Multiculturalismo y masonería.

Angela Pellicciari

Los islamistas no quieren convivir, quieren dominar. En nombre de Alá. Y, hay que reconocerlo, tienen razón.  Hacen bien en desenmascarar el buenismo de nuestra ingenuidad multicultural.Hace algunas décadas, estando en la peluquería, me puse a hojear una revista en papel cuché donde se exaltaba la belleza del multiculturalismo tipo neoyorquino, cuya difusión se deseaba para todos los rincones de la tierra. Era la primera vez que veía afirmado como bueno semejante estilo de vida y me costó entenderlo. Se me escapaban los términos del discurso. Me quedé como en un limbo donde no comprendía en qué consistía la gracia de poner a lado, una junto a otra, todas en el mismo plano, diferentes culturas, religiones, convicciones. Estaba ingenuamente habituada a pensar de otra manera.

Con el tiempo, me he hecho mayor. Desde entonces hasta hoy, aparte un pequeño número de personas (periodistas, intelectuales, sacerdotes), nadie ha defendido nuestra cultura, nuestra religión, nuestra tradición como la mejor de todas. Nadie salvo, en alguna ocasión solitaria, Silvio Berlusconi. Naturalmente, recibido por la burla general. Había hablado el impresentable, el asilvestrado, el tonto del pueblo.

Hoy algunos comienzan, paso a paso para no hacer demasiado ruido y para no tener que practicar abiertamente la autocrítica, a dar marcha atrás. Enough is enough [¡Ya está bien!], planteó Theresa May. Hoy ya lo escriben varios: el multiculturalismo ha dado al islam la posibilidad de crear oasis protegidos de los que partir para sembrar el terror y subyugar a las sociedades abiertas y tolerantes, dispuestas a aceptarlo todo. Y de hecho, en nombre de la igualdad y de la equivalencia entre todas las opciones de vida, se ha permitido que se constituyan en Europa enclaves islámicos en los que rige la sharia, a menudo la poligamia, en los que cincuenta mil jóvenes han sido “purificadas” con mutilaciones genitales, en donde se practica la concertación de matrimonios con niñas o el asesinato de quienes se convierten. En Gran Bretaña, pero no solo allí, se ha llegado a permitir una red que durante años organizó la sodomización de jóvenes por parte de paquistaníes ricos. Red que la policía, al corriente del negocio, se cuidó muy bien de desmantelar para no arriesgarse a ser acusada de racismo islamófobo.

En nombre del multiculturalismo hemos aceptado estilos de vida bárbaros de los que nuestra cultura cristiana nos había liberado hace casi dos mil años.

La cuestión ahora es: ¿de qué fuente, de qué inspiración surgió y penetró en Occidente, por Estados Unidos y Gran Bretaña y desde allí un poco por todas partes, la convicción de que todas las religiones y culturas son equivalentes? ¿Quién la ha publicitado como la mejor de las opciones de civilización (expresión repetida como un mantra)?

En 1723 el pastor presbiteriano James Anderson escribe las Constituciones de los francmasones y especifica que “la masonería se convierte en el Centro de Unión, en el medio para conciliar una sincera amistad entre personas que de otra forma habrían estado distantes siempre”.

Gran Bretaña se prepara para gobernar un imperio tan grande como el mundo, extendido por todos los continentes. ¿Qué mantiene unido el imperio, como pegamento ideológico entre tradiciones y religiones muy diferentes, una vez excluida la evangelización, una vez excluida la fe? Si no hay una fe compartida, ¿qué une a la madre patria con las colonias? ¿Qué es lo que las hace compatibles? En ausencia de un mínimo común denominador religioso, se impone la necesidad de encontrar un mínimo común denominador de tipo cultural, y no hay duda de que el mundo de las logias tenía dispuesto un sólido denominador común de tipo cultural.

Cuando se habla de logias se habla de diversas “obediencias”, y de hecho en su interior rige la práctica de una férrea obediencia jurada. Cuando, por alguna razón, la obediencia decae, cuando no se consigue controlar una parte relevante de la población mundial y cuando ésta pone en peligro la convivencia de todos, entonces “enough is enough”.

Como estamos aprendiendo, los islamistas no quieren convivir, quieren dominar. En nombre de Alá. Y, hay que reconocerlo, tienen razón. Hacen bien en desenmascarar el buenismo de nuestra ingenuidad multicultural. Veremos cómo acaba.

Publicado en La Verità bajo el título “Marcia indietro fratelli”.
Tomado del blog de la autora.
Traducción de Carmelo López-Arias.

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