E. Macrón, el candidato masón de la élite.

ENRIC GONZÁLEZ

Aunque Emmanuel Macrón se ha envuelto en un aura romántica, la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República surgió de una gigantesca operación de seducción que costó a los franceses 120.000 euros en comidas celebradas en un ático.

Francia no había asistido desde Napoleón Bonaparte a una carrera hacia el poder tan desenfrenada. Emmanuel Macron ha quemado etapas a velocidad de vértigo y, salvo una gran sorpresa, será presidente de la República el domingo próximo. Con 39 años. Sin otra experiencia política que dos años en un ministerio. Para conseguir una proeza de este calibre hacen falta inteligencia, ambición, carácter, audacia y suerte en grandes cantidades.

También hay que saber jugar sucio cuando conviene y fabricarse una cierta leyenda de hombre único y providencial. Macron ha demostrado poseer todas las cualidades y todos los recursos, desde los más brillantes a los más turbios. La zona oscura proporciona ciertos elementos para intuir su personalidad, a la vez rotunda y ambigua.

Emmanuel Macron se ha envuelto en un aura romántica. Es graduado por la Escuela Nacional de Administración e inspector de Finanzas, cierto, pero también pianista, poeta y filósofo. El hombre perfecto. El candidato de diseño. La filosofía le ha dado mucho juego para compensar su formación de tecnócrata y la tibieza de sus ideas políticas. En 2014, cuando François Hollande y Manuel Valls le colocaron al frente del Ministerio de Economía, declaró a The New York Times que su conocimiento profundo de Nicolás Maquiavelo le había ayudado mucho a orientarse en el laberinto de la política parisina. Por alguna razón, sus perfiles biográficos empezaron a incluir que había escrito una tesis sobre Maquiavelo. Nunca existió esa tesis. Sin embargo, se le considera un experto en Maquiavelo.

Sí existió su relación con Paul Ricoeur, un filósofo respetadísimo, fallecido en 2005. La hagiografía ha acabado convirtiendo a Macron en una especie de alumno predilecto de Ricoeur, en algo así como su heredero intelectual. El candidato cita constantemente a Ricoeur, el gran pensador de la responsabilidad moral. “Fue Ricoeur quien me empujó a hacer política porque él no había sido capaz de hacerla“, dice.

Pero Macron no fue siquiera asistente universitario del filósofo. Fue durante dos años su asistente editorial, el ayudante que buscaba documentación y realizaba las fichas bibliográficas para la última gran obra de Ricoeur, La Memoria, la Historia, el Olvido. Macron aprovechó ese contacto para colocarse en el consejo editorial de Esprit una influyente revista filosófica francesa, y para publicar en ella media docena de artículos sobre educación, abundantes en tópicos.

La verdad, poco heroica, es que Emmanuel Macron se licenció en Filosofía en la Universidad de Nanterre porque suspendió dos veces las pruebas de acceso a la selecta Escuela Normal Superior. También es cierto, como recuerdan sus compañeros, que en la época de aquellos exámenes fallidos empezaba a convivir con Brigitte Troigneux, su antigua profesora de teatro y futura esposa, 24 años mayor que él, y no prestaba toda la atención al estudio.

Tras graduarse en la ENA consiguió, gracias a Michel Rocard, el viejo patrón heterodoxo del Partido Socialista, fascinado por la brillantez y el desparpajo de aquel joven, un puesto en una comisión que estudiaba fórmulas para la modernización de la economía francesa. La presidía Jacques Attali, antiguo gurú económico de François Mitterrand. Attali respalda ahora su carrera política.

También dice cosas como la siguiente: “Macron sólo encarna el vacío“. Luces y sombras. En la comisión, Macron conoció a Peter Brabeck, presidente de Nestlé, y desplegó su poder de seducción. Macron ya trabajaba en la banca de negocios Rothschild. Dos años después, en 2012, Nestlé compró a Pfizer la división de alimentos infantiles por 9.000 millones de euros. Rothschild organizó la operación. Y fue el propio Brabeck quien involucró a Macron en ella.

