El honor y el sexo.

Sertorio

Decir que todo vale en el sexo, siempre que el consentimiento sea libre y los participantes mayores de edad, se ha convertido en un latiguillo que todo tertuliano repite.

El concepto de represión freudiano no era negativo en sí. Aunque es un desencadenante de las neurosis, también sirve de motor de la vida civilizada. Serán sus epígonos, especialmente de Wilhelm Reich en adelante, los que lleven a los extremos en los que está hoy la lucha contra la represión del eros, la liberación sexual, que no por casualidad guarda un ominoso parecido con las otras liberaciones que han convertido nuestra era en un tiempo de barbarie, de animalización y profanación de todo lo sagrado, entre lo que hay que contar el sexo. En los años sesenta se dudaba entre Eros y Civilización. En el siglo presente cada vez hay menos de lo uno y de lo otro. Al “liberarnos” de la neurosis nos hemos barbarizado, peor, nos estamos volviendo una masa indiferenciada de narcisistas.
Toda sociedad bien organizada, tradicional, establece unos ritos y tabúes para identificarse, distinguirse de las otras, cohesionarse, defenderse y reproducirse. Freud, en los albores del siglo XX, descubrió que la civilización se fundamenta sobre una serie de represiones que permiten su desarrollo y que el tabú sexual forma parte esencial de toda cultura. El civilizadísimo siglo XIX constituye el ejemplo de esas cortapisas victorianas al sexo, pero nuestra España del Siglo de Oro, con su honra calderoniana, o Roma, el Japón y la India también han impuesto unos severos códigos de conducta sexual, de casta, que son compatibles con el ars amandi o los rituales amatorios y el refinamiento erótico. Una cosa no quita la otra, salvo en la tradición judeocristiana, desoladoramente pobre en ese aspecto.

Sí, el sexo es una actividad sagrada, algo en lo que todas las culturas humanas han estado de acuerdo hasta que llegó el materialismo mecanicista de Occidente. Un asunto tan importante para la psique del individuo y para la reproducción del cuerpo social no se puede tratar como un simple ejercicio físico. Hay todo un componente espiritual, magníficamente tratado por Evola en su Metafísica del sexo, que implica una ritualización, una trascendencia, un respeto. También hay una superación del sexo, un eros que va más allá, que ha provocado la mejor mística, la mejor poesía y las obras iniciáticas claves de todas las grandes culturas, desde los fedeli d’amore y los trovadores medievales hasta el Parsifal de Wagner, por poner un ejemplo europeo.

Decir que todo vale en el sexo, siempre que el consentimiento sea libre y los participantes mayores de edad, se ha convertido en un latiguillo que todo tertuliano repite en los medios de adoctrinamiento del Sistema. ¿Todo vale? ¿De verdad? Si lo vemos a través de la perspectiva animalística y brutalizada de nuestro tiempo sí, sin duda. Desde los años sesenta la ofensiva de la sociedad del espectáculo contra la persona, su degradación sistemática en individuo, en número, en factor de producción y consumo, implica una “liberación” sexual que va unida, no sin motivo, a la crisis de la institución familiar y a la caída de la reproducción demográfica en Occidente. Más sexo, menos hijos. Más promiscuidad, menos familia. Y la familia es el gran baluarte contra el que aún se estrellan los mecanismos ideológicos del poder mundialista, el factor que queda fuera de control, donde los padres pueden transmitir a su descendencia valores que no admite la ideología de la corrección política, cuyo fin último es arrebatar la patria potestad a los padres para dársela a la sociedad. El triste caso de Alfie, el niño ejecutado por médicos y jueces en Gran Bretaña, es un horripilante ejemplo de ello.

