Las conexiones de Podemos con el Nuevo Orden Mundial.

En los últimos años, en casi todas las naciones europeas han surgido fuerzas políticas novedosas, de diversa raigambre, cuyo nexo común es el rechazo del multiculturalismo y de la pérdida de la identidad propia.

Apenas hay naciones en Europa donde no se haya manifestado, a raíz de la crisis que estalló en 2007, un rechazo contra el sistema de cosas existente. Pero, aunque sobre una base de depresión económica, la convulsión continental ha rebasado con mucho ese marco. Por eso la contestación no se ha limitado a los países en los que la crisis económica ha golpeado más fuerte, sino que se ha extendido ante la masiva llegada de desplazados procedentes del mundo musulmán.

La sensación es de desasosiego generalizado: el malestar no es solo económico, y quien se quede en esa dimensión –un clásico- revelará no entender nada de lo que sucede. La crisis es cultural, trascendiendo las causas económicas -aunque sean estas las que lo hayan puesto de relieve- hasta hacerse civilizatoria.

La contestación a esa crisis civilizatoria es de naturaleza soberanista, porque la partida que se juega es la que están disputando las fuerzas globalistas contra las soberanistas.

Y la izquierda ¿qué?

Ideológicamente, la izquierda ha quedado fuera de juego. Su postura al respecto del Brexit, de la elección entre Donald Trump y Hillary Clinton, o entre Macron y Le Pen, resulta lo suficientemente elocuente. Teñida en principio de una cierta ambigüedad, ha terminado por decantarse con claridad: contra el Brexit, contra Trump y contra Le Pen.

Eso, en términos objetivos, representa apoyar a la Unión Europea en su actual formulación, al poder de Washington y a las altas finanzas mundiales; es decir, a las elites internacionales, a quienes verdaderamente detentan el poder global. Dicho con toda claridad: la izquierda que fustiga a la casta en sus respectivos países, es el mejor soporte de la oligarquía transnacional.

Funcionalmente, hoy la izquierda desempeña un papel subordinado de justificación moral de los grandes intereses. Resulta muy ilustrativo su discurso apoyando la desbocada emigración que se traduce en precariedad para los asalariados nacionales. En tales condiciones, su presencia en el tablero político es imprescindible, por cuanto el nicho que ocupa en la “denuncia” del sistema no lo ocupan otros, que acaso pudieran representar un peligro mayor para este.

Pero ¿cuál es la Trama?

En las últimas semanas hemos oído hablar insistentemente de lo que, desde Podemos, se ha dado en llamar La Trama, un sistema de complicidades tejido desde las alturas en beneficio de la casta gobernante, gracias al cual esta mantiene una serie de privilegios costeados por el pueblo soberano.

Dicha trama es innegablemente cierta. Existe. El actual sistema de poder es, en realidad, un régimen creado y sostenido a mayor gloria de la coyunda financiero-político-mediática que lleva funcionando largas décadas; las partes que la componen se refuerzan mutuamente y velan porque ninguna de las otras flaquee hasta el punto de poner en peligro el conjunto.

Las denominadas “puertas giratorias” son una magnífica muestra de cómo funciona: una vez alguien es admitido en el círculo de “la casta”, forma parte de un sistema en el que va pasando de una responsabilidad a otra, de una sinecura a otra, de un cargo a otro. Se puede ser presidente del Senado, ministro de Industria, delegado del Gobierno y eurodiputado, sucesivamente, sin que a nadie se le altere un músculo. Terminada la carrera política, se ingresa en el consejo de administración de una eléctrica a cuyas convocatorias apenas se acudirá una vez al año. El salario, eso sí, multiplica con facilidad por veinte el SMI.

Todo eso es cierto. Ahora bien: lo que Podemos denuncia como “La Trama” es un casino de provincias al lado de lo que se cuece en los grandes organismos de decisión mundiales, desde la ONU a la Trilateral, pasando por la Troika y Bilderberg.

Y ¿cuál es la relación de la fuerza de extrema izquierda con esa supercasta transnacional? Si la existencia de una clase política, mediática y financiera en España parece irritar tan agudamente a Podemos, es de suponer que dicha situación a nivel internacional debiera producir un inequívoco posicionamiento de rechazo visceral.

¿Es así? El comportamiento de Podemos no lo avala.

Protegiendo a Juncker

Un par de años atrás, el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, fue arrinconado por las acusaciones de corrupción fundamentadas en la existencia de acuerdos fiscales de carácter secreto entre Luxemburgo y unas 340 multinacionales (algunas como Deutsche Bank. AIG, Pepsi o Ikea) con el objetivo de rebajar sus impuestos, siendo Juncker primer ministro del país.

En el parlamento europeo, el partido de Pablo Iglesias puso el grito en el cielo ya que las acusaciones al presidente “ponen en entredicho la neutralidad y transparencia que se espera de la Comisión Europea”, que es, justamente, el organismo que “debería investigar y depurar cualquier posible falta”.

Muchas otras fuerzas políticas sostenían idéntico criterio. Por eso, el grupo Europa de la Libertad y la Democracia, presentó una moción de censura contra Juncker. La formación, liderada por Nigel Farage (UKIP), y por los seguidores del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, a los que se les habían sumado los diputados del Frente Nacional francés, plantearon retirar la confianza al presidente de la Comisión, pues las acusaciones eran firmes y serias.

Populares, liberales, socialistas y verdes se agruparon en torno a Juncker para protegerle de las imputaciones, arguyendo que la iniciativa “procedía de la extrema derecha y debilitaría a la UE.” Por su parte, desde Podemos se olvidaron de su cruzada contra la corrupción y, teniendo que elegir entre este y respaldar la iniciativa de Farage, su elección no dejó lugar a la duda; prefirieron la corrupción de Juncker antes que la iniciativa de Farage.

A la formación de Pablo Iglesias no le importó lo más mínimo que Juncker hubiera facilitado a las grandes empresas “el pago de impuestos al 1%”, tal y como los propios ultraizquierdistas habían denunciado.

El pretexto para proporcionar impunidad a Juncker fue el de no secundar la propuesta del grupo Europa de la Libertad y la Democracia.

Podemos y Botín

No era, desde luego, la primera vez que Podemos manifestaba sus vínculos con la oligarquía transnacional…o nacional.

Las bases de Podemos se convulsionaron cuando, en enero de 2015, Jesús Montero, actual secretario municipal de Podemos en Madrid y procedente del PCE, se descolgó con unas palabras que eran algo más que un lapsus: “No todos los empresarios son iguales. Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir al bienestar social, como la familia Botín en el Banco de Santander (…) seguro que Ana Botín se vería con Pablo Iglesias y hablarían de estas cosas…”

Dichas declaraciones no eran algo inédito en el ámbito podemita. Ni mucho menos. Dos meses antes, en noviembre de 2014, el propio Pablo Iglesias, un tanto sorprendentemente, se había negado a considerar casta a Patricia Botín: “será casta” reculó “cuando llame a un dirigente político para decirle lo que tiene que hacer”.

Pero el amor entre Podemos y Botín no es unidireccional. Ana Patricia Botín había dejado bien claro que no consideraba a Podemos amenaza alguna, en declaraciones efectuadas al Confidencial Digital unos días antes que las de Iglesias, porque “todos los partidos y la banca tienen un interés común”.

No es difícil inferir que existe una esfera de intereses comunes.

El amigo griego

No están lejos los días en que Pablo Iglesias se afanaba en hacerse fotos abrazado con Alexis Tsipras y compartir mítines con él. Por entonces, Iglesias pretendía que la identificación era completa; y, a la vista de que hoy sabemos, quizá eso era más cierto de lo que sospechábamos.

Así que bastaría con que observáramos la evolución del gobierno de Tsipras en Grecia para entender buena parte de lo que está pasando.

Llegado al poder en loor de multitud, justamente por oponerse a las políticas de la Troika europea, el dirigente de Syriza ha ejecutado unas políticas de las que renegaba hace apenas tres años, traicionando a toda su base social. La transformación ha sido tan radical que hoy nadie niega que se ha convertido en el chico de los recados de Bruselas.

