de instituciones de enseñanza…

Por cierto, el famoso y terrible suplicio de la crucifixión era solo uno de los castigos que la antigua Roma podía aplicar a los disidentes religiosos o políticos. Otro brutal castigo al que recurrían los magistrados romanos para castigar a los acusados de magia o brujería era la condena a morir quemado vivo (vivi combustio), un castigo asociado popularmente a la Inquisición, pero cuyo precedente legal directo procedía del Digesto tardorromano.

Por supuesto, la tan aplaudida tolerantia griega o romana era selectiva. Si la pax deorum o la mos maiorum se veían en peligro, los romanos eran capaces de desplegar una gran crueldad. El exterminio de los druidas por parte de Julio César o el genocidio judeofobo de un millón de hebreos entre el 66 y el 70 d.C. por parte de las legiones de Vespasiano resultan en este sentido dos recordatorios inolvidables de hasta dónde estaba dispuesta a llegar Roma contra las superstitiones.

Por otro lado, también cabría aducir que el mundo grecorromano era mucho más complejo de cómo se le quiere presentar. Sin entrar en la brutalidad de una sociedad esclavista cuya forma de hacer la guerra y de castigar el delito era bastante más sanguinaria que la peor de las sociedades de la época medieval cristiana, se puede traer a colación la pluralidad de formas religiosas y culturales del Mediterráneo clásico.

En efecto, no todo era apolíneo, bello, ordenado y racional. No todo eran los jardines de Academo. El ortos logos platónico y socrático convivía a diario con expresiones de locura dionisíaca, de masas enfebrecidas entregadas a delirios colectivos llenos de sangre y primitivismo. Como bien nos recuerda la lectura de un formidable adversario del cristianismo llamado Friedrich Nietzsche, junto a la Academia, el Liceo y la Stoa, existían todo tipo de cultos mistéricos y festivales religiosos de tipo dionisíaco, desde las Bacanales a las Lupercalia, pasando por los misterios de Cibeles y las panateneas, donde se desataban los más bajos instintos del ser humano. Los ludi romani, juegos del Circo, con su sangriento espectáculo de convictos arrojados a las fieras, no eran más que una gota en un océano de crueldad de masas. Y sin duda participaban más ciudadanos en estas orgías de bestialismo que en los civilizados banquetes conviviales de los filósofos.

Con todo, lo que a cualquier mediano conocedor del mundo clásico le resultará particularmente hilarante es la acusación contra los “fanáticos” cristianos de destruir el patrimonio material clásico. Cualquier lector de Tucídides, Polibio o Tito Livio sabe cómo se las gastaban los atenienses o los romanos a la hora destruir, expoliar y saquear templos, obras de arte y bibliotecas de las ciudades enemigas (griegas, etruscas, latinas… lo mismo daba). El terrible destino de la gran Corinto a manos de Roma en el año 146 a.C., saqueada a conciencia, debería ser una lección para incautos que quizá se han quedado en el delenda Carthago de Catón el Censor, pero no es el único caso: Sicilia, Magna Grecia, Asia Menor…, por solo mencionar territorios de una cultura hermana como la griega, sufrieron un destino parecido.

El Imperium Romanum Christianum de los siglos IV y V que tan duramente retrata el libro de Nixey fue precisamente eso, un imperio ante todo romano dotado de una aplastante lógica jurídica y política latina y, por desgracia, no demasiada caritascristiana. Lo que hicieron los emperadores romanos cristianos no fue más que aplicar, de forma bastante más benigna que sus antecesores paganos, eso sí, esa lógica aplastante que consistía en el restablecimiento violento de la pax deorum a partir de las premisas de respeto a la sagrada mos maiorum que había formulado en sus edictos de persecución de cristianos y maniqueos el último gran emperador pagano: Diocleciano.

De este modo, las penas de multa, castigo físico, prisión, exilio o muerte por disidencia religiosa aplicadas por el Imperium en su época cristiana no eran más que las que recogían las leyes romanas para los casos de alta traición al emperador (la lesa maiestas), es decir las mismas leyes que vinculaban la práctica de cultos maléficos a la deslealtad al Imperio y que fueron antes aplicadas a miles de cristianos, judíos y maniqueos.

