El Ego y el Alma.

(“apuntes” a un artículo encontrado en Internet).

Es difícil encontrar a mujeres y hombres que no defiendan su ego a muerte. Ego es, para que nos hagamos una idea lo más simple posible, aquello que conforma casi totalmente nuestro carácter y modela el pensamiento y forma de actuar. El ego tiene mucho que ver con el programa social y cultural que recibimos desde la más temprana edad. En ese programa pesa mucho el tutelaje y la educación que nos ha dado la familia, en especial nuestros padres. El ego es, en esencia, el soporte y la estructura más importante que da forma a nuestra personalidad.

Un poco más allá  del ego, antes de que se origine éste y como esencia base del mismo, se sitúa el alma. Que, a falta de términos mejores, es como el núcleo que permite la conciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea, que, según algunos, se incorpora en el cuerpo unas cuatro lunaciones después de producirse la inseminación del óvulo.

En el alma se manifiesta con todo el esplendor la verdadera naturaleza humana, la legítima personalidad de un hombre. El ego no es más que una máscara que encubre al alma, relegándola a menudo a un segundo plano e incluso usurpando su natural soberanía. El ego no debería existir.  El ego actúa como un programa informático y lo denominamos reactivo porque reacciona según impulsos de input-output. Un ejemplo de acto reactivo es el resumido en la frase: “si tu me haces esto yo te contesto u actúo de este otro modo”. Si alguien me sonríe, yo sonrío, y si alguien se pone a llorar inmediatamente buscamos en nuestros archivos mentales modos de comportamiento que se ajusten a esa circunstancia concreta y le diremos las “típicas” palabras de consuelo y cambiaremos nuestro semblante. Desde luego, los infinitos matices de esta programación  los pone la educación social que hayamos recibido cada uno de nosotros. Las personas que han viajado mucho y, que por tanto han conocido otras culturas y modos de pensar, nos han indicado cuan diferentes pueden ser las costumbres de una nación a otra, especialmente las que profesan otras religiones y, por tanto, tienen otra teoría del mundo.
No obstante, estas mismas personas tan viajeras han observado que, pese a esas diferencias, las reacciones y pensamientos son bastante parecidos. Esta homogeneidad de programa reactivo se ha impulsado aún más en estos tiempos de intercambio cultural masivo a través de los medios de comunicación, la inmigración y el comercio internacional. Mediante el uso de ese mágico invento llamado televisión se ha conseguido introducir la “educación social” en nuestros hogares de manera más intensa y uniformizar aún más nuestras mentes para que sigan una única dirección.
Dentro del actual programa socio-educativo se ha dejado de lado una parte muy importante: el alma y el espíritu de las personas. Prácticamente se está haciendo un esfuerzo enconado desde hace siglos por “desalmar” a la humanidad y convertirnos en meros egos reactivos.
En el pasado, las religiones intentaban controlar el ego a través de la moralidad. La moralidad podríamos definirla como un conjunto de leyes para la conducta correcta, apoyada en un supuesto mandato divino, que se imponía a menudo con golpes de vara y con castigos severos (incluso la muerte) por quienes ostentaban entonces el poder.
Por supuesto, esta moralidad que habla de hacer el bien al prójimo y de ser buena persona en general, habría de hacer brillar nuestra alma en los pensamientos y actos de cada día, si no fuera porque,desde el principio, el ego es que el que programa las religiones y las conduce hacia un cometido diferente al que aparentan conducir. No se trata de liberar a la gente de la pesada carga de las obligaciones morales del ego, sino de “reforzar” el mismo (hacerlo más grande) y enviar al alma a lo más oculto y recóndito de nuestro interior.
¿Cómo se consigue esto? Enviando a nuestra mente un doble mensaje. Mientras se nos pide ser buenos chicos, los mismos que nos lo exigen actúan de modo contrario a lo que predican; e incluso sobrepasan la maldad que se puede esperar de un ser humano.
Esto, evidentemente, decepciona enseguida a la gente y produce una reacción de rebeldía que es aplacada inmediatamente con una violencia y fanatismo exagerado de nuevo, por parte de otros seres humanos que alcanzan y consiguen el poder.
 El Creador tenía unos planes espléndidos para el hombre y no esta “mierda” en la que nos encontramos ahora.
Todo lo que somos y hacemos no ha sido causado por una evolución natural sino por una manipulación de la naturaleza de las cosas y por ende de nuestro modo de interpretar la existencia,  perpetrada por el “enemigo” de las almas humanas, gracias a un maravilloso programa que denominamos: EGO.
Este programa se “instala” como un virus informático en nuestro interior, para intentar convertirnos a una sociedad de esclavos, sin esperanza de escapar a esta condición. Esta es la tara que todos sufrimos y que, como nos contaban de pequeños, se llama pecado original.
A veces, el ego comete tan grandes atrocidades que el alma acaba por retirarse casi del todo del Ser (humano), dejando apenas un delgadísimo hilo en el cuerpo que ocupa, para procurarse un mínimo de hálito vital que lo mantiene con vida.
Pero el alma, siendo un elemento inmortal en cuanto encuentra una pequeña ocasión, intenta manifestarse desde lo más profundo y volver a la situación de equilibrio natural. Todavía hay mucha gente con inquietudes, que se preguntan “quién soy, qué hago aquí, de dónde vengo y a dónde voy”. Buscan una contestación a estas preguntas existenciales.
El programa EGO también tiene rutinas y subrutinas que se encargan de que este tipo específico de personas sean bien infectadas: las religiones humanas siempre se encargaron de tratar de adoctrinar a las almas buenas, las cuales, si la programación salía bien, podían convertirse a su vez en eficientes programadores de otras.
Actualmente en Occidente, ante la decadencia de los cultos y religiones antiguas, ha nacido una nueva religión que no es diferente de las anteriores; se la denomina genéricamente como  religión de la Nueva Era, donde Dios es la Energía que anima el universo (un concepto panteísta bien conocido), los ángeles y santos son seres de otros mundos, sabios e iniciados, y la Virgen María es la madre Tierra.
Como todavía no está muy bien definido el ritual de este culto ni se ha unificado su doctrina, ésta bebe de muy diversas fuentes religiosas del pasado, las cuales suelen partir de un mismo tronco común. Y a menudo sus seguidores repiten que todas ellas son sólo una, lo cual es cierto, pues todas nacen del mismo modo: como el deseo del alma de encontrar a Dios y de “religarse” con Él.

