Odiar envenena el alma. Amar nos cura. (San Agustín).

Néstor Mora Núñez , 29 septiembre 2016.

Solemos hablar del amor y del odio, como si fueran una camiseta que nos ponemos y nos quitamos según convenga. Amamos a una persona, pero si nos mira mal en una ocasión determinada, pasamos a odiarla. ¿Cómo es esto posible? Hay que tener cuidado. El odio es un veneno que nos destroza por dentro y nos corroe lentamente el alma ¿Cómo podemos odiar y amar en continuidad y sin rompernos por dentro? La postmodernidad es la que nos exige un posicionamiento extremo y al mismo tiempo nos ofrece la solución a los problemas que ella misma causa: indiferencia, lejanía y desafecto como sucedáneos de la verdadera Paz. A todo esto, la misma postmodernidad nos ofrece otro remedio para suavizar los extremos: la vivencia impulsiva de todo. El amor explosivo dura un suspiro de placer. El odio dura un instante de venganza compulsiva. La soberbia y placentera indiferencia, es la dueña del resto del tiempo. Es curioso, pero el verdadero amor te llena sin necesidad de placer, mientras, la indiferencia nos ofrece una sensación de superioridad que nos calma. Muchas veces se nos venden la indiferencia, disfrazada de amor y lo que es más grave, nosotros la compramos. Lo que Cristo nos llamó a vivir y a hacer nuestro, no se parece nada a este modelo de relaciones donde las emociones son explosivas antes de precipitarse a la placentera indiferencia. Nos dijo que el amor es eterno, porque es reflejo de Dios mismo, que es Amor. Y también nos dijo que fuésemos transmisores de este Amor para que llegase hasta a quienes se comportan como enemigos.

“Dice el odio: <no ames a quien es contrario a ti, el cual te ataca, te insulta, te exaspera con reproches, te echa en cara tus pecados, se apresura a estar por delante de ti en trabajos y honores. Si no te envidiase, no se te adelantaría de esta manera>. Pero la verdadera caridad, responde: <¿acaso porque hay que odiar en el hombre lo que dices, no hay que amar la imagen de Dios que hay en él?>. Cristo, elevado en la cruz, amó a sus enemigos y, ante el martirio de la cruz, nos advirtió así: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y rogad por los que os persiguen y calumnian para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. Y Salomón y el Apóstol dicen: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Así amontonas brasas sobre su cabeza. A esta sentencia añade el Apóstol: no te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien; a lo que dice Juan a los que admiten odiar a sus hermanos: todo el que aborrece a su hermano, es un asesino y sabéis que ningún asesino posee la vida eterna permanente en él. Y también: quien aborrece a su hermano, camina en tinieblas y no sabe dónde va porque le cegaron sus ojos. Tú dices: me basta con amar a los que me aman. Pero dice el Señor: si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?; ¿no hacen lo mismo los publicanos? ¿Qué podrías objetar a esto? Ciertamente que el que odia a su hermano, permanece en la muerte, y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él. Por consiguiente, vomita la amargura de tu hiel y, como puedas, toma la dulzura de la caridad. Nada hay más dulce, nada hay más feliz. Dios, dice Juan, es caridad. Y el egregio predicador dice: la caridad de Dios está desparramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Por lo tanto, no se dice sin razón aquello de cubrir los delitos: el amor cubre todos los delitos: el amor cubre todas las faltas (Combate entre los vicios y virtudes, VII. Atribuido a San Agustín). “

Quien odia  de verdad, se hace vehículo del maligno que nos destroza por dentro. Alejémonos del odio y también de aparentarlo como si realmente lo viviéramos. Aparentar odio nos convierte en colaboradores del maligno, ya que damos testimonio del mal como si fuera algo apetecible y reconfortante. Es frecuente que nos animen a “desahogarnos” insultando y maldiciendo a los demás. El engaño, en el que el maligno nos hace caer constantemente, parte de una falsa promesa: te sentirás mejor si el dolor que llevas dentro, lo desplazas desde ti al hermano que tienes a tu lado. Cuando caemos en esta trampa, nos hacemos distribuidores del mal y cómplices del maligno.

“¿Qué se puede decir de aquellos que con ciego furor llegan incluso a maldecir; qué se puede decir sino lo que dice el Apóstol: ni los maldicientes deben poseer el Reino de Dios? Dice Santiago expresando con vehemencia cuánto detestaba esto: ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal que no puede atajarse y que está lleno de mortífero veneno. Con ella bendecimos a Dios Padre y con ella también maldecimos a los hombres, los cuales están hechos a imagen y semejanza de Dios. De una misma boca procede la bendición y la maldición. No han de ser así las cosas, hermanos míos. ¿Acaso echa una misma fuente por el caño agua dulce y amarga a la vez? Por este motivo, se dice también en otro lugar: la muerte y la vida están en poder de la lengua (Combate entre los vicios y virtudes, IX. Atribuido a San Agustín). “

Beber de la copa del odio es beber veneno que destroza el alma y descompone nuestro ser. Acampar en la indiferencia nos vacía de todo sentido. ¿Entonces cómo se cura el dolor que llevamos con nosotros? La Gracia de Dios nos permite evitar que el mal se apodere de nosotros, ofreciéndonos la verdadera medicina: la Caridad que es la acción de Dios en nosotros. Tal como se indica en el texto atribuido a San Agustín: “no te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien”. Si algo parece que te destroza por dentro, busca en Cristo el modelo a seguir. Mira al cielo para decir a Dios “sea Tu voluntad, no la mía”. Dejarnos reposar en Dios nos ayuda a trascender los límites de nuestra naturaleza y permitir que la Gracia haga posible lo imposible. Sonreír a quien te desprecia y ofrecerle la misma medicina que corre en ese momento por nuestras venas espirituales, es lo más radicalmente cristiano que podemos vivir y testimoniar ante los demás. Pero decirlo es fácil, hacerlo imposible con nuestras limitadas fuerzas humanas. Hay que pedir a Dios la Gracia de llenar lo que el odio pretende vaciar. Dar sentido a lo que el odio pretende destrozar. Hacer redención de aquello que el odio quiere utilizar como una daga en nuestro corazón.

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