Pero volvamos a las penumbras del libro que nos ocupa. Ya hemos apuntado la escasa originalidad de sus planteamientos. Pero también podríamos apelar a la escasa aportación de nuevos datos. De hecho, los argumentos de Catherine Nixey no son más que un vulgar refrito de libros publicados durante los últimos doscientos cincuenta años haciéndose eco de la tesis central de Gibbon (particularmente brillantes son los de Jacob Burckhardt en el siglo XIX y Arnaldo Momigiliano y Peter Brown en el XX) y apuntalándola con datos extraídos de la investigación más reciente. Lo que ella ha hecho es vulgarizarlos con cierta maestría narrativa. Poco más.

En su review del libro publicada el 13 de septiembre de 2017 en Goodreads (una de las principales publicaciones anglosajonas de reseña de libros) Tim O’Neill califica este libro sencillamente como easily the worst book I have read in years (el peor libro que he leído en años) y “una auténtica mascarada”. Y es que, como subraya acertadamente O’Neill, “la historia popularizada de Nixey pretende presentar de algún modo una nueva perspectiva sobre la transición del mundo romano pagano a la dominación del cristianismo, pero todo lo que nos ofrece es un polvoriento remake del viejo Edward Gibbon adaptado a la época post Dawkins/Hitchens. En manos de un historiador capacitado, este podría haber sido un libro interesante, uno que explicara un periodo fascinante y un tema de interés. Un investigador equilibrado y objetivo hubiera aclarado que esa transición fue en ocasiones violenta y que los cristianos no eran esos amables corderos de la leyenda piadosa de las películas de Hollywood, pero manteniendo al mismo tiempo una visión equilibrada y sin forzar la evidencia documental. Pero Nixey es una periodista, no una historiadora, y lo que nos presenta es una tosca, deformada y polémica descripción de acontecimientos marcada por distorsiones descaradas y prejuicios muy evidentes”.

Esta durísima crítica no se limita a revistas literarias especializadas. Profesores británicos de gran prestigio como Averil Cameron (Universidad de Oxford), Peter Thonemann (Universidad de Oxford) y Levi Roach (Universidad de Exeter) han destrozado literalmente en sus reseñas académicas este libro. Vamos a recurrir a estas reseñas para cerrar el análisis de la obra de Nixey.

En su reseña publicada en The Tablet (21 de septiembre, 2017) la profesora Averil Cameron, quizá la mayor especialista viva en Antigüedad tardía en el mundo, califica el libro de Nixey como un “travesti historiográfico”, una obra sin equilibrio ni objetividad alguna. En palabras de Cameron, “un rápido vistazo a las citas en las notas a pie de página de Nixey resulta reveladora. Se repiten una y otra vez un pequeño grupo de historiadores de una mentalidad hostil al cristianismo”. Averil Cameron termina su reseña trayendo a colación el probable origen de la tendenciosa mirada de Nixey: “un educación religiosa muy limitada y sesgada”. Con esto alude al hecho de que los padres de Nixey son un monje y una monja católicos que se secularizaron e impusieron una educación ascética más propia de un convento que de un hogar a su hija, la cual quedó claramente traumatizada.

Detrás de todo libro, en efecto, siempre hay una biografía y una herida. Y este libro es un ajuste de cuentas con una infancia amargada por dos monjes frustrados. El problema es que este ejercicio de psicoanálisis que tantas ventas ha alcanzado en el Reino Unido y España utiliza la táctica de matar al padre. En este caso la cristiandad medieval. En su reseña para Literary Review (n.º 459, Noviembre, 2017) el medievalista británico Levi Roach apunta al meollo del problema del libro de Nixey: “esta obra concluye recuperando la antigua teoría hace tiempo superada de una Edad Media caracterizada por el estancamiento intelectual y una fe ciega. No resulta difícil detectar en Nixey un ánimo anticristiano”.

