La verdadera libertad y el amor.

La libertad, más que la ausencia de condicionamientos exteriores y de una pluralidad de opciones y objetos de consumo, es la condición interior del hombre que se orienta a la verdad y al bien. Entonces es libre con una libertad que no se deja atrapar por la propia concupiscencia ni por el pecado, que debilitan para arrastrarnos a esclavitudes diversas.

El amor, más que un sentimiento, es una entrega abierta incluso al sacrificio, como respuesta a un amor de donación que se nos dio primero, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Incluye la afectividad, sí; pero realmente toca a toda la persona, le aporta luz y conocimiento y realiza su propio ser personal.

La libertad y el amor, vividos en su verdad más originaria y radical, se cumplen ampliamente en los santos. Nadie más libre que ellos, nadie amó mejor que ellos, por lo que realizaron al máximo su humanidad en Cristo.

“El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo.
 
El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible, y, por tanto, benévola y abierta.
 
Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres…
 
Ten la valentía de atreverte con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás” (Benedicto XVI).
 
Los santos pusieron en juego su humanidad completa, entregándose a Dios. En Él y por Él vivieron una libertad interior hasta entonces desconocida, la libertad de los hijos de Dios; en Él y por Él, vivieron un amor de entrega absoluta, porque situados tan cerca de Dios, supieron acercarse a sus hermanos, los hombres.
Arriesgaron, y fueron libres. Arriesgaron, y aprendieron a amar sin cortapisas. Por eso los santos nos descubren la verdadera libertad y el verdadero amor, y son ejemplo claro y exponente alto del verdadero humanismo cristiano.

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