Y es que sus políticas nada tienen que envidiar a aquellas que decía combatir cuando aspiraba a la presidencia. Tsipras ha incrementado el IVA en alimentación, transporte público y electricidad, ha bajado las pensiones de un tacada un 18% -las ha recortado hasta doce veces- y respaldado las privatizaciones impuestas por Bruselas. Estas medidas no han evitado que el paro supere el 24%, y eso que la precariedad laboral se ha convertido en la norma en el país heleno (proliferan los empleos temporales que ni siquiera alcanzan los 400 euros al mes).

Lo que Tsipras ha conseguido es subyugar la protesta del pueblo griego contra la Troika. Los paganos del proyecto transnacional en que los gobiernos griegos sumieron al país, se sienten abandonados, con toda razón. Nadie parece, sin embargo, heredar a la frustrada política de Syriza dado el maximalismo y la inflexibilidad de formaciones como Amanecer Dorado y la complicidad del nacionalismo conservador.

La satisfacción, hoy, en Bruselas, es palpable.

Un proyecto contra el soberanismo

La propuesta de Podemos nada tiene que ver con la defensa del soberanismo. Al contrario, Podemos ha mostrado no pocas veces el desprecio que este le merece. Porque la defensa del derecho de autodeterminación que sostiene para las llamadas “nacionalidades“ en el interior de España implica el desprecio a la soberanía nacional. Lo cual no es extraño. No puede defender el soberanismo quien no considera un valor el mantenimiento de la identidad.

Que Podemos no defiende la soberanía hacia dentro, es claro y nadie podrá negarlo; pero es que tampoco la defiende hacia fuera. Así, cuando se produjo el Brexit, Iglesias lamentó la recuperación que los británicos hicieron de su soberanía: “Es una mala idea que los ingleses no sigan con nosotros”.

Resulta evidente que lo que Podemos defiende no tiene nada que ver con la soberanía. E incluso que es todo lo contrario. Basta con escrutar su programa “Hay alternativas” para darse cuenta con meridiana claridad. En él, se recogen iniciativas como la de “constituir un gobierno mundial que permita compensar y reducir el poder de los grupos privados internacionales, así como facilitar la instauración de un mundo diferente.”

So capa de defensa de las derechos, insiste en que la ONU debe asumir las competencias ejecutivas “para la adopción de decisiones en materia económica y financiera, y siempre subordinando sus decisiones a la Declaración de Derechos Humanos”.

¿Antiglobalización?

También con las elites globalizadoras

Pero las connivencias de Podemos no se limitan a la oligarquía nacional. Lo mismo puede decirse de su respaldo a la elite transnacional. Tanto Podemos como sus aliados comunistas de IU han mostrado un entusiasta respaldo a algunos de sus principales representantes. Es el caso de George Soros, promotor del movimiento antiglobalización, de la oposición a Trump y de la emigración desde el Próximo Oriente a Europa, por citar unas pocas de entre sus muchas de sus actividades.

Alberto Garzón ha escrito de Soros que “es también un filántropo, es decir, una persona que dona gran parte de sus ingresos y riqueza a causas solidarias. Al estilo deBill Gates. Cabría esperar que, en cualquier caso, George Soros fuera un fanático defensor de un sistema y de una forma de concebir la economía que tanto beneficio le ha proporcionado en las últimas décadas. Sin embargo, en realidad Soros se declara adversario del pensamiento económico convencional y de la des-regulación financiera desmedida. Pero sobre todo, Soros realiza el valor explicativo de la teoría económica marxista. Ni más ni menos”.

Todas estas relaciones de Podemos ponen de relieve que, al contrario de lo que algunos presumen, su proyecto aspira a poner la sociedad española en manos de organizaciones transnacionales. Por supuesto, eso incluye terminar de convertir la democracia en una farsa, puesto que ceder la soberanía implica que las decisiones se tomen en otras instancias.

De modo que, lo que los españoles decidamos, será irrelevante.

Fuente: La Gaceta

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