Por su parte, Peter Thonemann en su lúcida reseña para The Times (17 de septiembre, 2017) apuntaba de forma sarcástica que el fantasma de Christopher Hitchens, el gran polemista científico y divulgador del ateísmo, “debe de estar removiéndose de placer en su tumba con este libro”. Thonemann, a pesar de valorar la forma amena en que el libro está escrito, subraya que está lleno de evidencias seleccionadas de forma tendenciosa y material dudoso y poco concluyente.

¿Significa todo esto entonces que el libro de Nixey está construido sobre una sarta de mentiras y manipulaciones? No. O mejor dicho, no del todo. Ciertamente estamos ante una serie de datos objetivos entremezclados con medias verdades e interpretaciones tendenciosas. Sin duda, el intrigante Patriarca Cirilo de Alejandría y sus probolanos estuvieron implicados en el asesinato de Hipatia. Sin duda, cientos de templos fueron destruidos por la furia de monjes fanáticos o masas enardecidas. Sin duda, parte de la biblioteca de Alejandría se perdió debido a la destrucción del Serapeum en el año 391.

Ahora bien, estos datos de ningún modo validan la idea de que estamos ante una destrucción sistemática o un genocidio cultural de la civilización clásica. Todo lo que conservamos de la civilización romana procede de manuscritos monásticos del Occidente medieval y de Bizancio. Si hoy día podemos leer las obras de César o de Cicerón es gracias a sus trasmisores cristianos medievales. Incluso obras tan poco recomendables para un monje como el picante De Amore de Ovidio fueron salvadas de su desaparición por la paciente labor de un scriptorium medieval.

Por ponerlo en cifras, según los cálculos del investigador alemán Bernhard Bischoff, los 8.800 códices cristianos anteriores al año Mil (unos 7.000 de los cuales son benedictinos) han preservado para la posteridad casi toda la rica poesía en lengua latina (con la sola excepción de Catulo, Tíbulo, Propercio y Silio Itálico), casi todo el teatro romano (excepto las tragedias de Séneca y parte de las de Stacio y Claudiano) y el 90% de la prosa latina (únicamente Varrón, Tácito y Apuleyo fueron rescatados más tarde). La elaboración de estos códices supuso un esfuerzo económico y humano impresionante para una época en la que los copistas ya no eran esclavos como en el mundo antiguo y en la que además el barato papiro egipcio ya no estaba disponible. Decenas de ovejas o terneros eran sacrificados para elaborar el pergamino necesario para cada uno de estos códices. En palabras de la principal especialista actual en Alta Edad Media, la profesora de Cambridge Rosamond McKitterick, “semejante inversión de riqueza en producir cultura no debería ser ignorada por nadie”.

Evidentemente Catherine Nixey nos oculta todos estos datos. Estamos, por consiguiente, ante una selección muy arbitraria de información. Aquel lector que haya leído las teorías pseudocientíficas de Richard Dawkins (El espejismo de Dios) o Christopher Hitchens (Dios no existe) en favor de una suerte de militante ateísmo cosmológico y haya sacado la impresión de estar ante auténticos panfletos con apariencia de rigor empírico tiene ante sí en este libro una versión historiográfica con el mismo mensaje: la religión cristiana es perniciosa además de falsa. Los lectores de leyenda negra antiespañola saben perfectamente de lo que hablo.

En definitiva, a mi juicio no podremos nunca comprender, defender ni valorar adecuadamente la tradición perenne de Europa en lo que tiene de auténtico faro del orbe, si desconocemos o despreciamos el elemento cristiano de la civilización del Occidente medieval, una época fruto de una maravillosa síntesis de lo mejor de la Roma imperial, la filosofía griega y el Evangelio. Una época, en efecto, caracterizada en palabras de Jacques Le Goff por “la fidelidad, la jerarquía y el honor”, pero también por las primeras universidades, la poesía trovadoresca, el amor cortés o las escuelas de traductores. Una época que, como todas, se resiste a clichés simplificadores.

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