La Bestia sigue creciendo.

Sertorio
De nuevo unas elecciones en Uropa y de nuevo Bruselas metiéndose donde no le llaman. En este caso, lo que ha provocado las amenazas de los eurócratas es la declaración de un dirigente de la Liga Norte italiana de que hay que defender a nuestra civilización y a la raza blanca de la invasión en curso, esa que el señor Juncker considera insuficiente porque se cuentan los recién llegados sólo por cientos de miles y no por decenas de millones.

En esta ocasión no ha sido el inefable Juncker el que ha puesto el grito en el cielo, sino Pierre Moscovici, comisario de Economía, quien ha alertado del “riesgo” que supone para Uropa el que los italianos voten. Como siempre, esta advertencia proviene de un tecnócrata al que nadie ha votado y que de nada responde ante nadie (excepto Lehmann Brothers). Por eso, para él, es un “riesgo” que los italianos voten lo que no deben.

Más le vale a los oligarcas mundialistas y a sus burócratas bruselenses irse acostumbrando a que la gente no piense como ellos. Llevan años de sobresaltos y disgustos cada vez que se convocan elecciones en algún Estado miembro y su arrogante Unión “Europea” parece sorda y ciega ante la angustia de los nativos del Continente, que ven con toda claridad la amenaza cultural y social que toma cuerpo con cada contingente de nuevos europeos que es acogida y privilegiada por los negreros de la Comisión. Ellos no quieren que lo veamos, pero resulta tan claro para quien no está idiotizado por los omnipresentes medios de adoctrinamiento del Sistema, que ya es imposible tapar los fenómenos que suceden todos los días en nuestras ciudades, en nuestros barrios, en nuestros centros de trabajo.

El más significativo, el que sólo pueden obviar los que están interesados en ocultarlo, es la islamizacion de Europa, que puede ser comparado con las grandes migraciones de los siglos finales de Roma, una Völkerwanderung a la que no se ha opuesto la menor resistencia, sino que se fomenta abiertamente. ¿Por qué? Porque una sociedad de clases medias no es rentable para la oligarquía financiera que dirige la Unión “Europea“: les resulta demasiado cara y exigente. Por eso hay que permitir que su nivel de vida se hunda y que se proletarice al estilo chino o indio, que sí son países competitivos. La única forma de convertir Europa en un paraíso de las ventajas comparativas es ahorrar en el precio de la fuerza de trabajo. Hacerlo de forma rápida y contundente produciría la quiebra política del Sistema y el fin del dominio de la oligarquía mundialista. De ahí que se deje entrar sin restricciones a la población del Magreb, de Oriente Medio y del África islámica. La importación de mano de obra barata y sumisa permite rebajar gradualmente los costes laborales y crea un ejército de reserva que poco a poco precariza y abarata el empleo. Cuantos más vengan, mejor. Resultado: Europa está repleta de mezquitas y los poderes públicos colaboran alegremente en la expansión del islam. Mientras, los ulamas wahabíes animan a las mujeres para que aumenten su prole. Europa será Dar al Islam en menos de cien años y sin necesidad de pegar un tiro. Y los tecnócratas de Bruselas dándoselas de listos: cualquier mulá de mezquita de barrio tiene más sentido de la historia que esos contables de la Comisión, tan arrogantes como estúpidos.

Pero no se trata sólo de dinero, aunque ése es el fin supremo de los valores democráticos. La Unión llamada “Europea” se ha consagrado desde su inicio a combatir la conciencia nacional de los pueblos que la componen, a perseguir sus señas de identidad, a pisotear sus particularidades y a fomentar una cultura de izquierda postmarxista combinada con una economía liberal extrema. Esta oligarquía de Bruselas está comprometida en un etnocidio light de los pueblos nativos de Europa; su propósito coincide con el maltusianismo de la ONU, ideología obligatoria para todo el orbe, y sus señales definitorias son tanto el antinatalismo y la ideología de género como el libre mercado. Decir UE es decir aborto obligatorio y proscripción de la virilidad, persecución de la familia nativa y destrucción de los valores que durante miles de años han conformado el esqueleto de la sociedad europea, tanto en el derecho romano como en el germánico: las relaciones familiares y comunales. La aniquilación de las estructuras básicas de la nuestra civilización es uno de los fines de Bruselas, que pretende sustituir con el mero nihilismo del mercado toda una cultura milenaria. Tampoco es de extrañar este entusiasmo destructor de las autoridades de Bruselas cuando la supuesta máxima autoridad espiritual de Occidente, el Papa, es el primer dinamitero de la identidad europea, con su apoyo sin restricciones a la emigración islámica incontrolada. No creo que nadie lo dude: Bergoglio es el Papa de los Estados Unidos y del globalismo; de ahí sus loas permanentes en una prensa del Sistema caracterizada por su hostilidad de principio contra la Iglesia.

Como en otra Unión felizmente fenecida (la soviética), este poder totalitario y transnacional se siente amenazado por los nacionalismos, por la conciencia que tiene una comunidad popular de su ser, de su existencia como unidad de destino. Esperemos que en breve las instituciones “europeas” acaben, igual que el PCUS y el Soviet Supremo estalinianos, arrojadas al muladar de la historia y olvidadas para siempre. Bruselas es la enemiga de la soberanía popular: todas sus instituciones se caracterizan por su hermetismo, su espíritu despótico típico de las tecnocracias y su neroniana indiferencia ante la suerte de los pueblos. Fíjese el lector en el poder del Banco Central Europeo, institución libre de un control político eficaz y que manipula a su antojo la moneda común. O en los comisarios a los que nadie elige. O en la patética ineficacia de ese cementerio de elefantes políticos que es el inútil Parlamento de Estrasburgo, dorado retiro de los trastos viejos de nuestras partitocracias. Todo en la Unión “Europea” está concebido para poner sordina al sentir de los pueblos.  

Europa ha pasado de sueño a pesadilla; de proyecto común a cárcel de los pueblos; de esperanza de prosperidad compartida a coto privado de usureros y especuladores. Las naciones lo notan y protestan. De ahí que la UE sea cada vez más totalitaria, más intolerante, más radical y agresiva, tanto hacia dentro como en sus relaciones externas (véase su proceder en Ucrania, por ejemplo). El endurecimiento del régimen oligárquico de Bruselas se delata en sus intromisiones mafiosas en las elecciones nacionales, de las que el caso de las presidenciales francesas del año pasado fue un ejemplo bochornoso. Hostil por sistema a todo gobierno que se preocupe por sus intereses nacionales, Bruselas amenaza a Viena, Budapest y Varsovia y sanciona a Moscú. Eso sí, todo son reverencias y zalamerías con Arabia Saudí y los despotados del Golfo Pérsico, por no hablar del amo yanqui.

Desde luego, el reino de Ibn Saud es un ejemplo para Juncker y Moscovici: allí no existe el “riesgo” de que la gente no vote lo que está mandado. Que no se preocupen nuestros gauleiters: todo llegará. En menos de cien años Uropa se convertirá en Eurabia Saudí y no tendrá que votarse nada. Entonces ya no habrá “riesgos”.

 © www.elmanifiesto.com

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