El sexo sin represión, desbocado, sin cauces y tabúes que lo dominen, es un arma perfecta de esclavización y de dominio de las masas. La pornografía se ha convertido en el instrumento predilecto del Sistema, en un educador sexual al alcance de cualquier adolescente que navegue en la Red. Es curioso que unas autoridades tan dadas a censurar y suprimir lo ideológicamente incorrecto de Internet ignoren, sin embargo, la inundación de porno que anega el ciberespacio. En primer lugar, es negocio. En segundo, es el instrumento esencial para degradar a la población, hipnotizarla, embrutecerla. Si desde muy temprana edad un muchacho se ve sometido a semejante bombardeo de estímulos sexuales, ¿qué creerá que es lo normal? Más aún si la normalidad, según sus educadores de género pagados con fondos públicos, es todo aquello que sea libremente consentido.

 La realidad también ha entrado en crisis. El homo ciberneticus confunde lo virtual y lo real. Y en el imaginario delirante, porque delirio es razonar sobre lo que no existe, el sexo tiene un puesto privilegiado. La fantasía se ha convertido en un fin objetivo.

Ha sido lugar común de toda cultura distinguir entre honra y deshonra. Ahora no: actividades que corresponden al mundo de las profesionales se fomentan entre las quinceañeras, a las que se les incita incluso a estar orgullosas de una actividad sexual que deberían realizar con mucha más cautela y ojo crítico. Por fortuna, los instintos también ejercen como moderadores naturales y la prudencia aún sigue imponiéndose.

Siempre se ha tolerado que cierto tipo de conductas aberrantes para la sociedad se liberen de forma semiclandestina. Sin los burdeles y la prostitución organizada como un gremio hubiera sido imposible la formación de la familia, igual que sin el verdugo y el sacerdote no se puede construir una sociedad civilizada. Pero eso no hacía de semejante actividad algo digno de encomio. Hoy se glorifica y se estetiza la prostitución virtual y se persigue la real en las ventoleras de terrorismo feminista, que sirven de magníficas fachadas de propaganda institucional (al día siguiente, business as usual). Lo que los anglosajones denominan slutty está de moda y hasta las protagonistas de las series de Disney se recrean en ese look, fomentado por todos los poderes. La promiscuidad aleja a las masas de pensar en otras cosas. Es una carnaza que ceba y empacha a la chusma. Cuanto antes se le coja el gusto, mejor.

El resultado de todos esos factores son las manadas o piaras de esta Circe moderna que es la anómica sociedad europea. Cuando un puñado de neandertales hace lo que hizo con una muchacha en esa orgía etílica y masiva en la que han degenerado los sanfermines (léase Plaza del Castillo, de García Serrano, para saber cómo eran los sanfermines cuando eran fiesta y no aquelarre batasuno), incluso en el caso de que fuera todo consentido y “legal”, se está cometiendo un pecado, se está profanando de manera brutal algo que por íntimo, por sus delicadisimas consecuencias psíquicas, por su violación de algo que es sacro, debe realizarse de muy otra manera. Los chimpancés que cometieron semejante barbaridad han hecho del porno una guía de conducta, de la fantasía de los instintos sin reprimir un valor moral. Han llevado al extremo la genitalización de una actividad que necesita de la sublimación y del tabú incluso para las transgresiones, que son siempre aisladas, personales, clandestinas (de ahí su atractivo). Resulta aún más grave el hecho de que los que han perpetrado semejante hecho son “militares”, productos típicos de los ejércitos democráticos, donde los códigos de honor y de caballerosidad se sustituyen por la legalidad y el reglamento. Hay conductas que por muy legales que sean deshonran. El que porta la espada se debe a un código de honor que va más allá de los incontables y superfluos códigos que ahora rigen la servidumbre de las armas. El uniforme se lleva siempre.

Hay una palabra muy pasada de moda, intempestiva, a la que tarde o temprano tendremos que volver si queremos salir de este cenagal: se llama honor y no lo rigen leyes escritas ni depende su concepto de las mayorías sociales. Más honor supone más deber. Cuando la gente es bien consciente de él, se vive en una sociedad civilizada y no en una horda.

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