Marine Le Pen según Julio Anguita.

JULIO ANGUITA

“La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.” Esta conocida cita sitúa, más allá de los exégetas del metalenguaje, como centro del debate el conocimiento, el dato o la propuesta concreta, con independencia de quien o quienes las mantengan.

 

Todo análisis sobre una proposición o crítica debe ceñirse al hecho que se expone, bien para adherirse al mismo, bien para mostrar su rechazo.
Marine Le Pen ha afirmado recientemente que la UE ha muerto porque “ha fracasado en todos los ámbitos”. Sostiene esta afirmación con un bagaje de datos y hechos verificados diariamente: precariedad, crecientes diferencias sociales e ínter territoriales, etc. Su propuesta sobre una nueva construcción europea retoma la del general De Gaulle: “La Europa de las Patrias” y añade la promesa de hacer un referéndum en Francia sobre la permanencia en la UE.
Contra Le Pen se han desatado las furias e invectivas sin otra argumentación que su ubicación en la extrema derecha y su xenofobia. Los ataques ad hominen sustituyen a la respuesta razonada, la contrapropuesta superadora y el debate. Tampoco faltan quienes por comodidad interesada y/o manipulación meten en el mismo saco a quienes, estando a años luz de Le Pen, también denuncian la situación de la actual UE.
Vivimos inmersos en una cultura política deleznable que huye de la realidad porque ésta no se atiene al discurso oficial. La adscripción política deviene en fidelidad a unos colores, la cosificación y adulteración de la Historia o la sublimación de filias y fobias personales.
La generalidad de los medios incentiva y potencia esta cultura, haciendo de las propuestas un cómodo ejercicio de clasificación por espacios ideológicos, sin entrar en la realidad que denuncian. La Historia nos enseña que las posiciones ideológicas de Le Pen y otras terminan siendo asumidas por amplias capas populares, que abominan de quienes las han abducido con almibaradas simplezas encubridoras de una degradación de los derechos sociales y políticos.
© El Economista

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *