Contra el Independentismo Catalán.

Roberto Centeno

A la victoria del primer día [en el cruce del Ebro por el ejército republicano] se mezcla la traición de los separatistas de la Generalitat”, clama un Negrín decidido a aniquilarlos;

“No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio sino que exalto las que poseen otras regiones, pero por encima de todas esas peculiaridades, España”.

La declaración de guerra al separatismo catalán por parte de Negrín terminaría con estas frases más contundentes aún si cabe: El que se oponga a la política de unidad nacional debe ser cesado de su puesto fulminantemente. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición de la que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no consiente disminución”.

En su conocido libro ‘Guerra y vicisitudes de los españoles’, el socialista vasco Julián Zugazagoitia, ministro de la República durante la Guerra Civil, hizo una crónica “por si tiene alguna utilidad para quienes deseen conocer, serena y fríamente, la historia de la guerra”. Aparte de describir con detalle la traición a la República del PNV, lo que permitiría a Franco tomar Bilbao y luego Santander con muy escaso esfuerzo, recoge la opinión de Juan Negrín, presidente del Gobierno de mayo del 37 a marzo del 39, maestro de Severo Ochoa y el hombre más inteligente y honesto de la República, sobre los separatistas catalanes; algo que el guerracivilista, anticristiano y antisemita de Pablo Iglesias ignora como ignora casi todo, o igual que Pedro Sánchez, otro iletrado para quien España, la unidad nacional mas antigua de Europa, resulta que es una nación de naciones.

Zugazagoitia subraya  que “el propio Azaña no se hubiera expresado con más vehemencia”. Azaña, que no tenía ni de lejos la categoría humana e intelectual de Negrín —“No cree en nada, carece de fe, todo lo ve perdido. Se interesa, en cambio, en las cosas más mezquinas y menudas. Está en los menores detalles de su comodidad o de su pasión, lo demás no cuenta para él”, decía Zugazagoitia de su jefe y correligionario en 1937—.

En este tema, los dos presidentes eran irreductibles y así lo expresaba Azaña: “Yo nunca he sido patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga poderes, dinero y más dinero“.

El responsable de Orden Público, Paulino Gómez, quería encarcelar a la Generalitat al completo. Si el Frente Popular hubiera ganado la guerra, a los separatistas vascos y catalanes a quienes consideraban una banda de traidores y cobardes, después de lo ocurrido en Bilbao, Santoña y Laredo en 1937 y durante la batalla del Ebro en 1938, les habrían pasado a cuchillo. Todo lo contrario que los izquierdistas actuales, solo preocupados en resucitar rencores y resentimientos, unos enanos al lado de aquellos gigantes. Franco, por su parte y presionado por la Santa Sede, amnistió a la mayoría; una presión tanto más inaudita de la jerarquía católica cuanto que el propio Zugazagoitia relata también una conversación con el presidente de la Generalitat Companys, en la que este genocida se jactó de haber “exterminado a todos los curas, frailes y monjas de Cataluña”, y ahora resulta que la mitad de la jerarquía catalana está con sus asesinos .

Zapatero y Rajoy, la antítesis de Negrín y Azaña.

Al contrario que sus predecesores, Zapatero y Rajoy fomentan decididamente, con la irresponsabilidad y cobardía que les caracteriza, el separatismo catalán. Primero Zapatero, un irresponsable absoluto, diría que aprobaría cualquier Estatut que les enviara el Parlamento catalán, y así lo hizo. En su artículo primero, el Estatut afirmaba que Cataluña era una nación, algo que no ha sido jamás, nunca en su historia ha sido independiente y menos una nación. En sentido contrario, se permitían el disparate oceánico de afirmar que España no lo era, es decir, la unidad nacional más antigua de Europa, creada en el siglo VI por los visigodos y reafirmada en el siglo XV con la total derrota y expulsión de los invasores musulmanes, que sería un gran Imperio durante tres siglos, resulta que no era una nación porque así lo deciden cuatro pueblerinos iletrados.

Rajoy ha mirado para otro lado desde el principio ante los incumplimientos flagrantes de la ley y ante la preparación con luz y taquígrafos de la sedición.

No solo eso, todo el arco parlamentario de socialistas, comunistas y nacionalistas apoya la aprobación de ese engendro, lo que es una muestra clara de la inaudita degradación sufrida por la clase política, que reniega así totalmente de lo que era la posición irreductible del PSOE y del PC cuando ambos eran partidos políticos con una ideología y una visión clara de España, y hoy convertidos en meras bandas mafiosas sin otra ideología que el poder, sin programas económicos y políticos que se tengan en pie, y sin visión alguna de España.  A uno le entristeció particularmente en su día ver cómo políticos de casta como Alfonso Guerra, que hoy claman por la aplicación del art. 155, votaban a favor de tamaño disparate.

El siguiente y mucho peor aún que Zapatero fue Rajoy, el líder político más cobarde de Occidente. Rajoy había prometido durante su campaña electoral enviar a los ‘hombres de negro’ (intervenir) a todas las CCAA que no cumplieran los objetivos de déficit, pero en lugar de ello les daría todo lo necesario a coste cero para que siguieran despilfarrando, más de 220.000 millones de euros a día de hoy.  De este dinero, la parte del león, más de 70.000 millones, se la entregaría a los separatistas catalanes para que financiaran cómodamente la independencia, abrieran embajadas y persiguieran todo lo español. Rajoy miraría para otro lado desde el principio ante los incumplimientos flagrantes de la ley y ante la preparación con luz y taquígrafos de la sedición, algo que no ha ocurrido jamás en ningún otro país.

La mera provocación, conspiración o proposición para la sedición es ya un delito (art. 548). Rajoy y su Gobierno han permitido que se consume el delito.

Como acusa García Trevijano, “esto no es ponerse de perfil, como dice Sánchez, tan desleal a España como al socialismo, es que jamás en la historia de los pueblos civilizados un presidente del Gobierno ha cometido un delito tan grave como flagrante, al erigirse en colaborador necesario de la conspiración y la proposición para la sedición. Según los artículos 544 y siguientes del Código Penal, el delito de sedición aunque no se consume tiene penas de cárcel de ocho a 10 años, y de 10 a 15 si fueran personas constituidas en autoridad. Según la jurisprudencia del Tribunal Supremo, para que el delito esté consumado no es necesario que haya logrado los fines propuestos, porque es un delito de tendencia y de mera actividad”.

La mera provocación, conspiración o proposición para la sedición es ya un delito [art. 548]. Rajoy y su Gobierno han permitido que se consume el delito, es decir, no han hecho nada para impedir la sedición de Cataluña aunque no haya sido consumada. Rajoy ha claudicado en la defensa del imperio de la ley y de la democracia, algo por lo que debería ser destituido y procesado. Es el más grave de todos los crímenes políticos concebibles. Algo que como es un delito infraganti debe impedirlo cualquier autoridad, particularmente jueces”.

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