La mentira de la postverdad.

Juan Orellana

La verdad siempre le ha resultado incómoda al poder. Toda la historia de la humanidad es un rosario de testimonios de ello. Mucha gente ha sido asesinada por mantenerse fiel a la verdad o defenderla. Por tanto no es nuevo que la verdad sea deformada, manipulada, tergiversada según los intereses del poder de turno.

Hoy el poder no es Nerón, que mentía sobre el incendio de Roma para acusar a los cristianos; ni Enrique VIII, que guillotinó a su mejor amigo, el excanciller Thomas Moro por negarse a traicionar la verdad. Hoy el poder está sobre todo en las redes sociales, en la opinión pública dirigida por eslóganes, en la mentalidad dominante que impone un pensamiento único y globalizado. Y a ese neopoder también le incomoda la verdad, y la persigue. Como siempre. No es novedad.

La verdadera novedad es que la verdad se ha vuelto socialmente irrelevante, intrascendente. A nadie interesa ya el problema de la verdad. Me quedé muy impactado cuando desapareció la Facultad de Filosofía de la Universidad de Comillas, mi alma mater. Desapareció por falta de demanda social. Nadie quiere dedicar su tiempo a buscar la verdad. No tiene valor de mercado, es económicamente inviable.

La cuestión de la verdad, el problema de la verdad, su búsqueda, la tensión ideal por encontrarla se considera algo improductivo. Y hay quienes dan un paso más. La pregunta por la realidad, por el sentido, por la verdad del “todo”, del “ser”, se ve por muchos como el origen de los integrismos, de la intolerancia, como casus belli. Algo que debe ser erradicado. La pregunta filosófica, que es también la pregunta religiosa, es el mayor enemigo de la sociedad de la postverdad. Nadie debe cobrar un sueldo por dedicar su tiempo a la metafísica. Habrá quien lo considere incluso inmoral. Pilatos se preguntó: “¿Qué es la verdad?”.

Hoy quien se comprometa con esa pregunta será objeto de mofas y se verá tratado como unfriki solitario, como un outsider precisado de ayuda psicológica. Evidentemente la irrelevancia de la verdad conlleva, un desinterés por el conocimiento en sí, una desaparición de la pasión por saber, más allá de los conocimientos prácticos y fragmentados que permiten avanzar en nuestro estado del bienestar.

Pero este estado de cosas no durará demasiado. La verdad tiene un aliado natural, que es el corazón del hombre. La verdad no es sólo una cuestión académica. Es uno de los deseos más inextirpables del ser humano. Puede dormir, estar latente, como ahora, pero no puede ser eliminado. Así que después de las asfixia vendrá la necesidad de oxígeno. Lo que no sé es si nuestra generación llegará a verlo.

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