El hombre sin Dios.

Un “deber ser” necesita un camino, una dirección, reglas; y ése es precisamente el motivo del rechazo a la metafísica: que impone una ley. Una ley natural, no dictada por el hombre, sino presente en él.

La historia de los últimos quinientos años del pensamiento occidental es la crónica de la rebelión contra la metafísica. El pensamiento metafísico nos sugiere un fin, un “deber ser”, no por imposición externa, sino por vocación interna. Obviamente, un deber ser necesita un camino, una dirección, reglas; y ése es precisamente el motivo del rechazo a la metafísica: que impone una ley. Una ley natural, no dictada por el hombre, sino presente en él del mismo modo que la fisiología está presente en su cuerpo.

Así como Bacon y los empiristas ingleses llamaron “idola [ídolos]” a las leyes morales, así como los iluministas las llamaron “supersticiones” y los románticos “convenciones”, del mismo modo nosotros las llamamos “construcciones sociales”. Liberémonos de la esclavitud de las normas morales y religiosas –nos repiten desde hace cinco siglos– y seremos finalmente felices; “liberemos nuestro verdadero yo”, “expresemos nuestra personalidad” y todo mal sobre la tierra dejará de atormentarnos, viviremos en paz y alegría. Seamos espontáneos, como lo son los pueblos que no han sido envenenados por las normas morales, y el mal desaparecerá del mundo.

Esta idea contagió también a la Iglesia. Hace unos años estaba de moda sustituir palabras que sonasen latinas por palabras que sonasen griegas: homilía en vez de sermón, presbítero en vez de sacerdote, catequesis en vez de doctrina. El rechazo –en ocasiones violento– al latín tenía este significado: volvamos a la Iglesia de los orígenes, no contaminada por el pensamiento escolástico (metafísico).

En los casos más extremos, esta tendencia se convertía en un rechazo a lo griego: la Iglesia de los orígenes no sería la de los primeros siglos, sino la de los apóstoles: los apóstoles celebraban vueltos hacia el pueblo, los apóstoles comulgaban en la mano…

Y poco importa si la Providencia consideró necesario que el Evangelio se embebiese del pensamiento griego, puesto que el logos que los griegos situaban en el centro del universo no es sino el Logos del preámbulo del Evangelio de San Juan: Jesús. Poco importa que la Providencia hubiese dispuesto que el Evangelio llegase a Roma, caput mundi, “por lo que Cristo es romano” (Dante, Divina Comedia, Paraíso, XXXII). Por lo demás, como demuestra la Eneida, los romanos se consideraban en cierto modo griegos. La tradición greco-romana-escolástica es metafísica, esto es, normativa; por eso debe ser rechazada.

Esta posición, al menos en su versión mainstream, incluye dos grandes ingenuidades.

La primera es pensar que se pueden destruir los fundamentos del edificio de Occidente sin que éste se derrumbe. No nos gustan las normas morales que protegen a las mujeres, así que las abolimos; pero no queremos renunciar a sus frutos, la protección de las mujeres. No nos gusta la defensa a ultranza de la dignidad de la persona humana; sin embargo queremos mantener los “derechos” que se fundan sobre esa dignidad. Queremos las consecuencias del pensamiento metafísico, pero no los costes que impone. Como si un mundo pre-griego, pre-romano o pre-escolástico hubiese podido darnos la ciencia y el derecho… como si existiese algo en este mundo que mereciese nuestro precioso tiempo fuera de esa tradición. ¿Qué sería de Occidente y del mundo sin Roma? ¿Sin Dante, Giotto y Caravaggio, sin la notación musical y la polifonía sacra? ¿Es tan difícil comprender que aquello que nos nutre no es fruto espontáneo de la tierra, sino la consecuencia de tres mil años de estudio, sacrificio y oración?

La segunda ingenuidad se llama etnocentrismo, o eurocentrismo. Ese perezoso y delirante pensamiento según el cual los demás pueblos son “como nosotros, pero mejores”. Se nos va la memoria a los viajes utópicos a islas lejanas de los iluministas, o de los antropólogos culturales del siglo XX… a los habitantes de las islas oceánicas o a los habitantes del África negra, retratados como ángeles inocentes y puros, libres y felices.

Aclaremos enseguida que no se trata de una cuestión de raza, ni de color de la piel, ni de código genético. No es una cuestión de “materia”, sino de “forma”: quien no es griego-cristiano-escolástico carece de nuestra “forma”. No es posible “sustituir” a millones de greco-cristiano-escolásticos abortados o no concebidos por personas que no saben dónde está el Logos.

El caso de Pamela, la joven de Macerata víctima de una inconcebible violencia (por parte de africanos que nunca han conocido el Logos y de italianos que lo han rechazado) puede despertarnos cruelmente de este sueño.

He ahí al hombre sin Logos, he ahí el “estado de naturaleza” pre-greco-romano-escolástico, he ahí al hombre liberado del juego de las normas morales y religiosas, de los “idola”, de las “construcciones sociales” y de los “estereotipos”. He ahí el paraíso terrenal invocado desde hace siglos: estupro y homicidio.

Nietzsche lo había escrito.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

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