Llama la atención descubrir que en este nuevo culto de la New Age se erigen como maestros y dirigentes personas que poseen un programa muy afianzado de ego.

La gente que ha conseguido conectar con su alma y, por extensión, con el Espíritu interior que los anima, no hará más que comprobar el lamentable estado de todo esto.

Es necesario desprogramar a las personas y no existe otro medio que cambiarles el programa-virus que portan en sus cerebros. Cualquier doctrina débil, de las que se catalogarían en el espectro de las flower-power no valen para poner en su sitio al ego.

El ego no es bueno ni malo, porque es reactivo e insustancial por si mismo. El ego puede imitar ser alguien bueno y también puede imitar a uno malo, pero si el alma no participa en ello, simplemente será un mero programa. Dentro de unos años, cuando por nuestras calles veamos androides y hablemos con ellos, comprenderemos bastante bien lo que es el ego. El ego no es más que un sofisticado programa reactivo. Incluso pensando, el ego es reactivo.

Pero cuando el alma y el Espíritu irrumpen fogosamente en nuestros pensamientos se producen cosas nuevas. La inspiración, la intuición y la imaginación creativa pertenecen al terreno del alma así como la genialidad. En cambio, sensaciones y emociones tan fuertes y paralizantes como el miedo, el terror y la violencia desmesurada asustan enormemente al ego, pero apenas afectan al alma y mucho menos al Espíritu.

El ego, ante la separación íntima del Espíritu con el alma (tras su “caída original” y transmitida de generación en generación) es algo que se ha hecho necesario reforzar inicialmente en las sociedades humanas, ya que permite mantenernos con vida y huir de ciertos peligros. Lo que ocurre es que el ego ha usurpado cada vez más el lugar del alma y esa es una situación errónea y nefasta para todos nosotros. El Castillo donde habita el alma, que Sta. Teresa comparaba con nuestro interior,  ha sido conquistado por el enemigo de nuestras almas, gracias el ego.

Se necesita de la Gracia del Espíritu para tener una voluntad de hierro y el ímpetu de lucha de un guerrero, para poder domar a ese monstruo que se ha hecho con el control de nuestras mentes y de nuestro interior. Para lidiar con el jefe del Ego no nos sirven las buenas palabras, sino las acciones impecables. El ego huye de cualquier manifestación del alma, sea propia o ajena.  El ego puede identificarse con el concepto de  “carne” de San Pablo; algo que por su propia naturaleza es opuesto al Espíritu y el Alma. Siendo el alma el espíritu que anima al cuerpo, y es parte increada pero manifestada en el cuerpo creado.

Las acciones o actos que debilitan al ego y hacen que el alma comience a manifestarse en nosotros son: el altruismo, la paciencia, la compasión, la ternura, la no violencia, el amor incondicional, incluso a nuestros enemigos. No se trata de hablar o de palabras, sino de actuar concretamente. Ser humilde como a veces se manifiesta el ego, es fácil; pues es humildad hipócrita. En cambio la humildad verdadera es difícil, porque es de naturaleza contraria al ego, y por ende es también una gracia espiritual.

La humildad del guerrero espiritual es servir incondicionalmente a la Causa Sagrada, y servirla hasta la muerte. Por eso la muerte es su mejor compañera, pues ella siempre está ahí y él lo sabe y no la teme. Por eso es humilde, porque comprende perfectamente que todo es perecedero en esta creación excepto el espíritu. Pero el ego siempre busca ser más, sentirse reconocido, porque es ilusorio y NO ES; mientras que el alma no necesita reconocimiento, porque ella ya ES.

Sabemos que en nosotros mismos está el camino hacia la liberación. Pues el Reino de Dios está entre nosotros; y está cerca, como nos dice Jesús.

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