El joven banquero fue bautizado por algunos periódicos como “el Mozart de las finanzas“. Otro alarde publicitario. En el libro Les Macron, Caroline Derrien y Candice Nedelec recogen el testimonio de un amigo: Macron le confesó que no había tenido tiempo de aprender cómo funcionaba el mundo de la banca y que su éxito con Nestlé se había basado en las relaciones públicas y en su amistad con Brabeck, no en los conocimientos técnicos.

Las relaciones públicas no siempre le han salido bien al prodigio de la política. En 2010 jugó sucio y perdió. El diario Le Monde, el medio más prestigioso de la prensa francesa, estaba al borde de la suspensión de pagos y sus propietarios, la Sociedad de Redactores, buscaban un comprador. Un día se presentó ante ellos un tal Emmanuel Macron, banquero de negocios en Rothschild, y les propuso asesorarles gratuitamente. Lo haría por amor al periódico que leía. Los redactores aceptaron y le pusieron al corriente de las dos principales ofertas, una encabezada por Pierre Bergé, cofundador de Yves Saint-Laurent, la otra compuesta por Perdriel, Orange y el grupo español Prisa, representado por su consejero Alain Minc. Los periodistas preferían a Bergé. Macron les aconsejó varias veces que esperaran, aun a riesgo de suspender pagos, y consideraran mejor la oferta de Prisa. Pasaron las semanas.

El juego terminó cuando varios miembros de la Sociedad de Redactores encontraron por casualidad a Macron en el despacho de Minc. Macron intentó esconderse en la azotea. Luego descubrieron que algunas de las propuestas presentadas por Macron habían sido redactadas en el ordenador del propio Minc. El periodista Adrien de Tricornot, entonces vicepresidente de la Sociedad de Redactores, hace un relato hilarante de su doble juego. Que, sin embargo, no ha pasado factura al fenómeno Macron. Bergé acabó quedándose con Le Monde y hoy apoya, junto a su antiguo rival Alain Minc, la candidatura de Emmanuel Macron.

François Hollande llevó al Elíseo a Macron en 2012. Se enamoró de su energía, de su labia, de su audacia. Pese a su larga experiencia en la maniobra política, Hollande nunca pensó que Macron fuera a traicionarle. Tras dos años como asesor, en 2014 le colocó al frente del Ministerio de Economía. Fueron los dos años que consagraron a Macron como nuevo meteoro político, pese a que sus resultados ministeriales (liberalización del mercado del trabajo, liberalización de los autobuses de larga distancia y 91.000 parados más) no fueran gran cosa. La clave, de nuevo, estaba en las relaciones públicas.

Durante sus últimos ocho meses en el cargo, entre enero y agosto de 2016, Macron gastó 120.000 euros en cenas celebradas en su apartamento privado, un ático acristalado ante el Sena encima del complejo ministerial de Bercy. Haciendo una división simple, salen 500 euros por noche. Los funcionarios de la oficina presupuestaria estaban asombrados. Comprobando facturas descubrieron que algunas noches había dos cenas, una detrás de otra. El movimiento de invitados y cocineros era frenético. Por el ático de Bercy pasó todo el que representaba algo en la política, las finanzas, la empresa, la comunicación y el espectáculo. Fue una gigantesca operación de seducción de la que surgió la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República.

En abril de 2016, cuando fundó el movimiento En Marche!, Macron logró convencer a Hollande de que no tenía ambiciones presidenciales. Y Hollande le creyó. Él mismo lo reconoce en el libro Un président ne devrait pas dire ça. Cuatro meses después, Macron dio el portazo a Hollande, dejó el ministerio y se lanzó a la campaña electoral.

El resto fue suerte. François Fillon, el candidato conservador, tenía ganadas las elecciones. Pero se descubrieron los empleos ficticios de su mujer, su afición a los regalos y su adicción al lujo, y su candidatura se desplomó. Macron, el joven brillante y audaz, el Napoleón del siglo XXI, estaba allí, en el lugar y el momento oportunos,para quedarse con el gran premio.

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